16 de junio de 2017

Lunar

Ejercicio literario sobre la creación de monólogos interiores, basado en la extrapolación de la estructura de nuestro propio pensamiento a la del personaje. 



«Mierda. ¿Y si es algo malo?. Puto lunar. Lunar. La luna, la luna. Blue moon on monday. Durán Durán, la gorda Le Bon. John, la cara de cartón. Nick, el que mejor está. ¿Y qué mira la vieja esa ahora? Y dale con la preguntita. ¿Qué carajo me importa a mí?, si estoy por morir. Ay no, ni decirlo. El lunar negro ya no está. ¿Y si al final era malo? Algo malo, tiene algo malo, algo malo, le encontraron algo malo. Fue por una pavadita y le encontraron algo malo. Esa frase, la odio, no la puedo escuchar y siempre la dicen. Le encontraron un tumor. Tumor. Putos médicos Esas frases, esas palabras que dicen, hasta las palabras son feas, como si pesaran en la cabeza. No lo sé, señora. Otra vez la preguntita. Ahora esta, como en la guagua. ¿Hace mucho que pasó la 33? ¿Qué se yo si pasó? ¿Y si pasó qué? ¡Ya pasó! Pah, ahora esa que tose, ¿por qué no se toman un jarabe? Como en el teatro, empieza y se ponen a toser. Una vez le chisté a  una. ¡Estefanía! ¿Por qué me chilla el otro? ¿por qué tengo que aguantar las toses? Están hechas mierda. Son diabéticas seguro. Mirá que gordas, tienen las piernas llenas de edemas. Violetas, como las de la madre de Zurita. Que mala era la vieja.  El Ronco, le decían el Ronco. Con el Arnaldito en la escalera boca abajo en la escalera. Hijos de puta, pobre chino. A la madre del Ronco le explotaban las venas y le saltaba la sangre a la pared, qué impresión, por favor. ¿Cómo puede pasar eso? ¿Qué le estará diciendo a la de adentro? No sé. No sé. Hacete reiki, hacete reiki. ¿Te hiciste reiki? ChoKuRei, SeiHeKi, HonShaSeShoNen, hacete los símbolos. Si, pero no, para qué. ¿Por qué no usas lo que sabés? Siempre lo mismo, siempre lo mismo. La cartera, mirá como la tengo puesta, parezco una monja. No aguanto más, quiero entrar. No, qué voy a querer. Me va a llamar. Estefania Rodíguez. Si soy yo. Pase. No, todavia no, la otra sigue adentro. ¿Qué carajo está haciendo? ¡Tanto tarda! A ver a mi en cuánto me despacha. Un lunar. Si cambia de forma o color tiene que hacérselo ver. Revisión, otra palabrita de mierda.  No tiene nada. Ahhh, qué alivio. Señorita, tiene que hacer quimio. Los vomitos, el pelo, la pelada. La pelada me van a decir, como a aquella del Centro. En la cama, muriendo, toda pálida y la boca seca. Raúl al lado, llorando en el borde, como Isabel y Fernando en la serie. Qué angustia, y cómo lloraba ese hombre. Era negro y redondo, granulado, o marrón. Crece. Si crece hay que extirparlo. Extirparlo. Hasta las palabras son feas. ¿Quién las inventó? ¡Cómo suena! ¡Extirparlo! Lo hacen adrede, gozan diciéndolas. Ya me lo sacaron, raíces adentro, agarradas a los demás órganos. Enredaderas, ensaladeras, heladeras. ¿Lo habran quitado todo? Todo o nada. La ruleta rusa. Tiene algo malo, lo suyo es malo. No, la puta madre. Estoy cagada en las patas. No sé qué pensar. Me meto aquí y no salgo. La señora, meta mirar. No señora, no se la hora de la que entró. ¿A qué hora tenía usted? No lo sé, métase en lo suyo, qué me importa a mi. Que ganas de contestarle así. Pelotuda. Me tendrán que dar la baja en el trabajo. No quiero faltar, me van a descontar, la tetona me a descontar. ¿Qué hago en casa todo el día tirada en la cama? Tiene que ser fuerte, si no, se le baja la autoestima y el cáncer le va a avanzar. Fuera, fuera. ¿Por qué no me las puedo quitar de la cabeza? Si no es nada…, o si, tiene algo malo… La puta que la pario, ¡ya tengo que entrar!».


FIN 
Junio de 2017 ©

2 de junio de 2017

La broma absurda - Promoción en Amazon

Hola amigos:


Para todos aquellos que, todavía, no se han sumergido en esta "Broma absurda", les cuento que, desde este lunes 5 y hasta el jueves 8 de junio, estará en promoción en Amazon y el formato ebokk les saldrá GRATIS!


