2 de octubre de 2016

El hada y el ermitaño

Para Belkys



1
 Se le apareció de repente una mañana de otoño. Ese día, ella, aburrida y cansada de su propia existencia, había decidido jugar. Entonces, se escondió de la mirada de su  madre, subió a la rama del abeto, batió sus alas de seda y remontó vuelo hacia donde el viento la quisiera llevar; y así fue como, dos horas después, mareada y un poco aturdida por el capricho del alisio, aterrizó en la casa de aquel ermitaño teldense. Después de sacudirse de arriba abajo, se metió por el hueco de una ventana entreabierta y trepó por la pared hacia un lugar que fuera seguro. Una vez allí, curiosa, comenzó con el ritual de siempre: se puso a mover rápidamente las alas, al tiempo que sus ojos, como si fueran un radar, iban registrando palmo a palmo cada centímetro de aquella pocilga con olor a comida recalentada. Sentado al borde de su mesa de trabajo y ensimismado en su repetitiva obsesión por los soldaditos de plomo, el ermitaño bufó molesto por el ruido de la mágica danza. Giró su cabeza hacia el lugar desde donde venía el sonido y entonces la vio. Lejos de asustarse, ojeó por encima de las gafas y afinó la vista para verla mejor. Ella se detuvo, se soltó sus largos cabellos y le regaló una mirada traviesa. Él, extasiado por el verde esmeralda de aquella cabellera, hizo a un lado el soldadito de plomo y alzó sus brazos para cogerla del techo. Ella aceptó el envite y, con una sonrisa en los labios, se posó sobre la palma de la mano del ermitaño y se dispuso a jugar. Lo que él no sabía era que aquello, más que un juego inocente, sería el principio de su triste final.

2
Después de esa mañana, cada día, el hada visitaba al ermitaño y, entre carantoñas y sonrisas bobaliconas con sabor a malicia, le entregaba todos y cada uno de sus resquicios. Poco a poco, lo fue enloqueciendo. Y a ellos, a sus eternos y cautivos  soldaditos de plomo, comenzó a inocularles el veneno de una utópica libertad. Primero con timidez pero luego con el ardor de los enamorados, ellos decidieron convertirla en su gran salvadora. A espaldas del ermitaño, cada vez que este se distraía con sus incansables rituales y absurdas manías, los soldaditos de plomo se las ingeniaban para salir de sus vitrinas, saltar sobre las alas del hada, y entonces la cubrían de mimos, de besos y caricias que, prisioneros, ansiaban el día de su libertad. Hasta que una mañana, el ermitaño los descubrió y, furioso, tras encerrarlos en un armario con llave por lo que consideró un agravio imperdonable, cogió al hada por una de sus alas de seda y la echó a volar, no sin antes ordenarle que nunca, nunca jamás, volviera.

3
Y ella nunca volvió. Quizás por eso, el armario de madera que hacía las veces de cárcel de sus amados soldaditos de plomo, se fue oscureciendo cada día más con la negrura de una tristeza sin fin. Pero un día, ellos, a punto de ahogarse en las aguas de ese luto insoportable, decidieron salir a la superficie y urdieron el plan. Lo harían de noche, una vez el ermitaño acabara con su luctuosa liturgia obsesiva y cayera rendido en los brazos de Orfeo. Nombrarían Capitán al Templario de Fuego, el más valiente de todos y, a sus órdenes, blandirían sus armas hasta resquebrajar los candados. Entonces empujarían las puertas del armario, se armarían de valor y descenderían lentamente por entre los agujeros dejados por las termitas. Una vez en el suelo y con sus armas en mano, seguirían las órdenes del Templario de Fuego y caminarían en fila hasta el borde del catre. Uno tras otro, escalarían por los jirones de la sábana hasta llegar a su ansiado destino. ¡Alto!, diría la voz del Templario, y todos obedecerían sin dudar. No podrían permitirse ningún error, ningún impulso sin ley; eso sería fatal. ¡Preparen!, ordenaría después el Capitán, y, ahí sí, cada cual empuñaría su arma con fuerza, hasta sentirla adherida a su piel y como si fuera parte de sus propios cuerpos de plomo. Sólo entonces, con la sangre de la venganza hirviendo en su interior, esperarían la orden final, esa que les daría, de una vez por todas, la verdadera libertad. Y así, a la voz de: ¡Aséstenlo ya!, los soldaditos de plomo descargarían su furia y su odio sobre el cuerpo del ermitaño. Una y otra vez, puñalada tras puñalada y bala tras bala, hasta convertir su piel en escamas y dejar su carne al descubierto, inerme, muerta, sobre la humedad sudorosa del catre.
FIN
Fernando Adrian Mitolo ©
Octubre de 2016

No hay comentarios:

Publicar un comentario