17 de septiembre de 2017

La habitación de los soldaditos


Para mi amiga B.R.B.

 

1
 Si de algún pecado debería haberse arrepentido Carmita “la cubana”, hay que decir que ella nunca se dio por enterada. Ajena a los picotazos cargados de veneno que, día sí y día también, le asestaban sus vecinas —y, para no faltar a la verdad, hay que decir que para envidia de muchas—, ella siguió en sus trece untándose el cuerpo con la miel de sus deslices.  Hasta que la vida hizo lo que tuvo que hacer, le tocó el turno de colgarse el cartelito de CERRADO sobre las grietas de sus arrugas —desgastadas ya de tanto desparpajo— y, entonces sí, el barrio, por fin pudo descansar. Para no crear un revuelo en el avispero, el que no de crédito a lo que voy a contar —porque en estos asuntos cada cual es libre de administrar sus creencias como quiere—, que se lo pregunte a don Javier, el cura del barrio, que después de tantos años de plegaria malograda y confesiones de infierno con aquella mujer, acabó dando su alma por perdida —la de ella y la de él— y, completamente desquiciado, cambió las hostias y el vino de misa por el ron y las tragaperras de Ca´ Ñoño.
Quienes la vieron llegar aquella mañana de agosto — ya hace de esto muchos años—, sudando y escupiendo polvo sahariano por donde ni a Dios se le ocurriría escupir, cargada con cuatro paquetones llenos de trastos y, como si fuera poco, con dos perros con cara de resignación atados a cada una de sus muñecas, nunca imaginaron que, detrás de esa sonrisita del color de las mariposas, se escondía la que sería la mayor pervertida de la barriada. Dicen las malas lenguas —que de esas aquí hay muchas— que vino del polígono de Arinaga, aunque eso nunca quedó muy claro debido a los desplantes y escupitajos de hiel que la cubana le regalaba a quien, amablemente, se atrevía a preguntarle algo. Lo que sí repetía era que estaba hastiada de tanto ventarrón del sureste y que buscaba un cambio de aire; el caso es que, más allá de los dimes y diretes, la mentada Carmita acababa de tener una mala experiencia laboral con un bigotudo sesentón que respiraba aires de editor, y eso, al parecer, la habría empujado a echar mano de su enamorado, un pobre cristiano que no sabía a lo que se enfrentaba metiéndola en su casa. Así que aquel día se levantó temprano, sacó a sus perros, recogió sus trastos, cerró puertas y ventanas a cal y canto y, dejando atrás su mala racha y sus desvelos, puso rumbo hacia esa nueva vida. Lejos estaba de imaginar que aquello se convertiría en el más jugoso de sus descubrimientos y, al mismo tiempo, en una verdadera perdición para sus apacibles vecinos. 

2
Todo comenzó a los pocos días de llegar. No se sabe si el deseado cambio de aires le acabó removiendo los sesos o si algún gen se le había atravesado en las neuronas, pero la cubana estaba como si la hubiese poseído el espíritu del “Comandante”. No había hora ni minuto del día que de su boca no saliera una orden o un decreto. Por todo protestaba, a toda hora, a diestra y siniestra, y a cualquiera que se le cruzara por el camino, lo primero que le escupía era un espantón. Y claro, el que pagaba los platos rotos al precio más caro era su enamorado. Todo tenía que hacerse como ella quería. Que si el florerito del recibidor no me gusta, que si la alfombra del salón junta mucha mierda, que si esta figurita me la quitas, que esta vitrina ya la podrías vaciar un poco…, y así todo el santo día. Hasta que una mañana que estaban haciendo limpieza y aquella se puso brava por un adorno:
—Esto se tira, mi amol. ¿Pa’ qué guardas tanto tareco? Ay…, quita pa’ llá —arremetió Carmita, poniendo cara de asco y sacudiendo un matojo de hierbajos secos que había dentro de un jarrón en una de las habitaciones.
El mentado adorno, si a eso se le podría haber llamado adorno, era realmente un verdadero horror. Pero ya se sabe, cada uno tiene sus gustos y manías. El caso es que el bendito de su novio —que para que reaccionara y levantara la voz por algo había que soplarle espirulina por las orejas—, ese día no se acobardó, juntó fuerzas y, con su estilo, le plantó cara:
—¡Deja eso ahí, Carmita, por favor! —contestó, con su habitual calma y sus manitos en los bolsillos—. Para algo ha de servir, cariño, ya verás. Si quieres te hago un huequito aquí para tus cosas, pero eso no me lo tires.
Ella, cojonuda como pocas, hizo oídos sordos a la melaza verbal del teldense, insistió con que no tenía lugar, que le hacía falta más espacio para guardar “sus cositas” y, ni corta ni perezosa, tiró aquel revoltijo de ramas al tacho de la basura con jarrón y todo. Con el correr de los días, lejos de calmarse el temporal, la cubana fue tomando más confianza; sus ínfulas de “Señora” acabaron por subírsele del todo a la cabeza y, entonces sí, osó meterse con lo que no se tendría que haber metido. Al parecer, en uno de los arrebatos territorialistas de Carmita, para no aguantar sus arengas, el hombre habría decidido cederle uno de sus feudos más apreciados para que allí montara su rinconcito literario y se dejara de protestar —porque hay que decirlo, Carmita escribía, y muy bien—. El teldense tenía varios de esos dominios diseminados por toda la casa: vitrinas con maquetas de edificios antiguos, estantes repletos de colecciones de coches de carrera, vitrinas con esculturas hechas de legos y tantas cosas más; el caso es que aquel era uno de sus favoritos: la habitación de los soldaditos de plomo. Por eso, el día que la cubana estaba acomodando parte de sus petates en aquella habitación y él la vio lanzarse escopeteada hacia la estantería de los templarios, entonces sí, respiró hondo, se hizo la señal de la cruz y, rapidito para que no se le trabara la lengua y no fuera a ser que la otra aprovechara para darle vuelta a la tortilla, le dijo:
—¡Eh, eh, eh!, ¿dónde va usted, cubanita? Vamos a ver, para que las cosas te queden claras de una vez: esta es tu casa, y como tal puedes disponer de ella como te venga en gana. Puedes remover alfombras, adornos que no te gustan, meter aquí, sacar de allá, pero eso sí, por nada del mundo se te ocurra hacerles nada a mis soldaditos. Te lo pido encarecidamente, a ellos no los toques.
—Pero, ¡qué va!, ¿cómo se te ocurre? ¡Que no, mi niño! —retrucó enseguida Carmita, roja como un pimiento al verse pillada en quien sabe qué perrería—. Pero, ¿qué les voy a hacer yo a estos? Tan solo iba a mirarlos, nada más —mintió, y por dentro estaba que echaba fuego.
En ese momento, el hombre se tragó la trola. Por lo que ese fue el principio del desastre. Y para muestra, un botón.

