11 de abril de 2017

Al fin, mi primera novela autopublicada

Después de muchos años de jugar con las letras y las palabras, finalmente, he decidido dar el paso y "pasar al público" uno de mis trabajos. Sé que algunos de ustedes han estado siguiendo las desventuras de la peculiar Rogelia, que en ocasiones he ido compartiendo aquí, en el blog, y en mi página de FB. Pues bien, creo que se merecía algo más y por eso decidí homenajearla con esta presentación en sociedad. 

"La broma absurda", así la he llamado, es un texto que, como dije en una ocasión, surgió de un relato breve que llevaba ese nombre y que, sin casi darme cuenta, gracias a las locuras de la susodicha, fue creciendo hasta convertirse en una novela corta. Curiosamente, no se trata de la primera que he escrito, sino de la última. Algunos se preguntarán el porqué, yo mismo lo hago, pero el caso es que ni siquiera yo lo sé. 

De momento, la novela está en Amazon en tres formatos disponibles: 

* Versión Kindle (ebook)
* Versión papel en KDP
* Versión papel en Create Space (aquí tardará unos días en estar disponible)

En este "enlace" pueden ver los tres formatos.

De modo que, si tuviera que expresar con una sola palabra lo que me provoca el verla "colgada" en la red, esa palabra no es otra que "ilusión". Y no por una cuestión monetaria, eso está claro, sino por el simple hecho de que la gente me lea. 

Así que, amigos, solo me queda pedirles una cosa: simplemente un "clic" en el siguiente enlace, y "compartir". Por lo demás, si aparte les apetece leerla, el agradecimiento será doble. 


