11 de diciembre de 2017

El investigador y el chamán

Este texto, hoy reescrito, lo escribí hace muchos años . De aquí surgieron, luego, la idea y las líneas de la novela que estoy escribiendo actualmente: Möebius - El misterio de las Cuevas de Orphëik.


¿Cuál es el origen de una historia, compuesta de otras historias que circulan al unísono por los rieles de una misma cinta de Möebius?, ¿cuál es su fin? Tal vez no exista un principio y un fin, si no que todo puede ser, a la vez, principio y fin, derecho y revés.


  
1 ó 2

… entretanto, en un tiempo aún inédito en un lugar inhabitable, tres hombres vestidos de blanco ultiman los detalles de una antigua persecución.

—¿Lo tienes ya? —pregunta uno, impaciente.

—Sí. Ya está localizado —contesta el joven.

—¿Dónde?, ¿Dónde está? —interroga otro.

—Al sur de Baltestat, en un pueblo llamado Druhll.

—Buen trabajo. A por él entonces; si nos damos prisa, llegaremos a tiempo.

Y, sin más, encendieron el motor de la furgoneta y salieron en su búsqueda.

Ördales Riski lo sabía. Los sentía detrás de sus espaldas desde hacía más de quince años, exactamente desde el día en que comenzó las investigaciones para la creación del semen eternamente fértil. Varias veces estuvieron a punto de dar con su paradero, pero su exacerbada suspicacia lo llevó a recluirse en aquel laboratorio en medio de la nada. Sin embargo, esa noche, uno de los técnicos en telecomunicaciones dio con las coordenadas exactas del lugar en el que se encontraba.

En el preciso instante en que los tres mandatarios del gobierno lograban ubicar su paradero en el satélite, Riski se encontraba dentro del lavabo en circunstancias de científica intimidad. Al acabar, vertió sus fluidos vitales dentro del receptáculo transparente, cerró la tapa hermética del frasco y lo colocó en la gradilla junto con los reactivos. Media hora más tarde, daría con la fórmula final para la creación del semen eterno.

Fue en ese instante en el que, de pronto, un extraño bisbiseo hizo que girara la cabeza en dirección a la puerta. Temeroso y acosado por los fantasmas gubernamentales, asomó su cara por el quicio desde donde se llegaba a divisar, sobre un espejo, una de las ventanas que daba al laboratorio. Y ahí los vio: tres hombres simétricamente estampados sobre el cristal, vestidos de aséptico blanco, el pelo engominado y con el mismo aspecto amenazador de siempre:

—¡Déjenme en paz! —gritó, y salió corriendo a toda prisa y fue directamente a comprobar si había puesto los tres cierres de seguridad en las puertas y ventanas. 
El corazón redoblaba frenético sobre las paredes de su tórax cuando, de repente, por el rabillo del ojo, vio cómo las siluetas de sus tres perseguidores se diluían como el humo y se transformaban en la de un mago de aspecto ancestral que lo miraba fijamente. Riski se inquietó aún más y, presa del terror ante lo ominoso de aquella figura, cayó al suelo, inconsciente.

Al despertar, miró su reloj y advirtió que habían pasado tan sólo un par de segundos. En una de sus manos sostenía el frasco con el ansiado descubrimiento; en la otra, un pequeño papel arrugado en el que figuraban tres palabras: uhmbe akatea turé. Movido por la curiosidad, sus labios articularon los inauditos vocablos y, súbitamente, desapareció.

¿FIN?



2 ó 1

...entretanto, en un lugar escondido y en un tiempo extinguido hace siglos, el chamán de una tribu de indígenas acosado por el delirio, soñaba el sueño que cambiaría las reglas de la realidad.

Se dice que un día, en la plenitud de su vida, la voz de La Vejez le vaticinó que volvería a por él, que le arrebataría la fecunda razón de su poderío y que, por la ley de sus antepasados, debería dejar su magia en manos de aquel que se nombrara sucesor. El hechicero, ciego de ambición y obsesionado con la continuidad de sus facultades, realizó un oscuro sortilegio para adelantarse a semejante presagio y evitar así la proximidad de su decadencia.

Por eso, pidió a los dioses que le revelaran el secreto para conseguir la eterna fertilidad de su semen, elemento con el cual curaba toda clase de afecciones, prevenía enfermedades y exorcizaba a los fantasmas que acosaban a su tribu. Y los dioses, encandilados por su maña embustera, le regalaron un sueño.

Soñó que viajaba hasta una casa, en un tiempo aún inédito y en un lugar inhabitable. Allí se encontraba con un hombre de extraña apariencia y tirado en el suelo. De inmediato, entraba en su mente y hurgaba en sus pensamientos. Y ahí estaba: cincelada en los pliegues de su cerebro, la clave única para la creación de la eterna semilla. Borracho de satisfacción, comenzaba a impregnarla en su propia conciencia. A cambio, luego grabó en la del científico las tres palabras mágicas, dándole así, a modo de agradecimiento a quien fuera su inconsciente mecenas, el tan ansiado privilegio de la huída. 