3
El primer signo lo tuvo un sábado por la mañana mientras limpiaba la susodicha habitación. Carmita estaba entretenida quitando el polvo de encima de una estantería cuando, de pronto, escucho un cuchicheo que venía de detrás de una maquetita. Sorprendida, dejó el trapo sobre el respaldo de una silla, afinó el oído y, al acercarse, otra vez el mismo murmullo. Algo mosqueada ya, intentó descifrar lo que decía aquel extraño corifeo. Se acercó aún más hacia la maqueta, pegó la oreja directamente sobre el estante y entonces lo oyó, clarito como si hubiese tenido puesto un Sonotone: “¡Putaaaaaaa…, putaaaaaa!”.
Como si de repente le hubiese hecho efecto un laxante, a la pobre le dio un apretón tan intenso que ni tiempo le dio de llegar al baño. Cuando se quiso dar cuenta, se había ensuciado las bragas, las piernas y las zapatillas, ¡nuevitas y recién estrenadas! Indecisa ante tamaña desventura, la cubana se quedó unos minutos encerrada en el lavabo hasta que, asfixiada por los vapores, finalmente optó por salir disparada hacia la cocina para contarle a su novio aquella experiencia sobrenatural. Cuando se apareció en la cocina, con las piernas combadas para no empeorar la situación y chorreando aguas por los cuatro costados, el hombre se echó las manos a la nariz para apaciguar el hedor a calamares fritos que había inundado todo el recinto. Tosió, amagó una arcada y le dijo:
—Pero, ¿qué te pasó, cariño?
—No sé, me dijeron puta.
—¿Eh? ¿Qué dices?, ¿quién te dijo puta? —y ya se estaba poniendo violeta de tanto aguantar la respiración.
—Tus soldaditos, los que están detrás de la maqueta de la iglesia de Teror.
—Mi vida, ¿cómo va a ser eso? Habrá sido de la calle. Ven, ven para acá…, o no, espera, ve a lavarte primero, que yo te preparo una menta poleo en un pis pas y me cuentas mejor.
Carmita no tuvo más remedio que hacerle caso y, con la cara desencajada —no se sabe si por la vergüenza o por lo que catalogó de desprecio por parte de su hombre—, enfiló para el baño de servicio, habida cuenta de que el principal estaba más que inutilizado. Cuando regresó, limpita y perfumada, y vestida como una nena de quince, se tomó la tila y, tras mucho batallar, finalmente, el hombre acabó convenciéndola de que aquello habría sido una trastada de algún chiquillo en la calle, que se dejara de preocupar. Ella le dijo que sí, que seguramente tenía razón, pero en su fuero interno sabía que el autoengaño no le duraría mucho. Y así fue. Al otro día, ni bien él salió para el trabajo, Carmita entró a la habitación de los soldaditos para coger una libreta. Temerosa de enfrentarse a una nueva experiencia paranormal, miró de soslayo hacia la estantería de “aquellos guarros” —así los había bautizado—, y, más rápido que consciente, revolvió dentro del cajón del escritorio hasta dar con lo que buscaba. Cuando estaba a un paso de la puerta, escuchó:
—¡Ey!, cubanita...
Pero esta vez, lejos de arredrarse —y lejos de volver a ensuciarse—, Carmita abrió los ojos de par en par, tomó coraje, respiró y se dio vuelta para ver cuál de aquellos energúmenos la había llamado. En eso que se aproximaba a la estantería, adivinó un minúsculo movimiento. Se acercó, frunció el ceño para afinar la vista y lo descubrió: era el que estaba detrás del abanderado, subido a un caballo y apuntando al infinito con una escopeta. Vaya uno a saber qué pensamiento se le cruzó a Carmita por la cabeza, pero decidió seguirle el juego, adivinando que detrás de tanta parafernalia digna de Cuarto Milenio, seguro que había chicha:
—Ah, ¡conque tú eres el graciosito, mi amol!
Al ver y oír a la cubana tan cerca, y al oler su perfumito de mariposa traviesa —eso lo habían pescado ni bien verla—, el batallón de partisanos se entusiasmó al unísono y se removió en sus salsas. El de la bandera, se puso a ondearla como si se estuvieran rindiendo; uno que apuntalaba un cañón, pegó tres gritos al cielo como si la cubana hubiera sido una aparición de la mismísima Virgen María y se puso a traquetear el armatoste para arriba y para abajo simulando disparar; el que estaba a la derecha del encabalgado, se puso a reptar como una pitón, al tiempo que, debido a la fiereza del revolcón, el casco que le coronaba la cabeza se le despegó y rodó derechito hacia el borde de la estantería; y así, cada uno fue poniendo su toque a esa tan peculiar coreografía, a excepción de uno, precisamente el que estaba encima del caballo y que había dado la voz cantante, que esta vez no dijo ni mu y se puso todo colorado y se quedó quietito como una lechuza.
Carmita, astuta como una zorra —y en esto no hay segundas—, aprovechó la debilidad del partisano de plomo y, ya envalentonada, lo cogió con una mano al mejor estilo King Kong con Jessica Lange. El soldadito se revolvió como queriendo escapar, pero la cubana apretó el puño para retenerlo. Él entendió el mensaje y se dejó llevar. Ella, que a todo esto ya se había armado una historieta de las suyas en la cabeza digna de una Blancanieves y sus siete enanitos en versión XXX, se puso a susurrarle cositas al oído. Y claro, por más de plomo que fuera, con tanta guarrería tropical, al soldadito se le subieron los calores y se puso a sudar. “Ya lo decía yo, que esta era una fresca”, dijo para sus adentros el partisano, imaginando el festival que se iban a pegar él y sus camaradas con la cubana. Pero al miliciano, la bravura le duraría lo que una lechuga al aire libre, porque con lo que no contaba era que aquella, más que fresca, era una verdadera bomba.
Dicho y hecho: aquella noche, como el teldense había venido del trabajo con una modorra que no se la quitaba ni Dios, en cuanto acabó de cenar y enfiló para el dormitorio y se puso a roncar, la cubana, que a esas alturas estaba haciendo el paripé simulando escribir un poema para un tal Manolito Díaz, se levantó de la silla como un resorte y se fue directo para la estantería:
—Hola, mi amol…, ¿qué tú haces? —le dijo al del caballo, y se pasó la lengua por los labios mientras le acariciaba la escopeta.
El encabalgado, tan atrevido que parecía, agachó la cabeza ante la audacia de Carmita y la miró de reojo, entusiasmado pero a la vez con cierto resquemor en el cuerpo, al ver cómo la caribeña le regalaba morritos y carantoñas que anunciaban la inminencia del tan ansiado festival:
—Pues aquí…, aquí estoy, bellezón —le contestó él, todo tembloroso, y le hizo señas a uno que estaba en la otra punta y que empuñaba una bayoneta para ver si lo sacaba del apuro.  
Y así estuvieron los unos y la otra durante más de media hora, obsequiándose halaguitos cargados de libido insatisfecha que pugnaba por un merecido consuelo. Hasta que la cubana no aguantó más tanta bobería, cogió a unos cuántos soldaditos con las manos y les dijo que ahora iban a saber lo que era la felicidad.
Para no entrar en pormenores, solo puedo decir que, aquella noche, los gritos y gemidos de la cubana se hicieron oír hasta la playa, donde está la mismísima estatua del Neptuno. Menos mal que el sueño del novio era pesado como un elefante, porque si no, quién sabe lo que habría pasado. El caso es que ella aprovechó los favores de Morfeo y se dio el lote como hacía años no se lo daba. Al de la bandera lo dejó con los brazos al revés, mirando uno para cada lado, y con la cabeza despegada. El del cañón, de más está decir que apenas participó, habida cuenta del tamaño del arma que portaba, cosa que a la cubana no le pasó desapercibida y, apenas la vio, dijo: “Esto, pa’ cá”, y se la encasquetó por donde ya uno se lo puede imaginar. Cuando le tocó el turno al que reptaba, en un primer momento, Carmita se estrujó los sesos; hasta que se le encendió la lamparita y se dio cuenta de que el mejor partido que le podía sacar era pidiéndole que le hiciera la viborita. Y, en verdad, hay que decir que fue digno de ver, aunque no de escuchar. ¡Con qué ahínco se aplicó aquel partisano!, entrando y saliendo, para arriba y para abajo, adentro y afuera y con la cadera para un lado y la cadera para el otro, al son de los grititos de Carmita que no paraba de decirle:
—Sigue con la viborita, sigue con la viborita, mi amol.
A todo esto, el dueño de casa seguía inmerso en las profundidades del letargo, durmiendo a pata suelta y soñando que su amada Carmita le pedía matrimonio a la vez que le juraba fidelidad absoluta. En fin, es lo que tienen las jugarretas del inconsciente.
Mientras el de la viborita acababa su faena y la cubana tomaba aire para recuperarse, el de la bayoneta se puso a zapatear. Y es que ver tanto jolgorio y no poder participar... Así que Carmita simuló hacerse la distraída para alargarle el suplicio, al tiempo que, para sus adentros, imaginaba la recompensa que le iba a dar —y “se” iba a dar— en cuanto lo cogiera. El hombre, corpulento como ninguno de los otros camaradas, siguió con el zapateo, cada vez con más bríos, cada vez con más ímpetu, hasta que la estantería pegó un cimbronazo, la bayoneta dejó escapar un estampido, algún que otro partisano disperso perdió el equilibrio y se cayó y, entonces sí, la cubana dejó de hacerse la sueca:
—Pero, ¿qué tú haces, mi amol? Que tu mamasita está acá… ¿Tú no sabes que el que ríe último, ríe mejor? —le dijo con sorna, y miró de reojo al del caballo.
Cuando el jinete —que a todas estas y a pesar de haber dado pie a aquella orgía castrense todavía no había probado las mieles de Carmita— escuchó lo que dijo la cubana, abrió los ojos como dos huevos duros y tembló de solo pensar que, al final, el listo de la bayoneta iba a ser realmente el último en “descargarla” y él se quedaría con las balas adentro. Carmita se percató de la zozobra del jinete y, al ver que no había cogido la ironía, se enterneció. Le guiño el ojo, le acarició la entrepierna, le susurró una palabrota al oído que le sacó una sonrisa timidona y, acto seguido, se hizo la loca, lo dio vuelta para que no mirara y empuñó al de la bayoneta.
A estas alturas, el fiestorro llevaba ya más de tres horas. Los vecinos no daban crédito a tanto alboroto y a punto estuvieron de tocarles el timbre y llamar a la municipal. Como si aquello fuera poco, los perros ladraban como si fuera la última vez, los bebés del barrio se retorcían en las cunas y ya ni lágrimas les quedaban de tanto llorar, los insomnes no sabían ya cómo hacer para no escuchar los gritos de Carmita, y los que apuraban la noche intentando hacer alguna travesura de madrugada despertando a quien tenían al lado, ni bien oír semejante concierto de alaridos, se quedaban petrificados con el juguete a medio despertar.
Lamentablemente, no tengo tiempo para extenderme y relatarles el espectáculo que dio el de la bayoneta. Solo puedo decirles que cuando la cubana probó las cucamonas de aquel hombrecillo, pensó que estaba en el paraíso y, para echarle sal al asunto, se hizo la desmayada. Él, iluso, se creyó la patraña, y como nunca había podido experimentar la fantasía de “la muertita”, le echó hombro al asunto y siguió un rato con la faena. Hasta que la cubana se cansó de estar quieta, pegó un par de gritos acumulados y se lo quitó de encima. Entonces sí, fue hasta la estantería, dio vuelta al del caballo, lo miró fijo y le dijo:
—Ahora sí. Te toca, mi amol.
Aquello fue el acabose. Tanto, que el novio se despertó. Se levantó sobresaltado, intentando situarse entre tanta jarana. Al rato, después de un par de bostezos, se dio cuenta de que el jolgorio venía de la habitación de los soldaditos. A duras penas, caminó hasta la puerta, la abrió, y cuando vio la que había montada ahí adentro, tuvo que dilucidar si estaba en su casa o en las mismísimas tierras de Sodoma y Gomorra.
Uno diría que ahora viene la parte en que él se encabrita, empieza a dar gritos y golpes a todo lo que encuentra, y saca a aquella pervertida de un empujón y la pone de patitas en la calle. Pues no. Pasmado ante el tenor del espectáculo, cerró la puerta, volvió a su habitación, se echó en la cama, cerró los ojos y ahí se quedó. Cuando Carmita lo fue a despertar al día siguiente como si nada hubiese pasado, el pobre hombre ya no respiraba y estaba más duro que un ladrillo. El informe del forense acabó por decir que murió de susto. A pesar de las leyendas populares, no existen muchos casos; pero que los hay, los hay, y este fue uno.

