11 de abril de 2017

Al fin, mi primera novela autopublicada

Después de muchos años de jugar con las letras y las palabras, finalmente, he decidido dar el paso y "pasar al público" uno de mis trabajos. Sé que algunos de ustedes han estado siguiendo las desventuras de la peculiar Rogelia, que en ocasiones he ido compartiendo aquí, en el blog, y en mi página de FB. Pues bien, creo que se merecía algo más y por eso decidí homenajearla con esta presentación en sociedad. 

"La broma absurda", así la he llamado, es un texto que, como dije en una ocasión, surgió de un relato breve que llevaba ese nombre y que, sin casi darme cuenta, gracias a las locuras de la susodicha, fue creciendo hasta convertirse en una novela corta. Curiosamente, no se trata de la primera que he escrito, sino de la última. Algunos se preguntarán el porqué, yo mismo lo hago, pero el caso es que ni siquiera yo lo sé. 

De momento, la novela está en Amazon en tres formatos disponibles: 

* Versión Kindle (ebook)
* Versión papel en KDP
* Versión papel en Create Space (aquí tardará unos días en estar disponible)

En este "enlace" pueden ver los tres formatos.

De modo que, si tuviera que expresar con una sola palabra lo que me provoca el verla "colgada" en la red, esa palabra no es otra que "ilusión". Y no por una cuestión monetaria, eso está claro, sino por el simple hecho de que la gente me lea. 

Así que, amigos, solo me queda pedirles una cosa: simplemente un "clic" en el siguiente enlace, y "compartir". Por lo demás, si aparte les apetece leerla, el agradecimiento será doble. 