¿FIN?



Fernando Adrian Mitolo

Reescrito en diciembre de 2017


29 de noviembre de 2017

Zorita y el poeta


Para mi amiga B.R.B.



1

Nunca nadie hubiera imaginado que aquel hombre, tan hecho y derecho, recto y correcto por donde se mirara, bienhablado como pocos y tan dispuesto siempre a engalanar las veladas con sus letras de terciopelo —y, también hay que decirlo, con alguna que otra cabezadita—, iba a mostrar las hilachas de una forma tan astuta. La que menos, Zoraida, Zorita para los amigos, que en cuanto lo vio aquella tarde de mayo paseando por el Paseo de Las Canteras, con su puro entre los dedos, envuelto en una nebulosa de humo y chapurreando para sus adentros y sus afueras unas rimas de Bécquer, pensó: “¡Ño…, mira el viejito, parece interesante!”, y, ahí nomás, en un pis pas, arrimó el bochín para ver qué podía rascar.

—Usted perdone, caballero —le dijo, y, de pronto, se atragantó, asfixiada por culpa de una voluta de humo que se le había metido por la boca justo cuando iba a empezar a hablar.

—¿Estás bien, mi niña? Espera, espera que apago este cacharro —le dijo el hombre, y, con cierto resquemor y una pizca de mala hostia, empezó a mirar para todos lados para ver dónde había un cenicero en el que deshacerse de aquel canuto que no hacía ni dos segundos que acababa de encender.

—¡No!, ¡qué va, por favor! si es que la atrevida he sido yo, que de pura enterada me le abalancé como las moscas a la miel —y, como siempre que tenía cerquita a un hombre entrado en edades, no pudo evitar montarse en su cabeza un teatrillo con un par de escenitas subidas de tono; era un vicio que tenía—. Le decía —y afinó un último carraspeo—, y usted me va a disculpar, pero es que estaba allí sentadita bebiendo un refresco cuando, de repente, oí semejante preciosura literaria y ya no pude evitar escuchar. Bécquer, ¿no es cierto?

—Pues sí, mi niña, ¡muy bien!, Bécquer, ni más ni menos. Es que tengo que comentar un librito de rimas, un capricho que me está por sacar el Bigotes, un amigo de una editorial, y estaba practicando para ponerme en situación, que si no después me dice que le falta emoción al prólogo.

—Ah, mire qué bien…, aplicadito me ha salido el hombre —y, picarona, le guiñó un ojo.

El vejete puso cara de circunstancia, entre halagado e incómodo, ante el desparpajo de Zorita. Pero esta ni siquiera acusó recibo. Y no solo eso, sino que afiló aún más la punta de la bayoneta y, como si lo conociera de toda la vida, le soltó:

—Venga, guapetón, lo invito a una copa, un vinito, que con lo linda que está la tarde, esas palabras se merecen una oreja —y volvió a guiñarle un ojo, pero ahora el otro.

El poeta, un poco descolocado, no pudo menos que aceptar el envite. Y no vaya uno a pensar que por albergar quién sabe qué baja pasión; no, no, el hombre ya no estaba para esos trotes. Aceptó por no faltar a su cortesía. De modo que, en cuanto Zorita lo vio enfilar hacia la mesa, ensayó mentalmente un frotis de manos y consideró como ganado el primer round.


2

Aquella tarde, aprovechando la lengua suelta del dramaturgo, Zorita hizo que este le contara su vida y obra desde que salió de Cuba, su paso por Rusia, sus incursiones diplomáticas por la llanura belga y hasta alguna que otra infidencia romántica, que vaya si las tenía. Entusiasmada con la verborrea de aquel hombre, a cada anécdota que este le contaba, Zorita le ponía un nuevo ladrillo a su mundo de fantasía. Hasta que, listo el escenario y desalada por salir a escena, echó mano de su imaginación, se armó la historieta del literato rico y, de pronto, como si fuera una iluminada, se autoproclamó como la nueva María Kodama. Ni corta ni perezosa, se quedó con que el hombre tenía la rutina de salir todas las tardes a dar un paseo por el malecón grancanario, desde su pisito en La Isleta hasta la Cícer. Desde ese día, no cejó en el empeño de verse con el poeta. Ni bien salía del trabajo —por si no lo hemos dicho, era vendedora de soldaditos de plomo en una tienda de mala muerte, un zulo en pleno barrio de Melenara que regenteaba un hombre yermo y solitario y que no tenía otra distracción más que pintar figuritas o despilfarrar dinero por eBay —, se tomaba la guagua, se iba para Las Canteras y, una vez allí, preparaba el puesto de guardia en las inmediaciones del Reina Isabel. No había más que esperar. Como si fuera un reloj, en cuanto daban las siete y cuarto, el poeta asomaba su efigie por la esquina del Maccaroni y, en cinco minutos, Zorita ya lo tenía de frente. El paripé estaba listo para montar.