4
A Carmita, el luto le duró ocho días. Cuando el cura la vio en la parroquia y le dijo que ahora debía guardar la compostura y dar el ejemplo ante el Señor, a punto estuvo de soltar una risotada. De todas maneras, le hizo caso al sacerdote y, a duras penas, se abstuvo de compartir sus ardores con los soldaditos. Pero, como he dicho, la abstinencia le duró tan solo ocho días. Cuando aquella noche escuchó el relincho del caballo y el taconeo del de la bayoneta, mandó a tomar por culo al cura y a Dios y María Santísima y enfiló derechito hacia la habitación. Lo que sucedió ahí dentro, lo dejo a vuestra imaginación. Solo puedo decirles que ese jolgorio se repitió noche tras noche durante más de treinta años. A pesar de los intentos de la barriada de acabar con aquella pervertida, no hubo ni denuncia ni amenaza que pudiera frenar tanta lubricidad. Carmita siguió en sus trece, untándose el cuerpo con la miel de sus deslices, hasta que la vida hizo lo que tuvo que hacer, le tocó el turno de colgarse el cartelito de CERRADO sobre las grietas de sus arrugas —desgastadas ya de tanto desparpajo— y, entonces sí, el barrio, por fin descansó.

FIN
Fernando Adrian Mitolo ©
Septiembre de 2017



16 de junio de 2017

Lunar

Ejercicio literario sobre la creación de monólogos interiores, basado en la extrapolación de la estructura de nuestro propio pensamiento a la del personaje. 



