29 de noviembre de 2017

Zorita y el poeta


Para mi amiga B.R.B.



1

Nunca nadie hubiera imaginado que aquel hombre, tan hecho y derecho, recto y correcto por donde se mirara, bienhablado como pocos y tan dispuesto siempre a engalanar las veladas con sus letras de terciopelo —y, también hay que decirlo, con alguna que otra cabezadita—, iba a mostrar las hilachas de una forma tan astuta. La que menos, Zoraida, Zorita para los amigos, que en cuanto lo vio aquella tarde de mayo paseando por el Paseo de Las Canteras, con su puro entre los dedos, envuelto en una nebulosa de humo y chapurreando para sus adentros y sus afueras unas rimas de Bécquer, pensó: “¡Ño…, mira el viejito, parece interesante!”, y, ahí nomás, en un pis pas, arrimó el bochín para ver qué podía rascar.

—Usted perdone, caballero —le dijo, y, de pronto, se atragantó, asfixiada por culpa de una voluta de humo que se le había metido por la boca justo cuando iba a empezar a hablar.

—¿Estás bien, mi niña? Espera, espera que apago este cacharro —le dijo el hombre, y, con cierto resquemor y una pizca de mala hostia, empezó a mirar para todos lados para ver dónde había un cenicero en el que deshacerse de aquel canuto que no hacía ni dos segundos que acababa de encender.

—¡No!, ¡qué va, por favor! si es que la atrevida he sido yo, que de pura enterada me le abalancé como las moscas a la miel —y, como siempre que tenía cerquita a un hombre entrado en edades, no pudo evitar montarse en su cabeza un teatrillo con un par de escenitas subidas de tono; era un vicio que tenía—. Le decía —y afinó un último carraspeo—, y usted me va a disculpar, pero es que estaba allí sentadita bebiendo un refresco cuando, de repente, oí semejante preciosura literaria y ya no pude evitar escuchar. Bécquer, ¿no es cierto?

—Pues sí, mi niña, ¡muy bien!, Bécquer, ni más ni menos. Es que tengo que comentar un librito de rimas, un capricho que me está por sacar el Bigotes, un amigo de una editorial, y estaba practicando para ponerme en situación, que si no después me dice que le falta emoción al prólogo.

—Ah, mire qué bien…, aplicadito me ha salido el hombre —y, picarona, le guiñó un ojo.

El vejete puso cara de circunstancia, entre halagado e incómodo, ante el desparpajo de Zorita. Pero esta ni siquiera acusó recibo. Y no solo eso, sino que afiló aún más la punta de la bayoneta y, como si lo conociera de toda la vida, le soltó:

—Venga, guapetón, lo invito a una copa, un vinito, que con lo linda que está la tarde, esas palabras se merecen una oreja —y volvió a guiñarle un ojo, pero ahora el otro.

El poeta, un poco descolocado, no pudo menos que aceptar el envite. Y no vaya uno a pensar que por albergar quién sabe qué baja pasión; no, no, el hombre ya no estaba para esos trotes. Aceptó por no faltar a su cortesía. De modo que, en cuanto Zorita lo vio enfilar hacia la mesa, ensayó mentalmente un frotis de manos y consideró como ganado el primer round.


2

Aquella tarde, aprovechando la lengua suelta del dramaturgo, Zorita hizo que este le contara su vida y obra desde que salió de Cuba, su paso por Rusia, sus incursiones diplomáticas por la llanura belga y hasta alguna que otra infidencia romántica, que vaya si las tenía. Entusiasmada con la verborrea de aquel hombre, a cada anécdota que este le contaba, Zorita le ponía un nuevo ladrillo a su mundo de fantasía. Hasta que, listo el escenario y desalada por salir a escena, echó mano de su imaginación, se armó la historieta del literato rico y, de pronto, como si fuera una iluminada, se autoproclamó como la nueva María Kodama. Ni corta ni perezosa, se quedó con que el hombre tenía la rutina de salir todas las tardes a dar un paseo por el malecón grancanario, desde su pisito en La Isleta hasta la Cícer. Desde ese día, no cejó en el empeño de verse con el poeta. Ni bien salía del trabajo —por si no lo hemos dicho, era vendedora de soldaditos de plomo en una tienda de mala muerte, un zulo en pleno barrio de Melenara que regenteaba un hombre yermo y solitario y que no tenía otra distracción más que pintar figuritas o despilfarrar dinero por eBay —, se tomaba la guagua, se iba para Las Canteras y, una vez allí, preparaba el puesto de guardia en las inmediaciones del Reina Isabel. No había más que esperar. Como si fuera un reloj, en cuanto daban las siete y cuarto, el poeta asomaba su efigie por la esquina del Maccaroni y, en cinco minutos, Zorita ya lo tenía de frente. El paripé estaba listo para montar.