Una de esas tardes, estaba apostada en la cafetería que había en la esquina de Tomas Miller. No paraba de encañonar con la mirada hacia la Puntilla cuando, de repente —se ve que se había distraído—, vio que lo tenía a dos pasos:

—¡Pero bueno! Es que ya voy pensar que usted me está siguiendo, eh, pillín… Cada vez que estoy sentada en esta terracita usted se me aparece de la nada.

—Lo mismo podría decir yo, mi niña —retrucó él, y sonrió como diciendo: “No te me hagas la mosquita muerta, que cuando tú vas, yo vengo”—. Di que a estas edades ya no me da el cuero ni el cuerpo, que si no…

Zorita hizo suya la indirecta y, excitada ante el avance platónico del literato, se animó a apretar un poquito más las tuercas:

—Oiga, lo invito a un vino en mi casa. Tengo un tinto desesperado por escupir el corcho. Venga, ¿qué me dice?

Y se ve que esa tarde el poeta estaba con la nostalgia paterna metida entre los huesos —hacía cuatro días que Coque, su hija menor, de viaje de Erasmus por Italia, no daba ni noticias—, porque, sin hacerse de rogar, le dijo que sí, justificó su flojera sentimental ensalzando las beldades del vino tinto, la tomó del brazo y, como dos tortolitos, se encaminaron hacia santa Catalina para tomar la guagua.

Aquella noche, fue un antes y un después. No se sabe si por el vino tinto o por los doscientos gramos de bombones rellenos de licor que se zamparon después de las pechuguitas de pollo congeladas que preparó Zorita —según le dijo, ese era su “plato estrella”; aunque luego se enteraría de que aquel plato era el único que sabía hacer—; decía, no se sabe si por el vino o por los bombones, el caso es que, a partir de esa noche, Zorita comenzó con el despliegue de la artillería pesada. 


3

Sin embargo, la correría no le iba a resultar facilona. Todo parecía ir sobre rieles hasta que un domingo al mediodía, mientras esperaba al poeta en una terraza de Vegueta, el menda se le apareció con la Coque. Hasta ese día, las dos mujeres no habían tenido el placer de conocerse, aunque el hombre no perdía oportunidad para llenarse la boca magnificando los talentos de su hijita mimada con la cerámica —nunca nadie supe cuáles—, al punto de que ya la tenía aburrida a la pobre Zorita con tanta melaza paterna. En cuanto la Coque vio a Zorita, los rulos poco menos que se le quedan como el lacio de Cleopatra:

—¿Qué tal?, tú debes seggg Zogggita —dijo, agria, y evidenció, ni más abrir la boca, su eterna dislalia con las erres, esa con la que ninguna logopeda, pero ninguna, pudo jamás; y vaya si la tuvo.

No hace falta reseñar cómo le cayó a Zorita el patinaje verbal de la hija del poeta, que, sin mucho esfuerzo, acababa de dejar su nombre por los suelos y transformado en el de la astuta mamífera.

—¡Sí, encantada! —respondió Zorita, intentando disimular su ira tras el tembleque de una sonrisa.

En fin, que no hay más que decir que la Coque, desde ese día, le cogió tal manía, que se afanó en un trabajo de acoso y derribo hacia la que se le antojaba una verdadera pelandusca, una oportunista que no quería más que aprovecharse de las beldades literarias y, quién sabe qué otras tantas —que escondidas las tendría—, de su padre.

El sumum de aquel pulso —que comenzó con ese malogrado “¿Qué tal?, tú debes seggg Zogggita” y que acabó con la sorpresiva fuga del literato años más tarde, tuvo lugar la noche de su ochenta y un cumpleaños. Para el convite, habían invitado, entre otros, a Lala, una fotógrafa de Guanarteme amiga de Coque a quien, aquella noche, no se sabe si por el efecto del Lambrusco o por los dardos que se lanzaban la Coque y Zorita con la mirada —además de la insistencia de la primera en, continuamente, dale que te pego, apelar aposta al nombre de su contrincante para iniciar cualquier comentario dirigido a ella: Zogggita esto, Zogggita lo otro, mira a ver Zogggita, etc., etc.—., le empezó a dar la risa boba y no paró de carcajear en toda la velada. Otra invitada de honor fue Carmensa, una amiga íntima del poeta que alquilaba un pisito en Escaleritas —las malas lenguas aseguraban que la de Ciudad Alta intentó rascar cacho más de una vez, pero que el poeta se hizo el longuis— y que esa noche, lo que nunca, estaba muda. A lo único que se dedicó fue a negar con la cabeza todo el tiempo, en plan: “¡Qué barbaridad!”, cada vez que oía las barrabasadas que salían de la boca de la Coque y que, como la tenía al lado, pasaban por su oreja sin ninguna clase de filtro. Y de quienes que no nos podemos olvidar es de la parejita de argentinos, dos bichos más malos que el mismísimo Diablo, criticones como la peor de las marujas y que se hiceron la fiesta comiendo frutos secos y polvorones de manteca mientras esquivaban las flechas que se tiraban aquellas dos energúmenas. Hay que imaginar que, en medio de todo esto, el dramaturgo no se privó de nada: ni de echarse las cabezadas de rigor cuando el cuerpo se las pedía, ni de embadurnar el ambiente con las nebulosas de sus habanos, ni de amenizar la velada con algunos de sus chistes ni de, como era de esperar, arengar en contra del comunismo en cuanto podía.