Se agradece que puedan compartir...

Muchas gracias a todos.

Fernando Mitolo

26 de mayo de 2017

El día que nos arrebataron el barranco

Un pequeño ejercicio literario sobre el tratamiento del espacio -  Como describir a partir de la acción.



—Ya lo sé, Canela, ya lo sé —se lamentaba Pinito, sentada en su banqueta de esparto y con la cara pegada al vidrio de la ventana cerrada a cal y canto, mientras con sus manos, ajadas por la melancolía más que por la edad, acariciaba a su perra embalsamada—. Ya sé que soy una machacona, que todos los días repito lo mismo y que ya te tengo aburrida con mis agonías de siempre. Pero ¿qué le voy a hacer?, será culpa de esta maldita calima, que parece que no nos quiere abandonar y que lo único que sabe hacer es envolverme con su manto de tristeza. Una vez escuché por ahí que los que se niegan a soltar, al final, acaban arrastrados por aquello que pretenden retener. Igual sea eso lo que me pasa a mí.
»¿Ves a ese hombre? Sí, sí…, el calvo de gafas, ese que está fumando. Hace días que, todas las tardes, a esta misma hora, sale de la academia de aquí abajo con un grupito de otros como como él, cruza la carretera hacia el parque, se mete entre los coches que hay aparcados, se para ahí mismo donde está ahora, justo al ladito de ese banco de madera, y da comienzo a su ritual. ¿Qué te dije?, ¡ahí empieza!: mira a la derecha, mira a la izquieda, señala hacia aquí, ahora hacia los edificios de la otra calle, mira arriba, mira abajo, pone cara de circunstancia y, con un movimiento de su brazo, les muestra lo único que tienen los de enfrente: una docena de árboles que no le dan sombra ni a una hormiga, cuatro bancos de mala muerte, una maltrecha pista de asfalto con bríos de sendero, y ese parque, si a ese páramo de matojos se le puede llamar parque. Mira, mira, ¿tú crees que esos niños son felices como lo éramos nosotros, jugando sobre esa moqueta de gomaespuma a prueba de golpes, como si estuvieran dentro de una incubadora? Corretear por el barranco y lastimarse para volver a salir corriendo, eso era jugar, no esto.
 Míralo, míralo al calvo, ya verás, ahora seguirá hablando y hablando y fumando y…, ¿ves?, ¿no te lo dije? Mira, mira…, ahí se gira, dirige la vista nuevamente hacia este lado del barrio, el de los pobretones, como nos llaman desde el día que hicieron esta carretera del demonio, y señala nuestras fachadas. De seguro que les estará diciendo que se detengan en su tez multicolor, en los desconchones, en el tamaño de las ventanas, todas distintas, en nuestras ropas tendidas al viento y quién sabe cuántas cosas más, y que observen cuán diferentes son a LAS DE ENFRENTE, sí, con mayúsculas, con esas paredes limpitas y bien pintadas, tan vacías y sin apenas una mácula, y con esa luz escandinava que hay detrás de sus ventanas, tan aséptica y tan artificial como todo lo que metieron ahí.
»Ahora les tocará el turno a los hibiscos, ya verás…, ¡lo ves!, ¿qué te dije? Apuesto a que les estará diciendo que están mejor cuidados que aquel desierto al que esos ricachones llaman “jardines de la comunidad”, con ese césped sin cortar, y esas palmeras y tabaibas desahuciadas que parece como si estuvieran purgando las culpas por el pecado de habernos usurpado lo que era nuestro. A lo mejor también les hable de los locales que hay en nuestros bajos —cosas que ellos no tienen—, del almacén del edificio de al lado, de la academia donde él trabaja o de aquel que tiene el cartel de SE TRASPASA. Por no decir de la autoescuela, el estanco de Paco o la dulcería de Nuria, siempre abarrotada de niños y mujeres que entran y salen, hablan, gritan, ríen o pelean…, en pocas palabras, viven.
»Eso sí, de lo que no se tiene que olvidar es de decirles que aquí vive gente humilde y trabajadora, igual que en el inconfundible Pantera Rosa de la calle de arriba, ese mamotreto que no deja de hacernos sombra con su fama, mal que me pese. Aunque si te soy sincera, Canela, lo que en verdad me gustaría, es que ese hombre hiciera un poco de justicia y les contará la historia que yo te conté hace un rato. Sí, la misma que te cuento siempre, la de ese día en que llegaron las máquinas, nos arrebataron el barranco y nos dejaron aquí, del lado de los pobres.