 
Gracias a todos
Fernando Mitolo

21 de marzo de 2017

Pecados mortales


Si hay una frase de mi difunto padre que quedó grabada en mi memoria como un lastre, es aquella con la que cada noche martilleaba los sesos de mi madre, de forma cansina y como si en ello se le fuera la vida, y que yo, con la oreja pegada a un vaso de yogur apoyado sobre la pared que separaba nuestros dormitorios, escuchaba a modo de diversión antes de que el sueño finalmente me venciera. Me encantaba oír su retahíla quejumbrosa. Recuerdo que la repetía a modo de ritual, con la falsa ilusión de que haciendo eso, por el mero hecho de machacarlo una y otra vez, encontraría la solución a sus agobios —los reales y los imaginados—, que en verdad no eran pocos. “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, le decía a mi madre en cuanto se metía en la cama, con el sonido metálico de los violines de Radio Clásica de fondo —nunca entendí por qué no se compraba una radio como la gente si tanto le gustaba esa música—, y ahí empezaba el festival. Porque ahí no quedaba la cosa, sino que ese era el pistoletazo de salida para que mi madre le respondiera como una autómata con su inservible rosario de palabras sacadas de sus lecturas de autoayuda, esas con las que a mí también me castigaba cuando se daba la ocasión, y que lo único que sacaban de bueno era que mi padre insistiera con su frase con más ahínco todavía, mis risotadas aumentaran hasta el punto de dolerme las costillas y que, como era de esperar, mi padre acabara durmiéndose derrotado por la indiferencia soterrada de mi madre y el sopor que le producía tanta palabrería. 
Y no es por desestimar el valor de sus peroratas —las de mi madre, quiero decir—, o por no reconocer que aquella sarta de palabrejas sin sentido eran realmente para alquilar balcones —que lo eran, sí, se los puedo asegurar—, pero repito: lo mejor de todo aquello, el verdadero motivo de tan perverso cotilleo y tanta carcajada a viva voz, era escuchar la frase de mi padre: “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, pronunciada una y mil veces hasta el cansancio, con voz trémula y cada vez más apagada, y sin otro resultado que el de nuestro cruel desparpajo. Pero claro, cómo iba a imaginar yo en esa época teñida de inocencia que aquella frase que tantas risotadas me arrancó y que dio rienda suelta a mis más acalorados jolgorios, acabaría con los años convirtiéndose en el peor de mis castigos. Pues sí, porque como si de una verdadera condena perpetua se tratase, el suplicio en el que estoy hundido desde hace dos décadas, no es más que la pena con la que, quizás, algún día, acabe redimiendo mi pecado; un pecado que no es otro que el haber hecho yunta con mi madre para burlar la palabra de mi padre, un pecado mortal en toda regla y que, como tal, no podía quedar impune.
Todo comenzó la noche del veintitrés de octubre, hace hoy exactamente veinte años, cuando se me ocurrió emular, esta vez en serio, aquella resabida frase de mi padre delante de mi esposa. Es verdad que las circunstancias me jugaron en contra —o al menos eso quise creer durante mucho tiempo, ya que eso me absolvía de toda responsabilidad—. El caso es que por aquella época yo estaba sumido en un verdadero caos, en todos los sentidos: mi trabajo era un caos, la relación con la gente que me rodeaba era un caos, mi mente era un caos, todo en mí era un caos. Esa noche, ni bien mi esposa y yo nos acostamos, con el niño ya dormido y con la tranquilidad y el sosiego que nos transmitía el adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler que sonaba en Radio Clásica —eso sí, con un sonido no tan latoso como aquella vieja radio de mi padre—, de pronto, tuve la imperiosa necesidad de proferir la eterna frase de mi padre. Pero, como he dicho, esta vez, a diferencia de otras tantas, no lo hice para bromear a su costa o para hacer gala de sus desvaríos nocturnos, sino porque realmente así lo sentía. Me envolvió una intensa sensación de déjà vu: mi esposa y yo en la cama, el niño al otro lado de la pared —¿quizás escuchándonos?—, la radio, mi devaneo mental. “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, recuerdo que le dije, atosigado por aquella jauría que corría desatada dentro de mi cabeza. Y ese fue mi gran error. Julieta no era mi madre y, muy por el contrario, al ver que aquello iba en serio, se dispuso a escucharme. 
Recuerdo que dejó el libro que estaba leyendo sobre su regazo —que, por cierto, no era de autoayuda—, se giró hacia mí, me tomó de las manos y me pidió que me sincerara y le contara lo que me estaba ocurriendo, que ya hacía varias semanas que notaba que algo no iba bien. Por unos segundos dudé; pero al fin, así lo hice. Una tras otra, le confesé todas y cada una de mis tribulaciones, mis temores y mis miedos más horribles, esos de los que nunca le había hablado y que no cejaban en el intento de manipularme; le detallé mis extrañas sensaciones corporales, mis obsesiones con los cables, y lo más vergonzoso, al menos para mí, le conté lo de las voces que me atosigaban cada día, a toda hora y en todo lugar, y que me dejaban exhausto hasta el punto de querer morirme. Y en medio de cada frase, las palabras de mi padre, como si fuera él mismo quien hablaba en mí: “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, le repetía, una y mil veces. Julieta me escuchó como nunca nadie lo había hecho; ya hubiese querido mi padre que mi madre lo hubiera escuchado de esa forma, o al menos con el mismo respeto.
Al cabo de casi una hora, yo dejé de hablar. Me sentía vacío, como si me hubiese quitado de encima el peso de un gigante. Julieta se removió en la cama, se acomodó su camisón y, entonces, rompió su silencio. Con la cara cubierta de lágrimas, las manos temblorosas y una sonrisa que denotaba lo mucho que me amaba, me dijo:
—Sé que con esto corro el riesgo de perderte, pero no podría vivir en paz si, por ese vil egoísmo, te privara de la posibilidad de ver la luz.
—¿A qué te refieres? —le pregunté yo, algo confuso.
Fue entonces cuando me dijo lo que, según ella, debía hacer para encontrar lo que buscaba; lo que no sabía, claro está, era que no sólo estaba a punto de perderme para siempre sino que, con su sentencia, acababa de enviarme al mismísimo infierno.
Por eso, maldigo el momento en el que decidí dar el paso y meterme por los cables de la luz. Porque aquí estoy, atrapado hace veinte años en medio de este gigantesco laberinto sin salida, que no es otro que la red eléctrica del Palacio de Correos, lugar en el que por entonces trabajaba; un enrevesado e infinito manojo de cables y caños oxidados por el que me interné, a escondidas y al abrigo de curiosos que pudieran delatarme y echar al traste mi empresa, para ver si, por fin, veía la luz. Y la vi, claro que la vi, pero no fue lo que esperaba. Es imposible hacerse una idea del horror en el que vivo. Solo puedo decirles que, después de tantos años sometido a este entorno tan hostil, en el que a cada segundo se producen a mi lado miles y miles de descargas eléctricas con destellos y fulgores inenarrables, el castigo se me hace cada vez más insoportable. Sé que no me queda mucho tiempo; la ceguera avanza a pasos agigantados y las pocas fuerzas que me quedan ya no me dejan ni siquiera esquivar las esquirlas. Por lo pronto, solo me resta rezar, rogar a Dios que la espera no sea demasiado larga y que, finalmente, el pecado por haber burlado la palabra de mi padre me sea redimido.