Lo que nunca nadie imaginó fue la bomba que iba a tirar en el preciso instante de soplar las velitas:

—Señoras, señores, a punto de dar por cumplidos mis ochenta y uno, tengo que decirles que, en enero, Zorita y yo pasaremos por el altar —soltó, así, sin ningún preámbulo.

Si el día del encuentro en la cafetería de Vegueta a la Coque el pelo le queda casi lacio, hay que decir que cuando oyó semejante declaración de boca de su padre y, sobre todo, cuando vio la cara de triunfo que ponía Zorita desde un rincón, casi se queda calva. Furiosa, salió escopeteada hacia su habitación, cogió la caja de punzones que había traído de Italia y enfiló directo hacia el taller. Como una loca, preparó la pasta de cerámica —que encima le quedó dura—, y, mientras repetía: “Este hombggge está tgggastogggnado; la Zogggita esa no se las va a llevar de agggiba”, se puso a darle al torno intentando que de ese mazacote saliera una vasija canaria. De más está decir que aquello acabó en la basura. Y de más está decir, también, que el poeta y Zorita se casaron.



4

De modo que, de pronto, la mentada Coque, no solo perdió la hegemonía sobre su padre, sino que, de rebote, se ligó una madrastra. Al principio, no hubo mucho jaleo más allá de algún que otro altercado entre aquellas dos hembras alfa —incluso en plena calle—, que se disputaban al vejete como si fuera Rockefeller. Fuera de eso, la parejita se mantenía ajena a las indirectas e invectivas de la Coque y no paraba: los sábados, se armaban la ruta de los supermercados; ni bien acababan de almorzar —sí, efectivamente, un par de pechuguitas congeladas con arroz—, Zorita se calzaba los leggins, se echaba un poco de polvo en la cara y se llevaba al poeta de rotation por los tres supermercados estrella de Las Palmas. El que más la pirraba era el Lidl del Negrín:

—Hay que ver, Pompito —porque, cuando la Coque no estaba presente, aprovechaba y le decía Pompito— ¡si es que parece que estuviéramos en Madrid frente al palacio de cristal! —y, una vez adentro, se volvía loca entre los pasillos, sobre todo el de los congelados.

Aquella excursión sabatina era para alquilar balcones. Solo una vez, en que el poeta estaba atascado y muy irritable a causa de una publicación sobre “Las novias del Comandante” que le había encargado el Bigotes y con la que no daba pie con bola, le armó un pifostio a Zorita en medio de las cajas que Dios nos libre. El cajero, un calvo con cara de faraón y mirada de desquiciado como la del loco de “Psicosis”, a punto estuvo de llamar al segurita. Menos mal que todo quedó en la nada. Y todo porque la pobre se había encaprichado con unas compresas alemanas que habían salido nuevas y que, según decía la etiqueta, tenían una alarma que sonaba cuando te venía la regla. El caso es que salían carísimas y el poeta puso el grito en el cielo.  Al final, le hizo dos arrumacos al viejo, le puso cara de triunfadora al cajero y se las llevó.

Como decíamos, la parejita no se daba respiro. Los sábados, de compras; en la semana, de vinos y de tapas en cuanto veían un buen bodegón de mala muerte —al poeta le iba la onda sórdida—; pero la joya de la corona se la llevaban las religiosas tertulias literarias domingueras que organizaban en La Isleta desde las cuatro de la tarde y hasta que dieran las campanadas de la medianoche. Personajes de toda estirpe, desde un Santiaguito Mill hasta un Alejandro Favelo, no sin pasar por la susodicha Carmensa, o don Aldo Lozada, una eminencia de la medicina que había llevado Zorita —nunca se supo de dónde salió ni qué pito tocaba en ese ambientillo, ya que lo único que hacía era dar el cante con las virtudes de las cámaras hiperbáricas. En fin, personajillos de todo tipo. Eso sí, la guinda del pastel se la llevaba Purita Santaña —sí, con Ñ, por error del empleado del registro; qué mujer tan insidiosa esa, las cosas como son, que ni la Coque, con su “Venga ya, Pugggita, cogggta el gggollo”, la podía frenar—. Pues bien, unos y otros, alternaban con su presencia en esa especie de Gabinete Literario isletero que el dramaturgo se había sabido montar y del que presumía como si fuera la Real Academia Española.  