 
Gracias a todos
Fernando Mitolo

21 de marzo de 2017

Pecados mortales


Si hay una frase de mi difunto padre que quedó grabada en mi memoria como un lastre, es aquella con la que cada noche martilleaba los sesos de mi madre, de forma cansina y como si en ello se le fuera la vida, y que yo, con la oreja pegada a un vaso de yogur apoyado sobre la pared que separaba nuestros dormitorios, escuchaba a modo de diversión antes de que el sueño finalmente me venciera. Me encantaba oír su retahíla quejumbrosa. Recuerdo que la repetía a modo de ritual, con la falsa ilusión de que haciendo eso, por el mero hecho de machacarlo una y otra vez, encontraría la solución a sus agobios —los reales y los imaginados—, que en verdad no eran pocos. “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, le decía a mi madre en cuanto se metía en la cama, con el sonido metálico de los violines de Radio Clásica de fondo —nunca entendí por qué no se compraba una radio como la gente si tanto le gustaba esa música—, y ahí empezaba el festival. Porque ahí no quedaba la cosa, sino que ese era el pistoletazo de salida para que mi madre le respondiera como una autómata con su inservible rosario de palabras sacadas de sus lecturas de autoayuda, esas con las que a mí también me castigaba cuando se daba la ocasión, y que lo único que sacaban de bueno era que mi padre insistiera con su frase con más ahínco todavía, mis risotadas aumentaran hasta el punto de dolerme las costillas y que, como era de esperar, mi padre acabara durmiéndose derrotado por la indiferencia soterrada de mi madre y el sopor que le producía tanta palabrería. 
Y no es por desestimar el valor de sus peroratas —las de mi madre, quiero decir—, o por no reconocer que aquella sarta de palabrejas sin sentido eran realmente para alquilar balcones —que lo eran, sí, se los puedo asegurar—, pero repito: lo mejor de todo aquello, el verdadero motivo de tan perverso cotilleo y tanta carcajada a viva voz, era escuchar la frase de mi padre: “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, pronunciada una y mil veces hasta el cansancio, con voz trémula y cada vez más apagada, y sin otro resultado que el de nuestro cruel desparpajo. Pero claro, cómo iba a imaginar yo en esa época teñida de inocencia que aquella frase que tantas risotadas me arrancó y que dio rienda suelta a mis más acalorados jolgorios, acabaría con los años convirtiéndose en el peor de mis castigos. Pues sí, porque como si de una verdadera condena perpetua se tratase, el suplicio en el que estoy hundido desde hace dos décadas, no es más que la pena con la que, quizás, algún día, acabe redimiendo mi pecado; un pecado que no es otro que el haber hecho yunta con mi madre para burlar la palabra de mi padre, un pecado mortal en toda regla y que, como tal, no podía quedar impune.
Todo comenzó la noche del veintitrés de octubre, hace hoy exactamente veinte años, cuando se me ocurrió emular, esta vez en serio, aquella resabida frase de mi padre delante de mi esposa. Es verdad que las circunstancias me jugaron en contra —o al menos eso quise creer durante mucho tiempo, ya que eso me absolvía de toda responsabilidad—. El caso es que por aquella época yo estaba sumido en un verdadero caos, en todos los sentidos: mi trabajo era un caos, la relación con la gente que me rodeaba era un caos, mi mente era un caos, todo en mí era un caos. Esa noche, ni bien mi esposa y yo nos acostamos, con el niño ya dormido y con la tranquilidad y el sosiego que nos transmitía el adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler que sonaba en Radio Clásica —eso sí, con un sonido no tan latoso como aquella vieja radio de mi padre—, de pronto, tuve la imperiosa necesidad de proferir la eterna frase de mi padre. Pero, como he dicho, esta vez, a diferencia de otras tantas, no lo hice para bromear a su costa o para hacer gala de sus desvaríos nocturnos, sino porque realmente así lo sentía. Me envolvió una intensa sensación de déjà vu: mi esposa y yo en la cama, el niño al otro lado de la pared —¿quizás escuchándonos?