FIN  
Fernando Mitolo © 

6 de mayo de 2017

La loca del faro


Le llamaban la loca del faro. Todas las tardes, cuando el sol empezaba a vestirse de noche, cogía a sus dos perros, se envolvía en una pañoleta multicolor y salía de la cuartería directo hacia la playa. Una vez en la calle, no había día que no se ensarzara en una de sus eternas peloteras con los niños del barrio, unos diablos más malos que el mismísimo demonio y que no tenían otra cosa mejor que hacer que, cuando la veían, molestarla tirándole piedras y cacas de perro secas. Salvo ellos, todos le temían; y no era para menos, las cosas como son, viendo la estampa que daba, caminando como si fuera una verdadera fiera enfurecida, gritándole a sus perros para que no se distrajeran —como si estos fueran a hacerle caso— y dispuesta a comerse crudo y sin adobo al primero que se le cruzara por el camino. Había que verla no más llegar al faro, agachada en cuatro patas y dando cabriolas en la punta del acantilado, con los pelos erizados como púas, y pateando y rebuznando sin parar hasta que el cielo, por fin, se cubría de negro y, solo entonces, llamaba a sus perros, cogía por donde había venido y todos contentos.
Quienes la conocieron en épocas de bonanza, cuando todavía trabajaba de periodista en aquella editorial de mala muerte, dicen que todo empezó tras una trifulca con su jefe durante un evento estudiantil. Al parecer, el hombre no tuvo mejor idea que, al tiempo que se mesaba sus bigotes de morsa mientras hablaba sin parar —manía que había cogido y que ejecutaba cada vez que tenía que lanzar alguna de sus insensatas órdenes a sus empleados— intentar dejarla con el culo al aire endilgándole un discurso; discurso que, por cierto, tenía que dar él y del que la otra no tenía ni noticia. Lo primero que hizo esta fue negarse en rotundo, alegando que aquello era una locura. El bigotudo arremetió y le dijo que no había excusa, que lo tenía que decir igual. De modo que esta, ni corta ni perezosa y como si lo tuviera preparado de casa, se puso blanca como un papel, echó los ojos para atrás como una posesa y se puso a jadear en medio del salón. No tardó ni diez segundos que, para rematarla, se tiró al suelo de bruces y empezó a llorar a moco tendido. Para no alargarla, el caso es que tuvieron que llamar a los servicios de urgencia y acabó en la guardia del hospital; eso sí, en el trayecto, al ver al paramédico que le había tocado en suerte —un morenazo fortachón que no paraba de hablarle mientras le toqueteaba la mano—, se le fue yendo el diablo del cuerpo y, al llegar al nosocomio, ya casi como una seda, no estuvo ni quince minutos que el médico de guardia no tuvo más remedio que fletarla para su casa.
Lamentablemente, la cosa no acabó ahí y, quien sabe si por haberle tomado el gusto o porque los astros decidieron darle la espalda, Melita, así se llamaba, empezó a poner en práctica aquel irritante número circense cada vez que las cosas se le ponían difíciles. Así, hasta que la cabeza acabó por abandonarla del todo, dicen, tras una indigestión por un atracón de frijoles en mal estado que se pegó después de una gresca con un vecino más raro que ella, si cabe, al que apodaban Tutan-Ramón. Según una chismosa de la barriada que tenía ojos donde uno menos se lo podía imaginar, el susodicho la habría estado acosando durante varios días con su cámara de fotos camuflado tras un matorral. En una de sus escaramuzas, mientras Melita ultimaba una de sus exhibiciones en la puerta de un supermercado —la cajera le había querido cobrar dos veces unas pechuguitas de pollo congeladas—, lo vio reflejado en el cristal del escaparate. De repente, se paró en seco, se tragó los lagrimones como si fueran caramelos y enfiló hacia el arbusto con los ojos desorbitados y dando carterazos a diestro y siniestro, no importaba a quien le diera. El otro, con la cámara de fotos a medio preparar, salió disparado hacia la avenida y, en menos de dos segundos, nadie más le vio el pelo —expresión poco lograda, por cierto, dado que el hombre era calvo.
De ser así —lo del atracón de frijoles y la indigestión—, bastante tardó en caer la pobre, habida cuenta de que, según decía, la cocina no era para ella y, día sí y día también, apuraba el calderito de lata sobre el fuego del camping gas y, una vez listo el potaje, no paraba de engullir hasta que no desaparecía el último pellizco de aquella insulsa legumbre. Mentira o verdad, verdad o mentira, el caso es que, con los años, Melita, esa ingenua samaritana venida del caribe, acabó perfeccionando sus espectáculos. Al principio, el único motivo que encontraba no era más que su propio aburrimiento; un hastío que ni ella entendía y que hasta sus perros detestaban. Pero luego, poco a poco, al aburrimiento se le sumaron los dolores de huesos, su jaqueca pertinaz, la sed cada vez más ardiente de tener un buen hombre entre sus piernas, la nostalgia de su Cuba querida… y vaya uno a saber cuántas cosas más. El caso es que sus numeritos, antaño reservados a situaciones puntuales, comenzaron a colonizar las veinticuatro horas del día, y tanto si era de mañana, tarde, noche o madrugada, empezó a extender sus habilidades por todos los rincones del barrio. A menos que uno se pusiera algodones en los oídos, de la alharaca que armaba, no había cristiano que pegara ojo. Dicen las malas lenguas que, cuando le daba el arrebato, sus gritos se oían a veinte manzanas a la redonda; eran tan estridentes que más de uno, zumbado como estaba por el efecto del sueño, salió disparado hasta la puerta para ver dónde era el incendio al confundírselos con la sirena de los bomberos.
Sin embargo, los gritos eran solo una parte del verdadero espectáculo. Lo peor venía después, cuando el subidón comenzaba a decaer y, de buenas a primeras, se arrastraba por el suelo, se echaba boca arriba y, con las manos aferradas al pecho, se ponía a jadear como una meretriz en celo y, balbuceando como podía, empezaba a rezarle a santa Rita para que no la dejara morir, mientras sus perros, uno de un lado y la otra del otro, le ensalivaban la cara a lengüetazos. En esa época fue cuando se le dio por montar la escenita en el faro. Decía que aquello la relajaba. En fin. El caso es que, no se sabe bien cómo, pero un día, en una de esas escapadas, en medio de su particular puesta en escena, de repente se topó con un pobre diablo vestido de traje y corbata, pelo engominado y zapatos de charol morados, que estaba a punto de tirarse al mar desde las rocas. Al parecer, según le dijo luego, el buen hombre había atropellado a una paloma con el coche, y fue tanta la desazón que aquello le provocó que, decía, no encontraba otra salida más que el suicidio. Finalmente, ni suicidio ni nada. Esa tarde, vaya uno a saber qué tecla le tocó aquel hombre a Melita que, ahí nomás, se le acabaron todas las boberías. Y no por lo que uno podría pensar, que también, sino porque el falso suicida acabó siendo un magnate rumano de la industria circense que, apenas vio las dotes de Melita para el espectáculo, no dio puntada sin hilo y, después de satisfacer sus ardores, le ofreció un contrato para trabajar en una de sus carpas. Esta lo aceptó sin dudar, y aquella fue la mejor decisión que pudo haber tomado en toda su vida. De periodista a loca del faro, Melita, sin siquiera imaginarlo y sin apenas darse cuenta, acabó convertida en una estrella circense sin parangón. Sus ansiedades jamás desaparecieron, por supuesto, y sus arrebatos tampoco. La diferencia era que ahora, como ella decía, al menos la gente pagaba para verlos y, de paso, ella se desahogaba.