«Mierda. ¿Y si es algo malo?. Puto lunar. Lunar. La luna, la luna. Blue moon on monday. Durán Durán, la gorda Le Bon. John, la cara de cartón. Nick, el que mejor está. ¿Y qué mira la vieja esa ahora? Y dale con la preguntita. ¿Qué carajo me importa a mí?, si estoy por morir. Ay no, ni decirlo. El lunar negro ya no está. ¿Y si al final era malo? Algo malo, tiene algo malo, algo malo, le encontraron algo malo. Fue por una pavadita y le encontraron algo malo. Esa frase, la odio, no la puedo escuchar y siempre la dicen. Le encontraron un tumor. Tumor. Putos médicos Esas frases, esas palabras que dicen, hasta las palabras son feas, como si pesaran en la cabeza. No lo sé, señora. Otra vez la preguntita. Ahora esta, como en la guagua. ¿Hace mucho que pasó la 33? ¿Qué se yo si pasó? ¿Y si pasó qué? ¡Ya pasó! Pah, ahora esa que tose, ¿por qué no se toman un jarabe? Como en el teatro, empieza y se ponen a toser. Una vez le chisté a  una. ¡Estefanía! ¿Por qué me chilla el otro? ¿por qué tengo que aguantar las toses? Están hechas mierda. Son diabéticas seguro. Mirá que gordas, tienen las piernas llenas de edemas. Violetas, como las de la madre de Zurita. Que mala era la vieja.  El Ronco, le decían el Ronco. Con el Arnaldito en la escalera boca abajo en la escalera. Hijos de puta, pobre chino. A la madre del Ronco le explotaban las venas y le saltaba la sangre a la pared, qué impresión, por favor. ¿Cómo puede pasar eso? ¿Qué le estará diciendo a la de adentro? No sé. No sé. Hacete reiki, hacete reiki. ¿Te hiciste reiki? ChoKuRei, SeiHeKi, HonShaSeShoNen, hacete los símbolos. Si, pero no, para qué. ¿Por qué no usas lo que sabés? Siempre lo mismo, siempre lo mismo. La cartera, mirá como la tengo puesta, parezco una monja. No aguanto más, quiero entrar. No, qué voy a querer. Me va a llamar. Estefania Rodíguez. Si soy yo. Pase. No, todavia no, la otra sigue adentro. ¿Qué carajo está haciendo? ¡Tanto tarda! A ver a mi en cuánto me despacha. Un lunar. Si cambia de forma o color tiene que hacérselo ver. Revisión, otra palabrita de mierda.  No tiene nada. Ahhh, qué alivio. Señorita, tiene que hacer quimio. Los vomitos, el pelo, la pelada. La pelada me van a decir, como a aquella del Centro. En la cama, muriendo, toda pálida y la boca seca. Raúl al lado, llorando en el borde, como Isabel y Fernando en la serie. Qué angustia, y cómo lloraba ese hombre. Era negro y redondo, granulado, o marrón. Crece. Si crece hay que extirparlo. Extirparlo. Hasta las palabras son feas. ¿Quién las inventó? ¡Cómo suena! ¡Extirparlo! Lo hacen adrede, gozan diciéndolas. Ya me lo sacaron, raíces adentro, agarradas a los demás órganos. Enredaderas, ensaladeras, heladeras. ¿Lo habran quitado todo? Todo o nada. La ruleta rusa. Tiene algo malo, lo suyo es malo. No, la puta madre. Estoy cagada en las patas. No sé qué pensar. Me meto aquí y no salgo. La señora, meta mirar. No señora, no se la hora de la que entró. ¿A qué hora tenía usted? No lo sé, métase en lo suyo, qué me importa a mi. Que ganas de contestarle así. Pelotuda. Me tendrán que dar la baja en el trabajo. No quiero faltar, me van a descontar, la tetona me a descontar. ¿Qué hago en casa todo el día tirada en la cama? Tiene que ser fuerte, si no, se le baja la autoestima y el cáncer le va a avanzar. Fuera, fuera. ¿Por qué no me las puedo quitar de la cabeza? Si no es nada…, o si, tiene algo malo… La puta que la pario, ¡ya tengo que entrar!».


FIN 
Junio de 2017 ©

2 de junio de 2017

La broma absurda - Promoción en Amazon

Hola amigos:


Para todos aquellos que, todavía, no se han sumergido en esta "Broma absurda", les cuento que, desde este lunes 5 y hasta el jueves 8 de junio, estará en promoción en Amazon y el formato ebokk les saldrá GRATIS!


Se agradece que puedan compartir...

Muchas gracias a todos.

Fernando Mitolo

26 de mayo de 2017

El día que nos arrebataron el barranco

Un pequeño ejercicio literario sobre el tratamiento del espacio -  Como describir a partir de la acción.



—Ya lo sé, Canela, ya lo sé —se lamentaba Pinito, sentada en su banqueta de esparto y con la cara pegada al vidrio de la ventana cerrada a cal y canto, mientras con sus manos, ajadas por la melancolía más que por la edad, acariciaba a su perra embalsamada—. Ya sé que soy una machacona, que todos los días repito lo mismo y que ya te tengo aburrida con mis agonías de siempre. Pero ¿qué le voy a hacer?, será culpa de esta maldita calima, que parece que no nos quiere abandonar y que lo único que sabe hacer es envolverme con su manto de tristeza. Una vez escuché por ahí que los que se niegan a soltar, al final, acaban arrastrados por aquello que pretenden retener. Igual sea eso lo que me pasa a mí.
»¿Ves a ese hombre? Sí, sí…, el calvo de gafas, ese que está fumando. Hace días que, todas las tardes, a esta misma hora, sale de la academia de aquí abajo con un grupito de otros como como él, cruza la carretera hacia el parque, se mete entre los coches que hay aparcados, se para ahí mismo donde está ahora, justo al ladito de ese banco de madera, y da comienzo a su ritual. ¿Qué te dije?, ¡ahí empieza!: mira a la derecha, mira a la izquieda, señala hacia aquí, ahora hacia los edificios de la otra calle, mira arriba, mira abajo, pone cara de circunstancia y, con un movimiento de su brazo, les muestra lo único que tienen los de enfrente: una docena de árboles que no le dan sombra ni a una hormiga, cuatro bancos de mala muerte, una maltrecha pista de asfalto con bríos de sendero, y ese parque, si a ese páramo de matojos se le puede llamar parque. Mira, mira, ¿tú crees que esos niños son felices como lo éramos nosotros, jugando sobre esa moqueta de gomaespuma a prueba de golpes, como si estuvieran dentro de una incubadora? Corretear por el barranco y lastimarse para volver a salir corriendo, eso era jugar, no esto.
 Míralo, míralo al calvo, ya verás, ahora seguirá hablando y hablando y fumando y…, ¿ves?, ¿no te lo dije? Mira, mira…, ahí se gira, dirige la vista nuevamente hacia este lado del barrio, el de los pobretones, como nos llaman desde el día que hicieron esta carretera del demonio, y señala nuestras fachadas. De seguro que les estará diciendo que se detengan en su tez multicolor, en los desconchones, en el tamaño de las ventanas, todas distintas, en nuestras ropas tendidas al viento y quién sabe cuántas cosas más, y que observen cuán diferentes son a LAS DE ENFRENTE, sí, con mayúsculas, con esas paredes limpitas y bien pintadas, tan vacías y sin apenas una mácula, y con esa luz escandinava que hay detrás de sus ventanas, tan aséptica y tan artificial como todo lo que metieron ahí.
»Ahora les tocará el turno a los hibiscos, ya verás…, ¡lo ves!, ¿qué te dije? Apuesto a que les estará diciendo que están mejor cuidados que aquel desierto al que esos ricachones llaman “jardines de la comunidad”, con ese césped sin cortar, y esas palmeras y tabaibas desahuciadas que parece como si estuvieran purgando las culpas por el pecado de habernos usurpado lo que era nuestro. A lo mejor también les hable de los locales que hay en nuestros bajos —cosas que ellos no tienen—, del almacén del edificio de al lado, de la academia donde él trabaja o de aquel que tiene el cartel de SE TRASPASA. Por no decir de la autoescuela, el estanco de Paco o la dulcería de Nuria, siempre abarrotada de niños y mujeres que entran y salen, hablan, gritan, ríen o pelean…, en pocas palabras, viven.
»Eso sí, de lo que no se tiene que olvidar es de decirles que aquí vive gente humilde y trabajadora, igual que en el inconfundible Pantera Rosa de la calle de arriba, ese mamotreto que no deja de hacernos sombra con su fama, mal que me pese. Aunque si te soy sincera, Canela, lo que en verdad me gustaría, es que ese hombre hiciera un poco de justicia y les contará la historia que yo te conté hace un rato. Sí, la misma que te cuento siempre, la de ese día en que llegaron las máquinas, nos arrebataron el barranco y nos dejaron aquí, del lado de los pobres.