Una de esas tardes, estaba apostada en la cafetería que había en la esquina de Tomas Miller. No paraba de encañonar con la mirada hacia la Puntilla cuando, de repente —se ve que se había distraído—, vio que lo tenía a dos pasos:

—¡Pero bueno! Es que ya voy pensar que usted me está siguiendo, eh, pillín… Cada vez que estoy sentada en esta terracita usted se me aparece de la nada.

—Lo mismo podría decir yo, mi niña —retrucó él, y sonrió como diciendo: “No te me hagas la mosquita muerta, que cuando tú vas, yo vengo”—. Di que a estas edades ya no me da el cuero ni el cuerpo, que si no…

Zorita hizo suya la indirecta y, excitada ante el avance platónico del literato, se animó a apretar un poquito más las tuercas:

—Oiga, lo invito a un vino en mi casa. Tengo un tinto desesperado por escupir el corcho. Venga, ¿qué me dice?

Y se ve que esa tarde el poeta estaba con la nostalgia paterna metida entre los huesos —hacía cuatro días que Coque, su hija menor, de viaje de Erasmus por Italia, no daba ni noticias—, porque, sin hacerse de rogar, le dijo que sí, justificó su flojera sentimental ensalzando las beldades del vino tinto, la tomó del brazo y, como dos tortolitos, se encaminaron hacia santa Catalina para tomar la guagua.

Aquella noche, fue un antes y un después. No se sabe si por el vino tinto o por los doscientos gramos de bombones rellenos de licor que se zamparon después de las pechuguitas de pollo congeladas que preparó Zorita —según le dijo, ese era su “plato estrella”; aunque luego se enteraría de que aquel plato era el único que sabía hacer—; decía, no se sabe si por el vino o por los bombones, el caso es que, a partir de esa noche, Zorita comenzó con el despliegue de la artillería pesada. 


3

Sin embargo, la correría no le iba a resultar facilona. Todo parecía ir sobre rieles hasta que un domingo al mediodía, mientras esperaba al poeta en una terraza de Vegueta, el menda se le apareció con la Coque. Hasta ese día, las dos mujeres no habían tenido el placer de conocerse, aunque el hombre no perdía oportunidad para llenarse la boca magnificando los talentos de su hijita mimada con la cerámica —nunca nadie supe cuáles—, al punto de que ya la tenía aburrida a la pobre Zorita con tanta melaza paterna. En cuanto la Coque vio a Zorita, los rulos poco menos que se le quedan como el lacio de Cleopatra:

—¿Qué tal?, tú debes seggg Zogggita —dijo, agria, y evidenció, ni más abrir la boca, su eterna dislalia con las erres, esa con la que ninguna logopeda, pero ninguna, pudo jamás; y vaya si la tuvo.

No hace falta reseñar cómo le cayó a Zorita el patinaje verbal de la hija del poeta, que, sin mucho esfuerzo, acababa de dejar su nombre por los suelos y transformado en el de la astuta mamífera.

—¡Sí, encantada! —respondió Zorita, intentando disimular su ira tras el tembleque de una sonrisa.

En fin, que no hay más que decir que la Coque, desde ese día, le cogió tal manía, que se afanó en un trabajo de acoso y derribo hacia la que se le antojaba una verdadera pelandusca, una oportunista que no quería más que aprovecharse de las beldades literarias y, quién sabe qué otras tantas —que escondidas las tendría—, de su padre.