Lo chungo empezó cuando al vejete, de repente, a los tres años del casorio, le llegó la cédula de embargo del piso de La Isleta —Zorita nunca logró sacarle en qué chanchullos se había metido para llegar a ese punto; Carmensa, en uno de sus arrebatos, que le daban cada dos por tres cuando se acordaba de los rechazos del poeta, dejó caer en una ocasión que era porque a este le iba la marcha con las carreras de caballos—. Verdad o mentira, el caso es que, con una mano atrás y otra adelante, no tuvieron más remedio que irse a vivir a la casa de la Coque, un triplex en Schamann que, si uno lograba extraviar la mirada del entorno, era un sueño: tres plantas, cuatro dormitorios —eso sí, chiquitos—, dos baños y aseo, entrada independiente y garaje, terrazas, y una azotea con zona chillout incluida y unas vistas a la techumbre de Las Rehoyas que cortaba la respiración.

Fue una de las peores experiencias que Zorita tuvo que soportar en su vida. “La Coque es mi hijastra…, la cerda esta de la Coque es mi hijastra”, se repetía mentalmente todas las noches cuando se acostaba, y la otra, que para rutinaria era peor que un calendario, entraba a darle un besito de buenas noches a su progenitor, no sin antes regodearse con la cara de Zorita cuando le decía: “Que descanses, Zogggita”, y esta, para darle el gusto al marido, tenía que contestarle: “Tú también, hijita”, como si aquello fuera “La casa de la pradera”.  

Duraron dos meses. Entre las incursiones nocturnas de la Coque al dormitorio de sus “papis” —porque así los llamaba, la jodía, para fastidiar a Zorita—, el griterío que armaban entre las dos por cualquier cosa, a toda hora y en todo sitio, y sumado a esto las pocas pulgas del poeta —tan tranquilito que estaba en su pisito de La Isleta—, el ambiente se fue tornando tan espeso que, al final, una mañana de agosto, con una calima que rajaba la garganta y un aire caldoso como un potaje, el dramaturgo se mandó a mudar. Eso sí, antes de salir, les dejó una cartita sobre la mesa del comedor, escrita con una caligrafía de fábula y una labia digna de su amado Bécquer, en la que quedaban bien detalladas las deudas que les correspondían a cada una de las dos a causa de sus embrollos.

Hoy, después de cinco años de su fuga, hemos sabido que el literato está vivito y coleando viviendo en Valencia, con una francesa cuarenta años menor que él y propietaria de una cadena de hoteles en Peñíscola, y a punto de sacar un libro sobre las apuestas de caballos que, según dicen, va a ser un best seller. Entretanto, vaya uno a saber por qué, pero Zorita y la Coque siguen juntas y desparramadas en el triplex de Schamann, odiándose y amándose a la vez, como si en esa tormenta de emociones hubiesen encontrado la forma de sobrellevar su soledad, sus deudas y sus eternas miserias.


FIN

Fernando Adrian Mitolo ©

17 de septiembre de 2017

La habitación de los soldaditos


Para mi amiga B.R.B.

 

1
 Si de algún pecado debería haberse arrepentido Carmita “la cubana”, hay que decir que ella nunca se dio por enterada. Ajena a los picotazos cargados de veneno que, día sí y día también, le asestaban sus vecinas —y, para no faltar a la verdad, hay que decir que para envidia de muchas—, ella siguió en sus trece untándose el cuerpo con la miel de sus deslices.  Hasta que la vida hizo lo que tuvo que hacer, le tocó el turno de colgarse el cartelito de CERRADO sobre las grietas de sus arrugas —desgastadas ya de tanto desparpajo— y, entonces sí, el barrio, por fin pudo descansar. Para no crear un revuelo en el avispero, el que no de crédito a lo que voy a contar —porque en estos asuntos cada cual es libre de administrar sus creencias como quiere—, que se lo pregunte a don Javier, el cura del barrio, que después de tantos años de plegaria malograda y confesiones de infierno con aquella mujer, acabó dando su alma por perdida —la de ella y la de él— y, completamente desquiciado, cambió las hostias y el vino de misa por el ron y las tragaperras de Ca´ Ñoño.
Quienes la vieron llegar aquella mañana de agosto — ya hace de esto muchos años—, sudando y escupiendo polvo sahariano por donde ni a Dios se le ocurriría escupir, cargada con cuatro paquetones llenos de trastos y, como si fuera poco, con dos perros con cara de resignación atados a cada una de sus muñecas, nunca imaginaron que, detrás de esa sonrisita del color de las mariposas, se escondía la que sería la mayor pervertida de la barriada. Dicen las malas lenguas —que de esas aquí hay muchas— que vino del polígono de Arinaga, aunque eso nunca quedó muy claro debido a los desplantes y escupitajos de hiel que la cubana le regalaba a quien, amablemente, se atrevía a preguntarle algo. Lo que sí repetía era que estaba hastiada de tanto ventarrón del sureste y que buscaba un cambio de aire; el caso es que, más allá de los dimes y diretes, la mentada Carmita acababa de tener una mala experiencia laboral con un bigotudo sesentón que respiraba aires de editor, y eso, al parecer, la habría empujado a echar mano de su enamorado, un pobre cristiano que no sabía a lo que se enfrentaba metiéndola en su casa. Así que aquel día se levantó temprano, sacó a sus perros, recogió sus trastos, cerró puertas y ventanas a cal y canto y, dejando atrás su mala racha y sus desvelos, puso rumbo hacia esa nueva vida. Lejos estaba de imaginar que aquello se convertiría en el más jugoso de sus descubrimientos y, al mismo tiempo, en una verdadera perdición para sus apacibles vecinos. 