FIN

Fernando Mitolo ©  
Marzo de 2017

8 de febrero de 2017

La maldición de Tutan-Ramón


      
Cuando el gran reloj de arena que había sobre el estante de mármol de Carrara agotó su áspero contenido, el Faraón dejó atrás su imaginería meditativa, se levantó del suelo, acomodó el pliegue que su cuerpo había dejado sobre la alfombra, se restregó los ojos cubiertos de lágrimas y se dirigió a darle la vuelta para que el fino polvo comenzara una nueva carrera contra el tiempo; así, una y otra vez, ese era el ritual que acompañaba sus horas de aburrimiento. Pero no era el único. Ya de pequeño, atormentado siempre por extraños pensamientos y obsesiones que ni él mismo se explicaba, se atrincheraba bajo una extensa capa de liturgias y manías hasta el punto convertirlas en su tabla de salvación para enfrentarse a los rigores que le imponía el mero hecho de vivir.
Una de sus favoritas era la de repetir series de números y jeroglíficos mentalmente, alternados de manera sistemática y para luego escribirlos con la punta de una rama de abeto sobre una tabla cubierta de harina de centeno, en el mismo orden en el que se los había recitado y todo de un tirón. Decía que con eso entrenaba su memoria y que si lo hacía como realmente debía, esto es, cada seis horas desde las seis de la mañana y hasta las doce de la noche, se salvaría del castigo de Osiris, aquel que, según él, había caído sobre su abuela materna por culpa de su obstinado desorden.
Antes de que dieran comienzo los ritos de las doce del mediodía y de las seis de la tarde, sus vasallos debían tenerle preparados un tazón de caldo de berros y un plato mediano, nunca grande, de arroz blanco sin condimentar. Todo tenía que tener su justa medida: treinta y tres hojas de berros frescos para el caldo y doscientos veintisiete granos de arroz para la guarnición; ni más, ni menos. De beber, un vaso de agua fresca recién sacada de la fuente del Tenerife, un valle cercano a la Gran Pirámide de Arinaga, su pueblo natal, ese del que nunca salió y en el que, a día de hoy, se dice, descansan sus cenizas. Cuando ya todo estaba dispuesto, ordenaba a sus siervos que lo dejaran a solas, que cerraran a cal y canto las puertas de su alcoba, y les advertía que no se les ocurriera abrirlas por nada del mundo, ni siquiera si se despertaba el Siroco, hasta que él no diera por cumplido su ritual. Una vez estos se retiraban, entonces se sentaba en loto sobre la alfombra de rafia que cubría el centro del habitáculo y comenzaba la liturgia: colocaba la taza de caldo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y a dos palmos de su rodilla izquierda; luego cogía el plato de arroz y lo colocaba de igual modo pero del lado de su rodilla derecha; y por último el vaso de agua, exactamente al frente y en línea recta con su nariz de bull terrier, y a trece pulgadas desde la punta de sus pies. Solo entonces, comenzaba a orar para recibir, por fin, la bendición de su dios protector. Para ello, elegía la “Letanía de Ra”; aunque eso, a la vista de las circunstancias, tenía truco.
Según los restos de un papiro encontrados en la tumba de un noble con aires de monarca, el texto que él recitaba no sería el texto original de la plegaria. Al parecer, una noche, habiéndose bebido un brebaje de hierba huerto y leche de cabra recetado por una sacerdotisa de la que recibía favores carnales dos veces a la semana —las malas lenguas dicen que aquello era un potaje para enamorarlo—,Tutan-Ramón tuvo un arrebato y, desafiando al mismísimo Ra, ordenó a un sirviente con dotes de escriba que trabajaba a su servicio —a quien años más tarde mandó a emparedar por haberse equivocado y haberle puesto quince granos de más en la medida del arroz— a reformar el texto de la letanía a su medida, ya que, según aseveraba, él sería el sucesor de Ra: “¡No ven que soy Tutan-Ra-Món!, ¡Ra-Mon, ¡Ra-Mon!”, gritaba. Y el escriba así lo hizo. Lo que Tutan-Ramón no sabía era que, con esa osadía, acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Pues bien, así las cosas, el resultado de aquella prepotencia, no fue más que un verdadero remedo:

Tutan-Tutan, Tutan-Ramón
Tutan Tutan, Tutan-Ramón
¡Alabanza a tí, Ra!
¡Alabanza a tí, Ra!
Poder Supremo, Poder Supremo
Tutan-Tutan, Tutan-Ramón