—, la radio, mi devaneo mental. “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, recuerdo que le dije, atosigado por aquella jauría que corría desatada dentro de mi cabeza. Y ese fue mi gran error. Julieta no era mi madre y, muy por el contrario, al ver que aquello iba en serio, se dispuso a escucharme. 
Recuerdo que dejó el libro que estaba leyendo sobre su regazo —que, por cierto, no era de autoayuda—, se giró hacia mí, me tomó de las manos y me pidió que me sincerara y le contara lo que me estaba ocurriendo, que ya hacía varias semanas que notaba que algo no iba bien. Por unos segundos dudé; pero al fin, así lo hice. Una tras otra, le confesé todas y cada una de mis tribulaciones, mis temores y mis miedos más horribles, esos de los que nunca le había hablado y que no cejaban en el intento de manipularme; le detallé mis extrañas sensaciones corporales, mis obsesiones con los cables, y lo más vergonzoso, al menos para mí, le conté lo de las voces que me atosigaban cada día, a toda hora y en todo lugar, y que me dejaban exhausto hasta el punto de querer morirme. Y en medio de cada frase, las palabras de mi padre, como si fuera él mismo quien hablaba en mí: “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, le repetía, una y mil veces. Julieta me escuchó como nunca nadie lo había hecho; ya hubiese querido mi padre que mi madre lo hubiera escuchado de esa forma, o al menos con el mismo respeto.
Al cabo de casi una hora, yo dejé de hablar. Me sentía vacío, como si me hubiese quitado de encima el peso de un gigante. Julieta se removió en la cama, se acomodó su camisón y, entonces, rompió su silencio. Con la cara cubierta de lágrimas, las manos temblorosas y una sonrisa que denotaba lo mucho que me amaba, me dijo:
—Sé que con esto corro el riesgo de perderte, pero no podría vivir en paz si, por ese vil egoísmo, te privara de la posibilidad de ver la luz.
—¿A qué te refieres? —le pregunté yo, algo confuso.
Fue entonces cuando me dijo lo que, según ella, debía hacer para encontrar lo que buscaba; lo que no sabía, claro está, era que no sólo estaba a punto de perderme para siempre sino que, con su sentencia, acababa de enviarme al mismísimo infierno.
Por eso, maldigo el momento en el que decidí dar el paso y meterme por los cables de la luz. Porque aquí estoy, atrapado hace veinte años en medio de este gigantesco laberinto sin salida, que no es otro que la red eléctrica del Palacio de Correos, lugar en el que por entonces trabajaba; un enrevesado e infinito manojo de cables y caños oxidados por el que me interné, a escondidas y al abrigo de curiosos que pudieran delatarme y echar al traste mi empresa, para ver si, por fin, veía la luz. Y la vi, claro que la vi, pero no fue lo que esperaba. Es imposible hacerse una idea del horror en el que vivo. Solo puedo decirles que, después de tantos años sometido a este entorno tan hostil, en el que a cada segundo se producen a mi lado miles y miles de descargas eléctricas con destellos y fulgores inenarrables, el castigo se me hace cada vez más insoportable. Sé que no me queda mucho tiempo; la ceguera avanza a pasos agigantados y las pocas fuerzas que me quedan ya no me dejan ni siquiera esquivar las esquirlas. Por lo pronto, solo me resta rezar, rogar a Dios que la espera no sea demasiado larga y que, finalmente, el pecado por haber burlado la palabra de mi padre me sea redimido.

