23 de julio de 2016

El sendero de la Gloria




 Y aquel día, tras ser conminados los dos hombres ante el Visir, este les dijo:

—Antes de continuar el camino, debéis responder a una pregunta: ¿Qué es para vosotros la Gloria? Que sepáis que, dependiendo de la respuesta, vuestra ruta será de una manera u otra.

Sorprendidos ante la supuesta simpleza de la pregunta, ambos hombres se apresuraron a responder:

—La Gloria es aquello que no muchos alcanzan —dijo uno—. Algo que está más allá de  lo tangible.
—Pues, para mí no es otra cosa que el Cielo, ese destino que todos, en alguna medida, queremos alcanzar pero que, quizás, nunca alcanzaremos —agregó el otro.

El Visir, con gesto circunspecto, aunque no tan sorpredido por las trilladas respuestas de los viajeros, les dijo:

—Pues, que sepáis que la Gloria no es nada de eso que acabáis de decir. Nada de lo que os han hecho creer a lo largo de vuestra existencia, nada de eso es la Gloria. La Gloria está constantemente a vuestro lado, en cada momento, en cada  instante que vivís. No es algo intangible o celestial, ni nada que no pertenezca a este mundo. Solo tenéis que estar atentos a vuestras sensaciones, a lo que sucede en vuestros instantes compartidos, y allí la encontraréis, siempre.
Para que podáis comprobarlo, deberéis dirigiros hacia la Tierra de los Volcanes y, una vez allí, buscaréis el sendero que va desde el Roque Sagrado hasta la Costa del Faro. Serán cinco días de travesía en los que, si realmente estáis atentos, encontraréis infinidad de oportunidades para sentir en vuestros corazones esa ansiada Gloria. Es importante que al acabar el quinto día os separéis. Os llevaréis lo vivido en vuestros corazones. Eso os reforzará y os preparará para vivr con plenitud el momento del próximo encuentro. Hasta que aquello se produzca, os mantendréis conectados a través de un objeto que os intercambiaréis al separarse y del recuerdo de lo compartido en el Sendero de la Gloria. Ahora debéis iros. Y recordad, caminad siempre juntos y mantened vuestra Vela de la Ilusión Eterna encendida.

Dicho esto, el Visir desapareció y los dos viajeros emprendieron el camino hacia la Tierra de los Volcanes. Y así fue como tras cinco días de travesía por aquellas Tierras Afortunadas, los dos hombres comprobaron que, en efecto, la Gloria estaba junto a ellos, a cada instante, en cada momento compartido. Finalmente, se despidieron tras abandonar la Costa del Faro, con lágrimas de alegría y un sinfín de abrazos insaciables. Emocionados, se prometieron un nuevo encuentro en la Ciudad que No Duerme. Y, como les dijera el Visir, cada uno le entregó al otro un objeto preciado: el primero, una de sus pasiones, un conjunto de letras escritas tiempo atrás, producto de su imaginación. El otro, su eterno compañero de viaje, una pequeña parte de sí, azul como el mismísimo mar.

Fernando Mitolo

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