Y así la recitaba, con voz trémula y con el ojo derecho puesto en blanco, como si en ello se le fuera la vida, porque así y solo así, aseguraba, recibiría el efecto de la bendición divina.
Quienes alguna vez lo vieron, por supuesto que so pena de ser descubiertos y por ende ajusticiados, una vez en trance, la repetía tres veces: la primera del derecho, la segunda del revés —nadie entendía de dónde había aprendido semejante habilidad— y la última otra vez del derecho. Sólo entonces, se disponía a comer: una cucharada de caldo y una de arroz, una cucharada de caldo y otra de arroz, hasta acabarlo todo, para luego beberse el agua de un solo sorbo ya que, según decía, si no lo hacía de ese modo, le crecerían veinte pelos de color violeta alrededor de cada una de las orejas. Y es aquí donde, según los historiadores, la historia del Faraón de Arinaga acabó torciéndose del todo. Haciendo caso a una leyenda que de leyenda poco tiene, se sabe que, gracias a su tenacidad con sus rituales, Tutan-Ramón habría logrado eludir aquella maldición capilar y otras tantas que lo amenazaban día a día. Sin embargo, de la que no se salvó fue de la maldición de Ra.
Le llegó bajo la forma de una mujer. Un día, mientras se afanaba en cumplir con uno de sus rituales matutinos que consistía nada más ni nada menos que en darle brillo a su pertinaz calva con un trapo de algodón embebido en betún hecho a base de grasa de oveja, escuchó un silbido que venía de detrás de un ventanuco. Sorprendido por la dulzura de aquel sonido, dejó el trapo encima de un sillón, se dirigió hacia la ventana y entonces la vio. Era rubia, delgada y modosita, y con unos morros del color de las frambuesas que, dispuestos a seducir al Faraón, no dudaron en mostrarle su peor veneno. Sólo le hizo falta una mueca y este, ante semejante provocación, cayó rendido a sus pies. Con la faena de su calva a medio terminar, pegó un salto a través del alféizar y, envalentonado, fue directo a su encuentro. Pero la susodicha, cubana de nacimiento aunque blanca y rubita como el mismísimo azúcar, no iba sola; llevaba consigo a su guardia personal: una gallina bataraza atada a una correa de esparto y un papagayo desplumado que reposaba sobre su cabeza, animalejos que no dudaron en echársele encima al monarca en cuanto vieron amenazada la seguridad de su dueña:
—¡Sooooooo, guajiros! —les regañó la cubana, preocupada por si sus guardianes le echaban la fiesta a perder.
El Faraón, asustado, ensayó un singular aspaviento con los brazos y reculó. La blonda, ajena a ese rasgo de debilidad, solo prestó ojos para otra cosa:
—¡Ño! —dijo para sus adentros—, ¡menudo cuerpazo!
Y, excitada ante tamaña anatomía, a la vez que sosegaba a sus fieras, se abalanzó sobre la calva del soberano y comenzó a chupetearla como si aquello fuera una piruleta de mamey. El caso es que, tras cuatro lengüetazos, se dio cuenta de que en vez de mamey aquella calva embetunada parecía un cóctel de regaliz:
—¡Puaj!, ¡puaj! —espetó la forastera venida del trópico, y se puso a echar escupitajos a diestro y siniestro, maldiciendo a todo dios por el amargor que se le había metido en la boca.
Al verla como se había puesto, el Faraón comenzó a balbucear y no tuvo mejor idea que empezar a atosigarla con halagos, no sin cierta exageración, para ver si así se le pasaba el enojo. Pero la cubana seguía en sus trece, de modo que, tirando de la correa que sostenía el cogote de la gallina y pegando un berrido que no hizo menos que hacer saltar por los aires las pocas plumas que le quedaban al papagayo, arrió con vehemencia a esos dos pobres bichos con ínfulas de gendarme y, sin pensarlo, se esfumó sin dejar rastro por donde había venido.
El Faraón, atónito ante semejante desparramo de furia y enormemente frustrado por ver escapar de sus manos ese pedazo de dulce sin apenas haberlo probado, no pudo menos que aceptar la derrota y, una vez más, como tantas otras veces, volvió con el rabo entre las piernas, se encerró nuevamente en su ego y se dispuso a saciar sus bajos ardores a costa de sus rituales. Lo que no sabía, era que la ira de aquella caribeña no se había quedado ahí. Esa misma noche, movida por el profundo asco que le había producido el betún —de hecho, seguía con ese regusto a regaliz en la lengua—, se encomendó a su pasado abakuá, cogió nueve hojas de salvia, las envolvió dentro de un trozo de papel con el nombre del Faraón escrito en tinta china y, acompañada de la gallina y el papagayo, se fue para el cementerio. Una vez allí, buscó una tumba abandonada, colocó el papel con las hojas de salvia sobre la tierra, se puso en cuclillas y, conjurando al Barón Sandí, cagó encima del paquetito y luego lo enterró. El efecto fue inmediato: apenas si le dio tiempo de llegar a su cabaña, airosa y satisfecha y con el paladar libre de todo amargor, que el majestuoso Tutan-Ramón, aquel que se había atrevido a desafiar al mismísimo Ra, tuvo que hacer a un lado su caldo de berros al ver que tras un sonoro eructo, comenzaba a salirle por la boca una enorme plasta de excrementos.

FIN