FIN

Fernando Mitolo ©  
Marzo de 2017

8 de febrero de 2017

La maldición de Tutan-Ramón


      
Cuando el gran reloj de arena que había sobre el estante de mármol de Carrara agotó su áspero contenido, el Faraón dejó atrás su imaginería meditativa, se levantó del suelo, acomodó el pliegue que su cuerpo había dejado sobre la alfombra, se restregó los ojos cubiertos de lágrimas y se dirigió a darle la vuelta para que el fino polvo comenzara una nueva carrera contra el tiempo; así, una y otra vez, ese era el ritual que acompañaba sus horas de aburrimiento. Pero no era el único. Ya de pequeño, atormentado siempre por extraños pensamientos y obsesiones que ni él mismo se explicaba, se atrincheraba bajo una extensa capa de liturgias y manías hasta el punto convertirlas en su tabla de salvación para enfrentarse a los rigores que le imponía el mero hecho de vivir.
Una de sus favoritas era la de repetir series de números y jeroglíficos mentalmente, alternados de manera sistemática y para luego escribirlos con la punta de una rama de abeto sobre una tabla cubierta de harina de centeno, en el mismo orden en el que se los había recitado y todo de un tirón. Decía que con eso entrenaba su memoria y que si lo hacía como realmente debía, esto es, cada seis horas desde las seis de la mañana y hasta las doce de la noche, se salvaría del castigo de Osiris, aquel que, según él, había caído sobre su abuela materna por culpa de su obstinado desorden.
Antes de que dieran comienzo los ritos de las doce del mediodía y de las seis de la tarde, sus vasallos debían tenerle preparados un tazón de caldo de berros y un plato mediano, nunca grande, de arroz blanco sin condimentar. Todo tenía que tener su justa medida: treinta y tres hojas de berros frescos para el caldo y doscientos veintisiete granos de arroz para la guarnición; ni más, ni menos. De beber, un vaso de agua fresca recién sacada de la fuente del Tenerife, un valle cercano a la Gran Pirámide de Arinaga, su pueblo natal, ese del que nunca salió y en el que, a día de hoy, se dice, descansan sus cenizas. Cuando ya todo estaba dispuesto, ordenaba a sus siervos que lo dejaran a solas, que cerraran a cal y canto las puertas de su alcoba, y les advertía que no se les ocurriera abrirlas por nada del mundo, ni siquiera si se despertaba el Siroco, hasta que él no diera por cumplido su ritual. Una vez estos se retiraban, entonces se sentaba en loto sobre la alfombra de rafia que cubría el centro del habitáculo y comenzaba la liturgia: colocaba la taza de caldo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y a dos palmos de su rodilla izquierda; luego cogía el plato de arroz y lo colocaba de igual modo pero del lado de su rodilla derecha; y por último el vaso de agua, exactamente al frente y en línea recta con su nariz de bull terrier, y a trece pulgadas desde la punta de sus pies. Solo entonces, comenzaba a orar para recibir, por fin, la bendición de su dios protector. Para ello, elegía la “Letanía de Ra”; aunque eso, a la vista de las circunstancias, tenía truco.
Según los restos de un papiro encontrados en la tumba de un noble con aires de monarca, el texto que él recitaba no sería el texto original de la plegaria. Al parecer, una noche, habiéndose bebido un brebaje de hierba huerto y leche de cabra recetado por una sacerdotisa de la que recibía favores carnales dos veces a la semana —las malas lenguas dicen que aquello era un potaje para enamorarlo—,Tutan-Ramón tuvo un arrebato y, desafiando al mismísimo Ra, ordenó a un sirviente con dotes de escriba que trabajaba a su servicio —a quien años más tarde mandó a emparedar por haberse equivocado y haberle puesto quince granos de más en la medida del arroz— a reformar el texto de la letanía a su medida, ya que, según aseveraba, él sería el sucesor de Ra: “¡No ven que soy Tutan-Ra-Món!, ¡Ra-Mon, ¡Ra-Mon!”, gritaba. Y el escriba así lo hizo. Lo que Tutan-Ramón no sabía era que, con esa osadía, acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Pues bien, así las cosas, el resultado de aquella prepotencia, no fue más que un verdadero remedo:

Tutan-Tutan, Tutan-Ramón
Tutan Tutan, Tutan-Ramón
¡Alabanza a tí, Ra!
¡Alabanza a tí, Ra!
Poder Supremo, Poder Supremo
Tutan-Tutan, Tutan-Ramón

Y así la recitaba, con voz trémula y con el ojo derecho puesto en blanco, como si en ello se le fuera la vida, porque así y solo así, aseguraba, recibiría el efecto de la bendición divina.
Quienes alguna vez lo vieron, por supuesto que so pena de ser descubiertos y por ende ajusticiados, una vez en trance, la repetía tres veces: la primera del derecho, la segunda del revés —nadie entendía de dónde había aprendido semejante habilidad— y la última otra vez del derecho. Sólo entonces, se disponía a comer: una cucharada de caldo y una de arroz, una cucharada de caldo y otra de arroz, hasta acabarlo todo, para luego beberse el agua de un solo sorbo ya que, según decía, si no lo hacía de ese modo, le crecerían veinte pelos de color violeta alrededor de cada una de las orejas. Y es aquí donde, según los historiadores, la historia del Faraón de Arinaga acabó torciéndose del todo. Haciendo caso a una leyenda que de leyenda poco tiene, se sabe que, gracias a su tenacidad con sus rituales, Tutan-Ramón habría logrado eludir aquella maldición capilar y otras tantas que lo amenazaban día a día. Sin embargo, de la que no se salvó fue de la maldición de Ra.
Le llegó bajo la forma de una mujer. Un día, mientras se afanaba en cumplir con uno de sus rituales matutinos que consistía nada más ni nada menos que en darle brillo a su pertinaz calva con un trapo de algodón embebido en betún hecho a base de grasa de oveja, escuchó un silbido que venía de detrás de un ventanuco. Sorprendido por la dulzura de aquel sonido, dejó el trapo encima de un sillón, se dirigió hacia la ventana y entonces la vio. Era rubia, delgada y modosita, y con unos morros del color de las frambuesas que, dispuestos a seducir al Faraón, no dudaron en mostrarle su peor veneno. Sólo le hizo falta una mueca y este, ante semejante provocación, cayó rendido a sus pies. Con la faena de su calva a medio terminar, pegó un salto a través del alféizar y, envalentonado, fue directo a su encuentro. Pero la susodicha, cubana de nacimiento aunque blanca y rubita como el mismísimo azúcar, no iba sola; llevaba consigo a su guardia personal: una gallina bataraza atada a una correa de esparto y un papagayo desplumado que reposaba sobre su cabeza, animalejos que no dudaron en echársele encima al monarca en cuanto vieron amenazada la seguridad de su dueña:
—¡Sooooooo, guajiros! —les regañó la cubana, preocupada por si sus guardianes le echaban la fiesta a perder.
El Faraón, asustado, ensayó un singular aspaviento con los brazos y reculó. La blonda, ajena a ese rasgo de debilidad, solo prestó ojos para otra cosa:
—¡Ño! —dijo para sus adentros—, ¡menudo cuerpazo!
Y, excitada ante tamaña anatomía, a la vez que sosegaba a sus fieras, se abalanzó sobre la calva del soberano y comenzó a chupetearla como si aquello fuera una piruleta de mamey. El caso es que, tras cuatro lengüetazos, se dio cuenta de que en vez de mamey aquella calva embetunada parecía un cóctel de regaliz:
—¡Puaj!, ¡puaj! —espetó la forastera venida del trópico, y se puso a echar escupitajos a diestro y siniestro, maldiciendo a todo dios por el amargor que se le había metido en la boca.
Al verla como se había puesto, el Faraón comenzó a balbucear y no tuvo mejor idea que empezar a atosigarla con halagos, no sin cierta exageración, para ver si así se le pasaba el enojo. Pero la cubana seguía en sus trece, de modo que, tirando de la correa que sostenía el cogote de la gallina y pegando un berrido que no hizo menos que hacer saltar por los aires las pocas plumas que le quedaban al papagayo, arrió con vehemencia a esos dos pobres bichos con ínfulas de gendarme y, sin pensarlo, se esfumó sin dejar rastro por donde había venido.
El Faraón, atónito ante semejante desparramo de furia y enormemente frustrado por ver escapar de sus manos ese pedazo de dulce sin apenas haberlo probado, no pudo menos que aceptar la derrota y, una vez más, como tantas otras veces, volvió con el rabo entre las piernas, se encerró nuevamente en su ego y se dispuso a saciar sus bajos ardores a costa de sus rituales. Lo que no sabía, era que la ira de aquella caribeña no se había quedado ahí. Esa misma noche, movida por el profundo asco que le había producido el betún —de hecho, seguía con ese regusto a regaliz en la lengua—, se encomendó a su pasado abakuá, cogió nueve hojas de salvia, las envolvió dentro de un trozo de papel con el nombre del Faraón escrito en tinta china y, acompañada de la gallina y el papagayo, se fue para el cementerio. Una vez allí, buscó una tumba abandonada, colocó el papel con las hojas de salvia sobre la tierra, se puso en cuclillas y, conjurando al Barón Sandí, cagó encima del paquetito y luego lo enterró. El efecto fue inmediato: apenas si le dio tiempo de llegar a su cabaña, airosa y satisfecha y con el paladar libre de todo amargor, que el majestuoso Tutan-Ramón, aquel que se había atrevido a desafiar al mismísimo Ra, tuvo que hacer a un lado su caldo de berros al ver que tras un sonoro eructo, comenzaba a salirle por la boca una enorme plasta de excrementos.