FIN  
Fernando Mitolo © 

6 de mayo de 2017

La loca del faro


Le llamaban la loca del faro. Todas las tardes, cuando el sol empezaba a vestirse de noche, cogía a sus dos perros, se envolvía en una pañoleta multicolor y salía de la cuartería directo hacia la playa. Una vez en la calle, no había día que no se ensarzara en una de sus eternas peloteras con los niños del barrio, unos diablos más malos que el mismísimo demonio y que no tenían otra cosa mejor que hacer que, cuando la veían, molestarla tirándole piedras y cacas de perro secas. Salvo ellos, todos le temían; y no era para menos, las cosas como son, viendo la estampa que daba, caminando como si fuera una verdadera fiera enfurecida, gritándole a sus perros para que no se distrajeran —como si estos fueran a hacerle caso— y dispuesta a comerse crudo y sin adobo al primero que se le cruzara por el camino. Había que verla no más llegar al faro, agachada en cuatro patas y dando cabriolas en la punta del acantilado, con los pelos erizados como púas, y pateando y rebuznando sin parar hasta que el cielo, por fin, se cubría de negro y, solo entonces, llamaba a sus perros, cogía por donde había venido y todos contentos.
Quienes la conocieron en épocas de bonanza, cuando todavía trabajaba de periodista en aquella editorial de mala muerte, dicen que todo empezó tras una trifulca con su jefe durante un evento estudiantil. Al parecer, el hombre no tuvo mejor idea que, al tiempo que se mesaba sus bigotes de morsa mientras hablaba sin parar —manía que había cogido y que ejecutaba cada vez que tenía que lanzar alguna de sus insensatas órdenes a sus empleados— intentar dejarla con el culo al aire endilgándole un discurso; discurso que, por cierto, tenía que dar él y del que la otra no tenía ni noticia. Lo primero que hizo esta fue negarse en rotundo, alegando que aquello era una locura. El bigotudo arremetió y le dijo que no había excusa, que lo tenía que decir igual. De modo que esta, ni corta ni perezosa y como si lo tuviera preparado de casa, se puso blanca como un papel, echó los ojos para atrás como una posesa y se puso a jadear en medio del salón. No tardó ni diez segundos que, para rematarla, se tiró al suelo de bruces y empezó a llorar a moco tendido. Para no alargarla, el caso es que tuvieron que llamar a los servicios de urgencia y acabó en la guardia del hospital; eso sí, en el trayecto, al ver al paramédico que le había tocado en suerte —un morenazo fortachón que no paraba de hablarle mientras le toqueteaba la mano—, se le fue yendo el diablo del cuerpo y, al llegar al nosocomio, ya casi como una seda, no estuvo ni quince minutos que el médico de guardia no tuvo más remedio que fletarla para su casa.
Lamentablemente, la cosa no acabó ahí y, quien sabe si por haberle tomado el gusto o porque los astros decidieron darle la espalda, Melita, así se llamaba, empezó a poner en práctica aquel irritante número circense cada vez que las cosas se le ponían difíciles. Así, hasta que la cabeza acabó por abandonarla del todo, dicen, tras una indigestión por un atracón de frijoles en mal estado que se pegó después de una gresca con un vecino más raro que ella, si cabe, al que apodaban Tutan-Ramón. Según una chismosa de la barriada que tenía ojos donde uno menos se lo podía imaginar, el susodicho la habría estado acosando durante varios días con su cámara de fotos camuflado tras un matorral. En una de sus escaramuzas, mientras Melita ultimaba una de sus exhibiciones en la puerta de un supermercado —la cajera le había querido cobrar dos veces unas pechuguitas de pollo congeladas—, lo vio reflejado en el cristal del escaparate. De repente, se paró en seco, se tragó los lagrimones como si fueran caramelos y enfiló hacia el arbusto con los ojos desorbitados y dando carterazos a diestro y siniestro, no importaba a quien le diera. El otro, con la cámara de fotos a medio preparar, salió disparado hacia la avenida y, en menos de dos segundos, nadie más le vio el pelo —expresión poco lograda, por cierto, dado que el hombre era calvo.
De ser así —lo del atracón de frijoles y la indigestión—, bastante tardó en caer la pobre, habida cuenta de que, según decía, la cocina no era para ella y, día sí y día también, apuraba el calderito de lata sobre el fuego del camping gas y, una vez listo el potaje, no paraba de engullir hasta que no desaparecía el último pellizco de aquella insulsa legumbre. Mentira o verdad, verdad o mentira, el caso es que, con los años, Melita, esa ingenua samaritana venida del caribe, acabó perfeccionando sus espectáculos. Al principio, el único motivo que encontraba no era más que su propio aburrimiento; un hastío que ni ella entendía y que hasta sus perros detestaban. Pero luego, poco a poco, al aburrimiento se le sumaron los dolores de huesos, su jaqueca pertinaz, la sed cada vez más ardiente de tener un buen hombre entre sus piernas, la nostalgia de su Cuba querida… y vaya uno a saber cuántas cosas más. El caso es que sus numeritos, antaño reservados a situaciones puntuales, comenzaron a colonizar las veinticuatro horas del día, y tanto si era de mañana, tarde, noche o madrugada, empezó a extender sus habilidades por todos los rincones del barrio. A menos que uno se pusiera algodones en los oídos, de la alharaca que armaba, no había cristiano que pegara ojo. Dicen las malas lenguas que, cuando le daba el arrebato, sus gritos se oían a veinte manzanas a la redonda; eran tan estridentes que más de uno, zumbado como estaba por el efecto del sueño, salió disparado hasta la puerta para ver dónde era el incendio al confundírselos con la sirena de los bomberos.
Sin embargo, los gritos eran solo una parte del verdadero espectáculo. Lo peor venía después, cuando el subidón comenzaba a decaer y, de buenas a primeras, se arrastraba por el suelo, se echaba boca arriba y, con las manos aferradas al pecho, se ponía a jadear como una meretriz en celo y, balbuceando como podía, empezaba a rezarle a santa Rita para que no la dejara morir, mientras sus perros, uno de un lado y la otra del otro, le ensalivaban la cara a lengüetazos. En esa época fue cuando se le dio por montar la escenita en el faro. Decía que aquello la relajaba. En fin. El caso es que, no se sabe bien cómo, pero un día, en una de esas escapadas, en medio de su particular puesta en escena, de repente se topó con un pobre diablo vestido de traje y corbata, pelo engominado y zapatos de charol morados, que estaba a punto de tirarse al mar desde las rocas. Al parecer, según le dijo luego, el buen hombre había atropellado a una paloma con el coche, y fue tanta la desazón que aquello le provocó que, decía, no encontraba otra salida más que el suicidio. Finalmente, ni suicidio ni nada. Esa tarde, vaya uno a saber qué tecla le tocó aquel hombre a Melita que, ahí nomás, se le acabaron todas las boberías. Y no por lo que uno podría pensar, que también, sino porque el falso suicida acabó siendo un magnate rumano de la industria circense que, apenas vio las dotes de Melita para el espectáculo, no dio puntada sin hilo y, después de satisfacer sus ardores, le ofreció un contrato para trabajar en una de sus carpas. Esta lo aceptó sin dudar, y aquella fue la mejor decisión que pudo haber tomado en toda su vida. De periodista a loca del faro, Melita, sin siquiera imaginarlo y sin apenas darse cuenta, acabó convertida en una estrella circense sin parangón. Sus ansiedades jamás desaparecieron, por supuesto, y sus arrebatos tampoco. La diferencia era que ahora, como ella decía, al menos la gente pagaba para verlos y, de paso, ella se desahogaba.