FIN
Fernando Mitolo ©
Mayo de 2017

11 de abril de 2017

Al fin, mi primera novela autopublicada

Después de muchos años de jugar con las letras y las palabras, finalmente, he decidido dar el paso y "pasar al público" uno de mis trabajos. Sé que algunos de ustedes han estado siguiendo las desventuras de la peculiar Rogelia, que en ocasiones he ido compartiendo aquí, en el blog, y en mi página de FB. Pues bien, creo que se merecía algo más y por eso decidí homenajearla con esta presentación en sociedad. 

"La broma absurda", así la he llamado, es un texto que, como dije en una ocasión, surgió de un relato breve que llevaba ese nombre y que, sin casi darme cuenta, gracias a las locuras de la susodicha, fue creciendo hasta convertirse en una novela corta. Curiosamente, no se trata de la primera que he escrito, sino de la última. Algunos se preguntarán el porqué, yo mismo lo hago, pero el caso es que ni siquiera yo lo sé. 

De momento, la novela está en Amazon en tres formatos disponibles: 

* Versión Kindle (ebook)
* Versión papel en KDP
* Versión papel en Create Space (aquí tardará unos días en estar disponible)

En este "enlace" pueden ver los tres formatos.

De modo que, si tuviera que expresar con una sola palabra lo que me provoca el verla "colgada" en la red, esa palabra no es otra que "ilusión". Y no por una cuestión monetaria, eso está claro, sino por el simple hecho de que la gente me lea. 

Así que, amigos, solo me queda pedirles una cosa: simplemente un "clic" en el siguiente enlace, y "compartir". Por lo demás, si aparte les apetece leerla, el agradecimiento será doble. 


 
Gracias a todos
Fernando Mitolo