FIN

6 de octubre de 2016

La broma absurda

Capítulo XIV - El reencuentro


—Jajajaja, tú estás loco, m´ijito, y nunca mejor dicho. ¡Esta cabecita ahora es mía! A buenas horas te acuerdas de reclamarla —respondió Rogelia, con la cara toda colorada y esa risa socarrona que sacaba a relucir cuando estaba nerviosa, mientras con una mano se acomodaba el pelo recién planchado y con la otra se quitaba de encima de su pierna la cara de Lurdita, que, agachada a su lado, no paraba de besuquearle la rodilla y repetir una y otra vez: “¿Quiere ver a sus nietitos?, ¿quiere ver a sus nietitos?..., enséñenle ese piquito a la abuela, venga, enséñenselo” —y, como si fuera una verdadera sinfonía hecha de muecas y con la mirada fija en el alféizar de la ventana, “hablaba” con sus “pichoncitos”, los ya crecidos hijos del Mirlo que, según ella, habían salido “igual al padre”.
En ese momento, entró Arantxa, la vasca:
—¡Hostia!, ¡ya estamos otra vez con eso! Venga, basta de ñoñerías, deja a tu suegra tranquila. Dame el bracito, vamos, que esto te va hacer bien; ese no, el derecho, que la vena se te nota mejor —le dijo, con los ojos desorbitados, al tiempo que, con un gesto de los que hacía cuando estaba en la Kale Borroka, les ordenó a Benigno y a Rogelia que no mirasen, mientras hincaba la aguja y miraba de reojo cómo los diez mililitros de Haloperidol entraban por el antebrazo de Lurdita—. Bueno, preciosa, esto ya está —agregó al terminar la faena—. Vas a ver cómo en un ratito tus “pichoncitos” desaparecen y te quedás tranquilita. Pobre, ya ve —le dijo a Rogelia—, está cada día más desquiciada; si es que parece sacada de la mismísma Salpetriere. Y este, joder, otro tanto. ¿Sabe lo que dijo el otro día en la terapia de grupo?
—Mmmmh…, no, ¿qué dijo? —preguntó Rogelia, un poco sorprendida por el desparpajo de la enfermera, y acomodándose el flequillo, miró hacia Benigno con cara de lástima.
—Que quiere que usted le devuelva la cabeza, eso dijo. ¿Se imagina? La verdad que eso es para estudiarlo, eh…, porque yo después me preguntaba, si este hombre le da su cabeza, que en realidad no es la suya sino la que le quitó a usted…, decía, si él le da su cabeza y usted le devuelve la que tiene puesta, que tampoco es la suya sino la de él, que se la encasquetó el día de la jaqueca, yo me pregunto, ¿entonces, la que se quedará loca es usted? ¡Jopé!, ¡la verdad que es para que los psiquiatras escriban un libro! En fin, señora, voy a seguir con la ronda, que ahora me tocan las bipolares, que no sé qué cojones les dio que están las cinco en fase maníaca y me tienen el turno que parece un carnaval. Como si fuera poco, el doctor no está, Melissa, “la coloncha”, de vacaciones en Colombia, ¿entonces?, hala, la Arantxa de responsable; pero conmigo estas no joden. Las peores son las argentinas, dos hermanas solteronas que dicen que en realidad están muertas y que son un espíritu, que sus cuerpos los tienen guardados en una bóveda de La Recoleta, un cementerio precioso, por cierto, lo miré en Internet. Se quejan de que el hermano, un tal Abelardo, se la pasa dándoles el coñazo diciéndoles que tiene la cabeza sucia y contándoles sus penurias con la madre, al parecer, otra loca de remate igual que ellas dos. Aunque sabe qué, al menos estas petardas le levantan un poco el ánimo al melancólico que entró hace una semana, que está con la cantinela de que su novio lo dejó porque es una mierda y que Dios le dice que se tiene que suicidar para enmendar los años de sufrimiento que le hizo pasar a ese pobre cristiano. Qué cosa la cabeza, ¿verdad?, es un verdadero misterio. En fin… agur, señora  —dijo la vasca, y, para alivio de Rogelia, salió de la habitación con la misma cara de mala hostia que había entrado.