FIN
Fernando Mitolo ©
Mayo de 2017

11 de abril de 2017

Al fin, mi primera novela autopublicada

Después de muchos años de jugar con las letras y las palabras, finalmente, he decidido dar el paso y "pasar al público" uno de mis trabajos. Sé que algunos de ustedes han estado siguiendo las desventuras de la peculiar Rogelia, que en ocasiones he ido compartiendo aquí, en el blog, y en mi página de FB. Pues bien, creo que se merecía algo más y por eso decidí homenajearla con esta presentación en sociedad. 

"La broma absurda", así la he llamado, es un texto que, como dije en una ocasión, surgió de un relato breve que llevaba ese nombre y que, sin casi darme cuenta, gracias a las locuras de la susodicha, fue creciendo hasta convertirse en una novela corta. Curiosamente, no se trata de la primera que he escrito, sino de la última. Algunos se preguntarán el porqué, yo mismo lo hago, pero el caso es que ni siquiera yo lo sé. 

De momento, la novela está en Amazon en tres formatos disponibles: 

* Versión Kindle (ebook)
* Versión papel en KDP
* Versión papel en Create Space (aquí tardará unos días en estar disponible)

En este "enlace" pueden ver los tres formatos.

De modo que, si tuviera que expresar con una sola palabra lo que me provoca el verla "colgada" en la red, esa palabra no es otra que "ilusión". Y no por una cuestión monetaria, eso está claro, sino por el simple hecho de que la gente me lea. 

Así que, amigos, solo me queda pedirles una cosa: simplemente un "clic" en el siguiente enlace, y "compartir". Por lo demás, si aparte les apetece leerla, el agradecimiento será doble. 