El sumum de aquel pulso —que comenzó con ese malogrado “¿Qué tal?, tú debes seggg Zogggita” y que acabó con la sorpresiva fuga del literato años más tarde, tuvo lugar la noche de su ochenta y un cumpleaños. Para el convite, habían invitado, entre otros, a Lala, una fotógrafa de Guanarteme amiga de Coque a quien, aquella noche, no se sabe si por el efecto del Lambrusco o por los dardos que se lanzaban la Coque y Zorita con la mirada —además de la insistencia de la primera en, continuamente, dale que te pego, apelar aposta al nombre de su contrincante para iniciar cualquier comentario dirigido a ella: Zogggita esto, Zogggita lo otro, mira a ver Zogggita, etc., etc.—., le empezó a dar la risa boba y no paró de carcajear en toda la velada. Otra invitada de honor fue Carmensa, una amiga íntima del poeta que alquilaba un pisito en Escaleritas —las malas lenguas aseguraban que la de Ciudad Alta intentó rascar cacho más de una vez, pero que el poeta se hizo el longuis— y que esa noche, lo que nunca, estaba muda. A lo único que se dedicó fue a negar con la cabeza todo el tiempo, en plan: “¡Qué barbaridad!”, cada vez que oía las barrabasadas que salían de la boca de la Coque y que, como la tenía al lado, pasaban por su oreja sin ninguna clase de filtro. Y de quienes que no nos podemos olvidar es de la parejita de argentinos, dos bichos más malos que el mismísimo Diablo, criticones como la peor de las marujas y que se hiceron la fiesta comiendo frutos secos y polvorones de manteca mientras esquivaban las flechas que se tiraban aquellas dos energúmenas. Hay que imaginar que, en medio de todo esto, el dramaturgo no se privó de nada: ni de echarse las cabezadas de rigor cuando el cuerpo se las pedía, ni de embadurnar el ambiente con las nebulosas de sus habanos, ni de amenizar la velada con algunos de sus chistes ni de, como era de esperar, arengar en contra del comunismo en cuanto podía.

Lo que nunca nadie imaginó fue la bomba que iba a tirar en el preciso instante de soplar las velitas:

—Señoras, señores, a punto de dar por cumplidos mis ochenta y uno, tengo que decirles que, en enero, Zorita y yo pasaremos por el altar —soltó, así, sin ningún preámbulo.

Si el día del encuentro en la cafetería de Vegueta a la Coque el pelo le queda casi lacio, hay que decir que cuando oyó semejante declaración de boca de su padre y, sobre todo, cuando vio la cara de triunfo que ponía Zorita desde un rincón, casi se queda calva. Furiosa, salió escopeteada hacia su habitación, cogió la caja de punzones que había traído de Italia y enfiló directo hacia el taller. Como una loca, preparó la pasta de cerámica —que encima le quedó dura—, y, mientras repetía: “Este hombggge está tgggastogggnado; la Zogggita esa no se las va a llevar de agggiba”, se puso a darle al torno intentando que de ese mazacote saliera una vasija canaria. De más está decir que aquello acabó en la basura. Y de más está decir, también, que el poeta y Zorita se casaron.



4

De modo que, de pronto, la mentada Coque, no solo perdió la hegemonía sobre su padre, sino que, de rebote, se ligó una madrastra. Al principio, no hubo mucho jaleo más allá de algún que otro altercado entre aquellas dos hembras alfa —incluso en plena calle—, que se disputaban al vejete como si fuera Rockefeller. Fuera de eso, la parejita se mantenía ajena a las indirectas e invectivas de la Coque y no paraba: los sábados, se armaban la ruta de los supermercados; ni bien acababan de almorzar —sí, efectivamente, un par de pechuguitas congeladas con arroz—, Zorita se calzaba los leggins, se echaba un poco de polvo en la cara y se llevaba al poeta de rotation por los tres supermercados estrella de Las Palmas. El que más la pirraba era el Lidl del Negrín:

—Hay que ver, Pompito —porque, cuando la Coque no estaba presente, aprovechaba y le decía Pompito— ¡si es que parece que estuviéramos en Madrid frente al palacio de cristal! —y, una vez adentro, se volvía loca entre los pasillos, sobre todo el de los congelados.

Aquella excursión sabatina era para alquilar balcones. Solo una vez, en que el poeta estaba atascado y muy irritable a causa de una publicación sobre “Las novias del Comandante” que le había encargado el Bigotes y con la que no daba pie con bola, le armó un pifostio a Zorita en medio de las cajas que Dios nos libre. El cajero, un calvo con cara de faraón y mirada de desquiciado como la del loco de “Psicosis”, a punto estuvo de llamar al segurita. Menos mal que todo quedó en la nada. Y todo porque la pobre se había encaprichado con unas compresas alemanas que habían salido nuevas y que, según decía la etiqueta, tenían una alarma que sonaba cuando te venía la regla. El caso es que salían carísimas y el poeta puso el grito en el cielo.  Al final, le hizo dos arrumacos al viejo, le puso cara de triunfadora al cajero y se las llevó.