A todo esto, a Lurdita le había hecho efecto el antipsicótico y yacía dormida en la cama de Benigno, con la boca abierta y babeando como si fuera un caracol, y abrazada a una de las correas que le habían puesto por miedo a que le diera otro arrebato místico como el del día anterior. Cuando Rogelia salió del estupor tras la verborrea de la enfermera, pero, sobre todo, cuando digirió las imágenes que se le habían venido a la cabeza en cuanto aquella le insinuó que si se volvían a intercambiar las cabezas con su hijo éste le podía contagiar la locura, fue terminante, y sólo le bastó eso para decidir que, de ninguna manera, le devolvería su cabeza a Benigno. Podía llorar, patalear, hacer lo que quisiera, que no se la devolvería.
Y mientras pensaba esto, Rogelia se acariciaba la melena, primero de un lado, después del otro, y decía: “¿Viste, Benigno, qué lindo que me dejaron el pelo? ¿A que me queda mejor así, alisado?, no como lo tenías tú, esa mata de rulos que parecía un arbusto”, y entonces se reía y se acariciaba el pelo, y miraba a Benigno, que seguía embobado y con la mirada perdida en el techo, y luego a Lurdita, toda esmirriada, con los labios pintados de negro y con su cuerpo pegado al de Benigno, su amado Mirlo, y le tocaba la frente, hasta que, sin apenas darse cuenta, poquito a poco, fue entrando en trance, y comenzó a mover la cabeza, a revolear los ojos, y otra vez la cabeza, para la izquierda y para la derecha, y la cara que se le empezaba a desencajar, muecas con los ojos, muecas con la boca, entonces se levantó, y ya era el cuerpo el que se le empezaba a poner inquieto, a contonearse de arriba abajo, y ya algo le decía que era hora de echarse suelo y que había que ponerse a reptar como una víbora, hasta que, de pronto, llegó el toque de gracia:
—¡Soy puta!, ¡soy puta! —empezó a gritar, con un vozarrón que hasta Lurdita, con media jeringa de Halopidol en el cuerpo, abrió los ojos y levantó la cabeza para ver a qué se debía tanto jaleo.
La vasca no se hizo esperar; no pasaron ni dos minutos que, cuando Rogelia se quiso dar cuenta, ya la tenía encima de la espalda con el inyectable preparado para aguijonearle el brazo.
—¡Soy puta!, ¡soy puta! —seguía vociferando Rogelia, y, al rato de que el líquido amarrillento acabara de comerse las líneas de la jeringa, los ojos ya comenzaron a pedirle reposo, se le abrían y se le cerraban, se le cerraban, se le cerraban, hasta que de pronto ya no se le abrieron… y la vasca se asustó, se dio cuenta de que quizás se le había ido la mano con el Diazepam  y empezó a darle cachetones:
—¡Hostia!, ¡joder!, ¡abra los ojos, venga!
Pero Rogelia no reaccionaba.
—Vamos, querida, no me des estos sustos ahora, que qué le digo yo al Director, que se supone que me dejó de responsable porque soy de confianza —decía la vasca, como si la otra la escuchara, y un par de lágrimas, tímidas pero de verdad, le empezaban a asomar por sus ojos.