2
Todo comenzó a los pocos días de llegar. No se sabe si el deseado cambio de aires le acabó removiendo los sesos o si algún gen se le había atravesado en las neuronas, pero la cubana estaba como si la hubiese poseído el espíritu del “Comandante”. No había hora ni minuto del día que de su boca no saliera una orden o un decreto. Por todo protestaba, a toda hora, a diestra y siniestra, y a cualquiera que se le cruzara por el camino, lo primero que le escupía era un espantón. Y claro, el que pagaba los platos rotos al precio más caro era su enamorado. Todo tenía que hacerse como ella quería. Que si el florerito del recibidor no me gusta, que si la alfombra del salón junta mucha mierda, que si esta figurita me la quitas, que esta vitrina ya la podrías vaciar un poco…, y así todo el santo día. Hasta que una mañana que estaban haciendo limpieza y aquella se puso brava por un adorno:
—Esto se tira, mi amol. ¿Pa’ qué guardas tanto tareco? Ay…, quita pa’ llá —arremetió Carmita, poniendo cara de asco y sacudiendo un matojo de hierbajos secos que había dentro de un jarrón en una de las habitaciones.
El mentado adorno, si a eso se le podría haber llamado adorno, era realmente un verdadero horror. Pero ya se sabe, cada uno tiene sus gustos y manías. El caso es que el bendito de su novio —que para que reaccionara y levantara la voz por algo había que soplarle espirulina por las orejas—, ese día no se acobardó, juntó fuerzas y, con su estilo, le plantó cara:
—¡Deja eso ahí, Carmita, por favor! —contestó, con su habitual calma y sus manitos en los bolsillos—. Para algo ha de servir, cariño, ya verás. Si quieres te hago un huequito aquí para tus cosas, pero eso no me lo tires.
Ella, cojonuda como pocas, hizo oídos sordos a la melaza verbal del teldense, insistió con que no tenía lugar, que le hacía falta más espacio para guardar “sus cositas” y, ni corta ni perezosa, tiró aquel revoltijo de ramas al tacho de la basura con jarrón y todo. Con el correr de los días, lejos de calmarse el temporal, la cubana fue tomando más confianza; sus ínfulas de “Señora” acabaron por subírsele del todo a la cabeza y, entonces sí, osó meterse con lo que no se tendría que haber metido. Al parecer, en uno de los arrebatos territorialistas de Carmita, para no aguantar sus arengas, el hombre habría decidido cederle uno de sus feudos más apreciados para que allí montara su rinconcito literario y se dejara de protestar —porque hay que decirlo, Carmita escribía, y muy bien—. El teldense tenía varios de esos dominios diseminados por toda la casa: vitrinas con maquetas de edificios antiguos, estantes repletos de colecciones de coches de carrera, vitrinas con esculturas hechas de legos y tantas cosas más; el caso es que aquel era uno de sus favoritos: la habitación de los soldaditos de plomo. Por eso, el día que la cubana estaba acomodando parte de sus petates en aquella habitación y él la vio lanzarse escopeteada hacia la estantería de los templarios, entonces sí, respiró hondo, se hizo la señal de la cruz y, rapidito para que no se le trabara la lengua y no fuera a ser que la otra aprovechara para darle vuelta a la tortilla, le dijo:
—¡Eh, eh, eh!, ¿dónde va usted, cubanita? Vamos a ver, para que las cosas te queden claras de una vez: esta es tu casa, y como tal puedes disponer de ella como te venga en gana. Puedes remover alfombras, adornos que no te gustan, meter aquí, sacar de allá, pero eso sí, por nada del mundo se te ocurra hacerles nada a mis soldaditos. Te lo pido encarecidamente, a ellos no los toques.
—Pero, ¡qué va!, ¿cómo se te ocurre? ¡Que no, mi niño! —retrucó enseguida Carmita, roja como un pimiento al verse pillada en quien sabe qué perrería—. Pero, ¿qué les voy a hacer yo a estos? Tan solo iba a mirarlos, nada más —mintió, y por dentro estaba que echaba fuego.
En ese momento, el hombre se tragó la trola. Por lo que ese fue el principio del desastre. Y para muestra, un botón.