Como decíamos, la parejita no se daba respiro. Los sábados, de compras; en la semana, de vinos y de tapas en cuanto veían un buen bodegón de mala muerte —al poeta le iba la onda sórdida—; pero la joya de la corona se la llevaban las religiosas tertulias literarias domingueras que organizaban en La Isleta desde las cuatro de la tarde y hasta que dieran las campanadas de la medianoche. Personajes de toda estirpe, desde un Santiaguito Mill hasta un Alejandro Favelo, no sin pasar por la susodicha Carmensa, o don Aldo Lozada, una eminencia de la medicina que había llevado Zorita —nunca se supo de dónde salió ni qué pito tocaba en ese ambientillo, ya que lo único que hacía era dar el cante con las virtudes de las cámaras hiperbáricas. En fin, personajillos de todo tipo. Eso sí, la guinda del pastel se la llevaba Purita Santaña —sí, con Ñ, por error del empleado del registro; qué mujer tan insidiosa esa, las cosas como son, que ni la Coque, con su “Venga ya, Pugggita, cogggta el gggollo”, la podía frenar—. Pues bien, unos y otros, alternaban con su presencia en esa especie de Gabinete Literario isletero que el dramaturgo se había sabido montar y del que presumía como si fuera la Real Academia Española.  

Lo chungo empezó cuando al vejete, de repente, a los tres años del casorio, le llegó la cédula de embargo del piso de La Isleta —Zorita nunca logró sacarle en qué chanchullos se había metido para llegar a ese punto; Carmensa, en uno de sus arrebatos, que le daban cada dos por tres cuando se acordaba de los rechazos del poeta, dejó caer en una ocasión que era porque a este le iba la marcha con las carreras de caballos—. Verdad o mentira, el caso es que, con una mano atrás y otra adelante, no tuvieron más remedio que irse a vivir a la casa de la Coque, un triplex en Schamann que, si uno lograba extraviar la mirada del entorno, era un sueño: tres plantas, cuatro dormitorios —eso sí, chiquitos—, dos baños y aseo, entrada independiente y garaje, terrazas, y una azotea con zona chillout incluida y unas vistas a la techumbre de Las Rehoyas que cortaba la respiración.

Fue una de las peores experiencias que Zorita tuvo que soportar en su vida. “La Coque es mi hijastra…, la cerda esta de la Coque es mi hijastra”, se repetía mentalmente todas las noches cuando se acostaba, y la otra, que para rutinaria era peor que un calendario, entraba a darle un besito de buenas noches a su progenitor, no sin antes regodearse con la cara de Zorita cuando le decía: “Que descanses, Zogggita”, y esta, para darle el gusto al marido, tenía que contestarle: “Tú también, hijita”, como si aquello fuera “La casa de la pradera”.  

Duraron dos meses. Entre las incursiones nocturnas de la Coque al dormitorio de sus “papis” —porque así los llamaba, la jodía, para fastidiar a Zorita—, el griterío que armaban entre las dos por cualquier cosa, a toda hora y en todo sitio, y sumado a esto las pocas pulgas del poeta —tan tranquilito que estaba en su pisito de La Isleta—, el ambiente se fue tornando tan espeso que, al final, una mañana de agosto, con una calima que rajaba la garganta y un aire caldoso como un potaje, el dramaturgo se mandó a mudar. Eso sí, antes de salir, les dejó una cartita sobre la mesa del comedor, escrita con una caligrafía de fábula y una labia digna de su amado Bécquer, en la que quedaban bien detalladas las deudas que les correspondían a cada una de las dos a causa de sus embrollos.

Hoy, después de cinco años de su fuga, hemos sabido que el literato está vivito y coleando viviendo en Valencia, con una francesa cuarenta años menor que él y propietaria de una cadena de hoteles en Peñíscola, y a punto de sacar un libro sobre las apuestas de caballos que, según dicen, va a ser un best seller. Entretanto, vaya uno a saber por qué, pero Zorita y la Coque siguen juntas y desparramadas en el triplex de Schamann, odiándose y amándose a la vez, como si en esa tormenta de emociones hubiesen encontrado la forma de sobrellevar su soledad, sus deudas y sus eternas miserias.


FIN

Fernando Adrian Mitolo ©

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