 
Gracias a todos
Fernando Mitolo

21 de marzo de 2017

Pecados mortales


Si hay una frase de mi difunto padre que quedó grabada en mi memoria como un lastre, es aquella con la que cada noche martilleaba los sesos de mi madre, de forma cansina y como si en ello se le fuera la vida, y que yo, con la oreja pegada a un vaso de yogur apoyado sobre la pared que separaba nuestros dormitorios, escuchaba a modo de diversión antes de que el sueño finalmente me venciera. Me encantaba oír su retahíla quejumbrosa. Recuerdo que la repetía a modo de ritual, con la falsa ilusión de que haciendo eso, por el mero hecho de machacarlo una y otra vez, encontraría la solución a sus agobios —los reales y los imaginados—, que en verdad no eran pocos. “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, le decía a mi madre en cuanto se metía en la cama, con el sonido metálico de los violines de Radio Clásica de fondo —nunca entendí por qué no se compraba una radio como la gente si tanto le gustaba esa música—, y ahí empezaba el festival. Porque ahí no quedaba la cosa, sino que ese era el pistoletazo de salida para que mi madre le respondiera como una autómata con su inservible rosario de palabras sacadas de sus lecturas de autoayuda, esas con las que a mí también me castigaba cuando se daba la ocasión, y que lo único que sacaban de bueno era que mi padre insistiera con su frase con más ahínco todavía, mis risotadas aumentaran hasta el punto de dolerme las costillas y que, como era de esperar, mi padre acabara durmiéndose derrotado por la indiferencia soterrada de mi madre y el sopor que le producía tanta palabrería. 
Y no es por desestimar el valor de sus peroratas —las de mi madre, quiero decir—, o por no reconocer que aquella sarta de palabrejas sin sentido eran realmente para alquilar balcones —que lo eran, sí, se los puedo asegurar—, pero repito: lo mejor de todo aquello, el verdadero motivo de tan perverso cotilleo y tanta carcajada a viva voz, era escuchar la frase de mi padre: “No veo la luz, Coquita, con esto no veo la luz”, pronunciada una y mil veces hasta el cansancio, con voz trémula y cada vez más apagada, y sin otro resultado que el de nuestro cruel desparpajo. Pero claro, cómo iba a imaginar yo en esa época teñida de inocencia que aquella frase que tantas risotadas me arrancó y que dio rienda suelta a mis más acalorados jolgorios, acabaría con los años convirtiéndose en el peor de mis castigos. Pues sí, porque como si de una verdadera condena perpetua se tratase, el suplicio en el que estoy hundido desde hace dos décadas, no es más que la pena con la que, quizás, algún día, acabe redimiendo mi pecado; un pecado que no es otro que el haber hecho yunta con mi madre para burlar la palabra de mi padre, un pecado mortal en toda regla y que, como tal, no podía quedar impune.
Todo comenzó la noche del veintitrés de octubre, hace hoy exactamente veinte años, cuando se me ocurrió emular, esta vez en serio, aquella resabida frase de mi padre delante de mi esposa. Es verdad que las circunstancias me jugaron en contra —o al menos eso quise creer durante mucho tiempo, ya que eso me absolvía de toda responsabilidad—. El caso es que por aquella época yo estaba sumido en un verdadero caos, en todos los sentidos: mi trabajo era un caos, la relación con la gente que me rodeaba era un caos, mi mente era un caos, todo en mí era un caos. Esa noche, ni bien mi esposa y yo nos acostamos, con el niño ya dormido y con la tranquilidad y el sosiego que nos transmitía el adagietto de la 5ª sinfonía de Mahler que sonaba en Radio Clásica —eso sí, con un sonido no tan latoso como aquella vieja radio de mi padre—, de pronto, tuve la imperiosa necesidad de proferir la eterna frase de mi padre. Pero, como he dicho, esta vez, a diferencia de otras tantas, no lo hice para bromear a su costa o para hacer gala de sus desvaríos nocturnos, sino porque realmente así lo sentía. Me envolvió una intensa sensación de déjà vu: mi esposa y yo en la cama, el niño al otro lado de la pared —¿quizás escuchándonos?—, la radio, mi devaneo mental. “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, recuerdo que le dije, atosigado por aquella jauría que corría desatada dentro de mi cabeza. Y ese fue mi gran error. Julieta no era mi madre y, muy por el contrario, al ver que aquello iba en serio, se dispuso a escucharme. 
Recuerdo que dejó el libro que estaba leyendo sobre su regazo —que, por cierto, no era de autoayuda—, se giró hacia mí, me tomó de las manos y me pidió que me sincerara y le contara lo que me estaba ocurriendo, que ya hacía varias semanas que notaba que algo no iba bien. Por unos segundos dudé; pero al fin, así lo hice. Una tras otra, le confesé todas y cada una de mis tribulaciones, mis temores y mis miedos más horribles, esos de los que nunca le había hablado y que no cejaban en el intento de manipularme; le detallé mis extrañas sensaciones corporales, mis obsesiones con los cables, y lo más vergonzoso, al menos para mí, le conté lo de las voces que me atosigaban cada día, a toda hora y en todo lugar, y que me dejaban exhausto hasta el punto de querer morirme. Y en medio de cada frase, las palabras de mi padre, como si fuera él mismo quien hablaba en mí: “No veo la luz, Julieta, con esto no veo la luz”, le repetía, una y mil veces. Julieta me escuchó como nunca nadie lo había hecho; ya hubiese querido mi padre que mi madre lo hubiera escuchado de esa forma, o al menos con el mismo respeto.
Al cabo de casi una hora, yo dejé de hablar. Me sentía vacío, como si me hubiese quitado de encima el peso de un gigante. Julieta se removió en la cama, se acomodó su camisón y, entonces, rompió su silencio. Con la cara cubierta de lágrimas, las manos temblorosas y una sonrisa que denotaba lo mucho que me amaba, me dijo:
—Sé que con esto corro el riesgo de perderte, pero no podría vivir en paz si, por ese vil egoísmo, te privara de la posibilidad de ver la luz.
—¿A qué te refieres? —le pregunté yo, algo confuso.
Fue entonces cuando me dijo lo que, según ella, debía hacer para encontrar lo que buscaba; lo que no sabía, claro está, era que no sólo estaba a punto de perderme para siempre sino que, con su sentencia, acababa de enviarme al mismísimo infierno.
Por eso, maldigo el momento en el que decidí dar el paso y meterme por los cables de la luz. Porque aquí estoy, atrapado hace veinte años en medio de este gigantesco laberinto sin salida, que no es otro que la red eléctrica del Palacio de Correos, lugar en el que por entonces trabajaba; un enrevesado e infinito manojo de cables y caños oxidados por el que me interné, a escondidas y al abrigo de curiosos que pudieran delatarme y echar al traste mi empresa, para ver si, por fin, veía la luz. Y la vi, claro que la vi, pero no fue lo que esperaba. Es imposible hacerse una idea del horror en el que vivo. Solo puedo decirles que, después de tantos años sometido a este entorno tan hostil, en el que a cada segundo se producen a mi lado miles y miles de descargas eléctricas con destellos y fulgores inenarrables, el castigo se me hace cada vez más insoportable. Sé que no me queda mucho tiempo; la ceguera avanza a pasos agigantados y las pocas fuerzas que me quedan ya no me dejan ni siquiera esquivar las esquirlas. Por lo pronto, solo me resta rezar, rogar a Dios que la espera no sea demasiado larga y que, finalmente, el pecado por haber burlado la palabra de mi padre me sea redimido.

FIN

Fernando Mitolo ©  
Marzo de 2017

8 de febrero de 2017

La maldición de Tutan-Ramón


      
Cuando el gran reloj de arena que había sobre el estante de mármol de Carrara agotó su áspero contenido, el Faraón dejó atrás su imaginería meditativa, se levantó del suelo, acomodó el pliegue que su cuerpo había dejado sobre la alfombra, se restregó los ojos cubiertos de lágrimas y se dirigió a darle la vuelta para que el fino polvo comenzara una nueva carrera contra el tiempo; así, una y otra vez, ese era el ritual que acompañaba sus horas de aburrimiento. Pero no era el único. Ya de pequeño, atormentado siempre por extraños pensamientos y obsesiones que ni él mismo se explicaba, se atrincheraba bajo una extensa capa de liturgias y manías hasta el punto convertirlas en su tabla de salvación para enfrentarse a los rigores que le imponía el mero hecho de vivir.
Una de sus favoritas era la de repetir series de números y jeroglíficos mentalmente, alternados de manera sistemática y para luego escribirlos con la punta de una rama de abeto sobre una tabla cubierta de harina de centeno, en el mismo orden en el que se los había recitado y todo de un tirón. Decía que con eso entrenaba su memoria y que si lo hacía como realmente debía, esto es, cada seis horas desde las seis de la mañana y hasta las doce de la noche, se salvaría del castigo de Osiris, aquel que, según él, había caído sobre su abuela materna por culpa de su obstinado desorden.
Antes de que dieran comienzo los ritos de las doce del mediodía y de las seis de la tarde, sus vasallos debían tenerle preparados un tazón de caldo de berros y un plato mediano, nunca grande, de arroz blanco sin condimentar. Todo tenía que tener su justa medida: treinta y tres hojas de berros frescos para el caldo y doscientos veintisiete granos de arroz para la guarnición; ni más, ni menos. De beber, un vaso de agua fresca recién sacada de la fuente del Tenerife, un valle cercano a la Gran Pirámide de Arinaga, su pueblo natal, ese del que nunca salió y en el que, a día de hoy, se dice, descansan sus cenizas. Cuando ya todo estaba dispuesto, ordenaba a sus siervos que lo dejaran a solas, que cerraran a cal y canto las puertas de su alcoba, y les advertía que no se les ocurriera abrirlas por nada del mundo, ni siquiera si se despertaba el Siroco, hasta que él no diera por cumplido su ritual. Una vez estos se retiraban, entonces se sentaba en loto sobre la alfombra de rafia que cubría el centro del habitáculo y comenzaba la liturgia: colocaba la taza de caldo en un ángulo de cuarenta y cinco grados y a dos palmos de su rodilla izquierda; luego cogía el plato de arroz y lo colocaba de igual modo pero del lado de su rodilla derecha; y por último el vaso de agua, exactamente al frente y en línea recta con su nariz de bull terrier, y a trece pulgadas desde la punta de sus pies. Solo entonces, comenzaba a orar para recibir, por fin, la bendición de su dios protector. Para ello, elegía la “Letanía de Ra”; aunque eso, a la vista de las circunstancias, tenía truco.
Según los restos de un papiro encontrados en la tumba de un noble con aires de monarca, el texto que él recitaba no sería el texto original de la plegaria. Al parecer, una noche, habiéndose bebido un brebaje de hierba huerto y leche de cabra recetado por una sacerdotisa de la que recibía favores carnales dos veces a la semana —las malas lenguas dicen que aquello era un potaje para enamorarlo—,Tutan-Ramón tuvo un arrebato y, desafiando al mismísimo Ra, ordenó a un sirviente con dotes de escriba que trabajaba a su servicio —a quien años más tarde mandó a emparedar por haberse equivocado y haberle puesto quince granos de más en la medida del arroz— a reformar el texto de la letanía a su medida, ya que, según aseveraba, él sería el sucesor de Ra: “¡No ven que soy Tutan-Ra-Món!, ¡Ra-Mon, ¡Ra-Mon!”, gritaba. Y el escriba así lo hizo. Lo que Tutan-Ramón no sabía era que, con esa osadía, acababa de firmar su propia sentencia de muerte.
Pues bien, así las cosas, el resultado de aquella prepotencia, no fue más que un verdadero remedo:

Tutan-Tutan, Tutan-Ramón
Tutan Tutan, Tutan-Ramón
¡Alabanza a tí, Ra!
¡Alabanza a tí, Ra!
Poder Supremo, Poder Supremo
Tutan-Tutan, Tutan-Ramón

Y así la recitaba, con voz trémula y con el ojo derecho puesto en blanco, como si en ello se le fuera la vida, porque así y solo así, aseguraba, recibiría el efecto de la bendición divina.
Quienes alguna vez lo vieron, por supuesto que so pena de ser descubiertos y por ende ajusticiados, una vez en trance, la repetía tres veces: la primera del derecho, la segunda del revés —nadie entendía de dónde había aprendido semejante habilidad— y la última otra vez del derecho. Sólo entonces, se disponía a comer: una cucharada de caldo y una de arroz, una cucharada de caldo y otra de arroz, hasta acabarlo todo, para luego beberse el agua de un solo sorbo ya que, según decía, si no lo hacía de ese modo, le crecerían veinte pelos de color violeta alrededor de cada una de las orejas. Y es aquí donde, según los historiadores, la historia del Faraón de Arinaga acabó torciéndose del todo. Haciendo caso a una leyenda que de leyenda poco tiene, se sabe que, gracias a su tenacidad con sus rituales, Tutan-Ramón habría logrado eludir aquella maldición capilar y otras tantas que lo amenazaban día a día. Sin embargo, de la que no se salvó fue de la maldición de Ra.
Le llegó bajo la forma de una mujer. Un día, mientras se afanaba en cumplir con uno de sus rituales matutinos que consistía nada más ni nada menos que en darle brillo a su pertinaz calva con un trapo de algodón embebido en betún hecho a base de grasa de oveja, escuchó un silbido que venía de detrás de un ventanuco. Sorprendido por la dulzura de aquel sonido, dejó el trapo encima de un sillón, se dirigió hacia la ventana y entonces la vio. Era rubia, delgada y modosita, y con unos morros del color de las frambuesas que, dispuestos a seducir al Faraón, no dudaron en mostrarle su peor veneno. Sólo le hizo falta una mueca y este, ante semejante provocación, cayó rendido a sus pies. Con la faena de su calva a medio terminar, pegó un salto a través del alféizar y, envalentonado, fue directo a su encuentro. Pero la susodicha, cubana de nacimiento aunque blanca y rubita como el mismísimo azúcar, no iba sola; llevaba consigo a su guardia personal: una gallina bataraza atada a una correa de esparto y un papagayo desplumado que reposaba sobre su cabeza, animalejos que no dudaron en echársele encima al monarca en cuanto vieron amenazada la seguridad de su dueña:
—¡Sooooooo, guajiros! —les regañó la cubana, preocupada por si sus guardianes le echaban la fiesta a perder.
El Faraón, asustado, ensayó un singular aspaviento con los brazos y reculó. La blonda, ajena a ese rasgo de debilidad, solo prestó ojos para otra cosa:
—¡Ño! —dijo para sus adentros—, ¡menudo cuerpazo!
Y, excitada ante tamaña anatomía, a la vez que sosegaba a sus fieras, se abalanzó sobre la calva del soberano y comenzó a chupetearla como si aquello fuera una piruleta de mamey. El caso es que, tras cuatro lengüetazos, se dio cuenta de que en vez de mamey aquella calva embetunada parecía un cóctel de regaliz:
—¡Puaj!, ¡puaj! —espetó la forastera venida del trópico, y se puso a echar escupitajos a diestro y siniestro, maldiciendo a todo dios por el amargor que se le había metido en la boca.
Al verla como se había puesto, el Faraón comenzó a balbucear y no tuvo mejor idea que empezar a atosigarla con halagos, no sin cierta exageración, para ver si así se le pasaba el enojo. Pero la cubana seguía en sus trece, de modo que, tirando de la correa que sostenía el cogote de la gallina y pegando un berrido que no hizo menos que hacer saltar por los aires las pocas plumas que le quedaban al papagayo, arrió con vehemencia a esos dos pobres bichos con ínfulas de gendarme y, sin pensarlo, se esfumó sin dejar rastro por donde había venido.
El Faraón, atónito ante semejante desparramo de furia y enormemente frustrado por ver escapar de sus manos ese pedazo de dulce sin apenas haberlo probado, no pudo menos que aceptar la derrota y, una vez más, como tantas otras veces, volvió con el rabo entre las piernas, se encerró nuevamente en su ego y se dispuso a saciar sus bajos ardores a costa de sus rituales. Lo que no sabía, era que la ira de aquella caribeña no se había quedado ahí. Esa misma noche, movida por el profundo asco que le había producido el betún —de hecho, seguía con ese regusto a regaliz en la lengua—, se encomendó a su pasado abakuá, cogió nueve hojas de salvia, las envolvió dentro de un trozo de papel con el nombre del Faraón escrito en tinta china y, acompañada de la gallina y el papagayo, se fue para el cementerio. Una vez allí, buscó una tumba abandonada, colocó el papel con las hojas de salvia sobre la tierra, se puso en cuclillas y, conjurando al Barón Sandí, cagó encima del paquetito y luego lo enterró. El efecto fue inmediato: apenas si le dio tiempo de llegar a su cabaña, airosa y satisfecha y con el paladar libre de todo amargor, que el majestuoso Tutan-Ramón, aquel que se había atrevido a desafiar al mismísimo Ra, tuvo que hacer a un lado su caldo de berros al ver que tras un sonoro eructo, comenzaba a salirle por la boca una enorme plasta de excrementos.

FIN