3
El primer signo lo tuvo un sábado por la mañana mientras limpiaba la susodicha habitación. Carmita estaba entretenida quitando el polvo de encima de una estantería cuando, de pronto, escucho un cuchicheo que venía de detrás de una maquetita. Sorprendida, dejó el trapo sobre el respaldo de una silla, afinó el oído y, al acercarse, otra vez el mismo murmullo. Algo mosqueada ya, intentó descifrar lo que decía aquel extraño corifeo. Se acercó aún más hacia la maqueta, pegó la oreja directamente sobre el estante y entonces lo oyó, clarito como si hubiese tenido puesto un Sonotone: “¡Putaaaaaaa…, putaaaaaa!”.
Como si de repente le hubiese hecho efecto un laxante, a la pobre le dio un apretón tan intenso que ni tiempo le dio de llegar al baño. Cuando se quiso dar cuenta, se había ensuciado las bragas, las piernas y las zapatillas, ¡nuevitas y recién estrenadas! Indecisa ante tamaña desventura, la cubana se quedó unos minutos encerrada en el lavabo hasta que, asfixiada por los vapores, finalmente optó por salir disparada hacia la cocina para contarle a su novio aquella experiencia sobrenatural. Cuando se apareció en la cocina, con las piernas combadas para no empeorar la situación y chorreando aguas por los cuatro costados, el hombre se echó las manos a la nariz para apaciguar el hedor a calamares fritos que había inundado todo el recinto. Tosió, amagó una arcada y le dijo:
—Pero, ¿qué te pasó, cariño?
—No sé, me dijeron puta.
—¿Eh? ¿Qué dices?, ¿quién te dijo puta? —y ya se estaba poniendo violeta de tanto aguantar la respiración.
—Tus soldaditos, los que están detrás de la maqueta de la iglesia de Teror.
—Mi vida, ¿cómo va a ser eso? Habrá sido de la calle. Ven, ven para acá…, o no, espera, ve a lavarte primero, que yo te preparo una menta poleo en un pis pas y me cuentas mejor.
Carmita no tuvo más remedio que hacerle caso y, con la cara desencajada —no se sabe si por la vergüenza o por lo que catalogó de desprecio por parte de su hombre—, enfiló para el baño de servicio, habida cuenta de que el principal estaba más que inutilizado. Cuando regresó, limpita y perfumada, y vestida como una nena de quince, se tomó la tila y, tras mucho batallar, finalmente, el hombre acabó convenciéndola de que aquello habría sido una trastada de algún chiquillo en la calle, que se dejara de preocupar. Ella le dijo que sí, que seguramente tenía razón, pero en su fuero interno sabía que el autoengaño no le duraría mucho. Y así fue. Al otro día, ni bien él salió para el trabajo, Carmita entró a la habitación de los soldaditos para coger una libreta. Temerosa de enfrentarse a una nueva experiencia paranormal, miró de soslayo hacia la estantería de “aquellos guarros” —así los había bautizado—, y, más rápido que consciente, revolvió dentro del cajón del escritorio hasta dar con lo que buscaba. Cuando estaba a un paso de la puerta, escuchó:
—¡Ey!, cubanita...
Pero esta vez, lejos de arredrarse —y lejos de volver a ensuciarse—, Carmita abrió los ojos de par en par, tomó coraje, respiró y se dio vuelta para ver cuál de aquellos energúmenos la había llamado. En eso que se aproximaba a la estantería, adivinó un minúsculo movimiento. Se acercó, frunció el ceño para afinar la vista y lo descubrió: era el que estaba detrás del abanderado, subido a un caballo y apuntando al infinito con una escopeta. Vaya uno a saber qué pensamiento se le cruzó a Carmita por la cabeza, pero decidió seguirle el juego, adivinando que detrás de tanta parafernalia digna de Cuarto Milenio, seguro que había chicha:
—Ah, ¡conque tú eres el graciosito, mi amol!
Al ver y oír a la cubana tan cerca, y al oler su perfumito de mariposa traviesa —eso lo habían pescado ni bien verla—, el batallón de partisanos se entusiasmó al unísono y se removió en sus salsas. El de la bandera, se puso a ondearla como si se estuvieran rindiendo; uno que apuntalaba un cañón, pegó tres gritos al cielo como si la cubana hubiera sido una aparición de la mismísima Virgen María y se puso a traquetear el armatoste para arriba y para abajo simulando disparar; el que estaba a la derecha del encabalgado, se puso a reptar como una pitón, al tiempo que, debido a la fiereza del revolcón, el casco que le coronaba la cabeza se le despegó y rodó derechito hacia el borde de la estantería; y así, cada uno fue poniendo su toque a esa tan peculiar coreografía, a excepción de uno, precisamente el que estaba encima del caballo y que había dado la voz cantante, que esta vez no dijo ni mu y se puso todo colorado y se quedó quietito como una lechuza.
