11 de diciembre de 2017

El investigador y el chamán

Este texto, hoy reescrito, lo escribí hace muchos años . De aquí surgieron, luego, la idea y las líneas de la novela que estoy escribiendo actualmente: Möebius - El misterio de las Cuevas de Orphëik.


¿Cuál es el origen de una historia, compuesta de otras historias que circulan al unísono por los rieles de una misma cinta de Möebius?, ¿cuál es su fin? Tal vez no exista un principio y un fin, si no que todo puede ser, a la vez, principio y fin, derecho y revés.


  
1 ó 2

… entretanto, en un tiempo aún inédito en un lugar inhabitable, tres hombres vestidos de blanco ultiman los detalles de una antigua persecución.

—¿Lo tienes ya? —pregunta uno, impaciente.

—Sí. Ya está localizado —contesta el joven.

—¿Dónde?, ¿Dónde está? —interroga otro.

—Al sur de Baltestat, en un pueblo llamado Druhll.

—Buen trabajo. A por él entonces; si nos damos prisa, llegaremos a tiempo.

Y, sin más, encendieron el motor de la furgoneta y salieron en su búsqueda.

Ördales Riski lo sabía. Los sentía detrás de sus espaldas desde hacía más de quince años, exactamente desde el día en que comenzó las investigaciones para la creación del semen eternamente fértil. Varias veces estuvieron a punto de dar con su paradero, pero su exacerbada suspicacia lo llevó a recluirse en aquel laboratorio en medio de la nada. Sin embargo, esa noche, uno de los técnicos en telecomunicaciones dio con las coordenadas exactas del lugar en el que se encontraba.

En el preciso instante en que los tres mandatarios del gobierno lograban ubicar su paradero en el satélite, Riski se encontraba dentro del lavabo en circunstancias de científica intimidad. Al acabar, vertió sus fluidos vitales dentro del receptáculo transparente, cerró la tapa hermética del frasco y lo colocó en la gradilla junto con los reactivos. Media hora más tarde, daría con la fórmula final para la creación del semen eterno.

Fue en ese instante en el que, de pronto, un extraño bisbiseo hizo que girara la cabeza en dirección a la puerta. Temeroso y acosado por los fantasmas gubernamentales, asomó su cara por el quicio desde donde se llegaba a divisar, sobre un espejo, una de las ventanas que daba al laboratorio. Y ahí los vio: tres hombres simétricamente estampados sobre el cristal, vestidos de aséptico blanco, el pelo engominado y con el mismo aspecto amenazador de siempre:

—¡Déjenme en paz! —gritó, y salió corriendo a toda prisa y fue directamente a comprobar si había puesto los tres cierres de seguridad en las puertas y ventanas. 
El corazón redoblaba frenético sobre las paredes de su tórax cuando, de repente, por el rabillo del ojo, vio cómo las siluetas de sus tres perseguidores se diluían como el humo y se transformaban en la de un mago de aspecto ancestral que lo miraba fijamente. Riski se inquietó aún más y, presa del terror ante lo ominoso de aquella figura, cayó al suelo, inconsciente.

Al despertar, miró su reloj y advirtió que habían pasado tan sólo un par de segundos. En una de sus manos sostenía el frasco con el ansiado descubrimiento; en la otra, un pequeño papel arrugado en el que figuraban tres palabras: uhmbe akatea turé. Movido por la curiosidad, sus labios articularon los inauditos vocablos y, súbitamente, desapareció.

¿FIN?



2 ó 1

...entretanto, en un lugar escondido y en un tiempo extinguido hace siglos, el chamán de una tribu de indígenas acosado por el delirio, soñaba el sueño que cambiaría las reglas de la realidad.

Se dice que un día, en la plenitud de su vida, la voz de La Vejez le vaticinó que volvería a por él, que le arrebataría la fecunda razón de su poderío y que, por la ley de sus antepasados, debería dejar su magia en manos de aquel que se nombrara sucesor. El hechicero, ciego de ambición y obsesionado con la continuidad de sus facultades, realizó un oscuro sortilegio para adelantarse a semejante presagio y evitar así la proximidad de su decadencia.

Por eso, pidió a los dioses que le revelaran el secreto para conseguir la eterna fertilidad de su semen, elemento con el cual curaba toda clase de afecciones, prevenía enfermedades y exorcizaba a los fantasmas que acosaban a su tribu. Y los dioses, encandilados por su maña embustera, le regalaron un sueño.

Soñó que viajaba hasta una casa, en un tiempo aún inédito y en un lugar inhabitable. Allí se encontraba con un hombre de extraña apariencia y tirado en el suelo. De inmediato, entraba en su mente y hurgaba en sus pensamientos. Y ahí estaba: cincelada en los pliegues de su cerebro, la clave única para la creación de la eterna semilla. Borracho de satisfacción, comenzaba a impregnarla en su propia conciencia. A cambio, luego grabó en la del científico las tres palabras mágicas, dándole así, a modo de agradecimiento a quien fuera su inconsciente mecenas, el tan ansiado privilegio de la huída. 

¿FIN?



Fernando Adrian Mitolo

Reescrito en diciembre de 2017


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