Continuará…

Fernando Adrian Mitolo ©

2 de octubre de 2016

El hada y el ermitaño

Para Belkys



1
 Se le apareció de repente una mañana de otoño. Ese día, ella, aburrida y cansada de su propia existencia, había decidido jugar. Entonces, se escondió de la mirada de su  madre, subió a la rama del abeto, batió sus alas de seda y remontó vuelo hacia donde el viento la quisiera llevar; y así fue como, dos horas después, mareada y un poco aturdida por el capricho del alisio, aterrizó en la casa de aquel ermitaño teldense. Después de sacudirse de arriba abajo, se metió por el hueco de una ventana entreabierta y trepó por la pared hacia un lugar que fuera seguro. Una vez allí, curiosa, comenzó con el ritual de siempre: se puso a mover rápidamente las alas, al tiempo que sus ojos, como si fueran un radar, iban registrando palmo a palmo cada centímetro de aquella pocilga con olor a comida recalentada. Sentado al borde de su mesa de trabajo y ensimismado en su repetitiva obsesión por los soldaditos de plomo, el ermitaño bufó molesto por el ruido de la mágica danza. Giró su cabeza hacia el lugar desde donde venía el sonido y entonces la vio. Lejos de asustarse, ojeó por encima de las gafas y afinó la vista para verla mejor. Ella se detuvo, se soltó sus largos cabellos y le regaló una mirada traviesa. Él, extasiado por el verde esmeralda de aquella cabellera, hizo a un lado el soldadito de plomo y alzó sus brazos para cogerla del techo. Ella aceptó el envite y, con una sonrisa en los labios, se posó sobre la palma de la mano del ermitaño y se dispuso a jugar. Lo que él no sabía era que aquello, más que un juego inocente, sería el principio de su triste final.

2
Después de esa mañana, cada día, el hada visitaba al ermitaño y, entre carantoñas y sonrisas bobaliconas con sabor a malicia, le entregaba todos y cada uno de sus resquicios. Poco a poco, lo fue enloqueciendo. Y a ellos, a sus eternos y cautivos  soldaditos de plomo, comenzó a inocularles el veneno de una utópica libertad. Primero con timidez pero luego con el ardor de los enamorados, ellos decidieron convertirla en su gran salvadora. A espaldas del ermitaño, cada vez que este se distraía con sus incansables rituales y absurdas manías, los soldaditos de plomo se las ingeniaban para salir de sus vitrinas, saltar sobre las alas del hada, y entonces la cubrían de mimos, de besos y caricias que, prisioneros, ansiaban el día de su libertad. Hasta que una mañana, el ermitaño los descubrió y, furioso, tras encerrarlos en un armario con llave por lo que consideró un agravio imperdonable, cogió al hada por una de sus alas de seda y la echó a volar, no sin antes ordenarle que nunca, nunca jamás, volviera.

3
Y ella nunca volvió. Quizás por eso, el armario de madera que hacía las veces de cárcel de sus amados soldaditos de plomo, se fue oscureciendo cada día más con la negrura de una tristeza sin fin. Pero un día, ellos, a punto de ahogarse en las aguas de ese luto insoportable, decidieron salir a la superficie y urdieron el plan. Lo harían de noche, una vez el ermitaño acabara con su luctuosa liturgia obsesiva y cayera rendido en los brazos de Orfeo. Nombrarían Capitán al Templario de Fuego, el más valiente de todos y, a sus órdenes, blandirían sus armas hasta resquebrajar los candados. Entonces empujarían las puertas del armario, se armarían de valor y descenderían lentamente por entre los agujeros dejados por las termitas. Una vez en el suelo y con sus armas en mano, seguirían las órdenes del Templario de Fuego y caminarían en fila hasta el borde del catre. Uno tras otro, escalarían por los jirones de la sábana hasta llegar a su ansiado destino. ¡Alto!, diría la voz del Templario, y todos obedecerían sin dudar. No podrían permitirse ningún error, ningún impulso sin ley; eso sería fatal. ¡Preparen!, ordenaría después el Capitán, y, ahí sí, cada cual empuñaría su arma con fuerza, hasta sentirla adherida a su piel y como si fuera parte de sus propios cuerpos de plomo. Sólo entonces, con la sangre de la venganza hirviendo en su interior, esperarían la orden final, esa que les daría, de una vez por todas, la verdadera libertad. Y así, a la voz de: ¡Aséstenlo ya!, los soldaditos de plomo descargarían su furia y su odio sobre el cuerpo del ermitaño. Una y otra vez, puñalada tras puñalada y bala tras bala, hasta convertir su piel en escamas y dejar su carne al descubierto, inerme, muerta, sobre la humedad sudorosa del catre.
FIN
Fernando Adrian Mitolo ©
Octubre de 2016