Carmita, astuta como una zorra —y en esto no hay segundas—, aprovechó la debilidad del partisano de plomo y, ya envalentonada, lo cogió con una mano al mejor estilo King Kong con Jessica Lange. El soldadito se revolvió como queriendo escapar, pero la cubana apretó el puño para retenerlo. Él entendió el mensaje y se dejó llevar. Ella, que a todo esto ya se había armado una historieta de las suyas en la cabeza digna de una Blancanieves y sus siete enanitos en versión XXX, se puso a susurrarle cositas al oído. Y claro, por más de plomo que fuera, con tanta guarrería tropical, al soldadito se le subieron los calores y se puso a sudar. “Ya lo decía yo, que esta era una fresca”, dijo para sus adentros el partisano, imaginando el festival que se iban a pegar él y sus camaradas con la cubana. Pero al miliciano, la bravura le duraría lo que una lechuga al aire libre, porque con lo que no contaba era que aquella, más que fresca, era una verdadera bomba.
Dicho y hecho: aquella noche, como el teldense había venido del trabajo con una modorra que no se la quitaba ni Dios, en cuanto acabó de cenar y enfiló para el dormitorio y se puso a roncar, la cubana, que a esas alturas estaba haciendo el paripé simulando escribir un poema para un tal Manolito Díaz, se levantó de la silla como un resorte y se fue directo para la estantería:
—Hola, mi amol…, ¿qué tú haces? —le dijo al del caballo, y se pasó la lengua por los labios mientras le acariciaba la escopeta.
El encabalgado, tan atrevido que parecía, agachó la cabeza ante la audacia de Carmita y la miró de reojo, entusiasmado pero a la vez con cierto resquemor en el cuerpo, al ver cómo la caribeña le regalaba morritos y carantoñas que anunciaban la inminencia del tan ansiado festival:
—Pues aquí…, aquí estoy, bellezón —le contestó él, todo tembloroso, y le hizo señas a uno que estaba en la otra punta y que empuñaba una bayoneta para ver si lo sacaba del apuro.  
Y así estuvieron los unos y la otra durante más de media hora, obsequiándose halaguitos cargados de libido insatisfecha que pugnaba por un merecido consuelo. Hasta que la cubana no aguantó más tanta bobería, cogió a unos cuántos soldaditos con las manos y les dijo que ahora iban a saber lo que era la felicidad.
Para no entrar en pormenores, solo puedo decir que, aquella noche, los gritos y gemidos de la cubana se hicieron oír hasta la playa, donde está la mismísima estatua del Neptuno. Menos mal que el sueño del novio era pesado como un elefante, porque si no, quién sabe lo que habría pasado. El caso es que ella aprovechó los favores de Morfeo y se dio el lote como hacía años no se lo daba. Al de la bandera lo dejó con los brazos al revés, mirando uno para cada lado, y con la cabeza despegada. El del cañón, de más está decir que apenas participó, habida cuenta del tamaño del arma que portaba, cosa que a la cubana no le pasó desapercibida y, apenas la vio, dijo: “Esto, pa’ cá”, y se la encasquetó por donde ya uno se lo puede imaginar. Cuando le tocó el turno al que reptaba, en un primer momento, Carmita se estrujó los sesos; hasta que se le encendió la lamparita y se dio cuenta de que el mejor partido que le podía sacar era pidiéndole que le hiciera la viborita. Y, en verdad, hay que decir que fue digno de ver, aunque no de escuchar. ¡Con qué ahínco se aplicó aquel partisano!, entrando y saliendo, para arriba y para abajo, adentro y afuera y con la cadera para un lado y la cadera para el otro, al son de los grititos de Carmita que no paraba de decirle:
—Sigue con la viborita, sigue con la viborita, mi amol.
A todo esto, el dueño de casa seguía inmerso en las profundidades del letargo, durmiendo a pata suelta y soñando que su amada Carmita le pedía matrimonio a la vez que le juraba fidelidad absoluta. En fin, es lo que tienen las jugarretas del inconsciente.
Mientras el de la viborita acababa su faena y la cubana tomaba aire para recuperarse, el de la bayoneta se puso a zapatear. Y es que ver tanto jolgorio y no poder participar... Así que Carmita simuló hacerse la distraída para alargarle el suplicio, al tiempo que, para sus adentros, imaginaba la recompensa que le iba a dar —y “se” iba a dar— en cuanto lo cogiera. El hombre, corpulento como ninguno de los otros camaradas, siguió con el zapateo, cada vez con más bríos, cada vez con más ímpetu, hasta que la estantería pegó un cimbronazo, la bayoneta dejó escapar un estampido, algún que otro partisano disperso perdió el equilibrio y se cayó y, entonces sí, la cubana dejó de hacerse la sueca:
—Pero, ¿qué tú haces, mi amol? Que tu mamasita está acá… ¿Tú no sabes que el que ríe último, ríe mejor? —le dijo con sorna, y miró de reojo al del caballo.
Cuando el jinete —que a todas estas y a pesar de haber dado pie a aquella orgía castrense todavía no había probado las mieles de Carmita— escuchó lo que dijo la cubana, abrió los ojos como dos huevos duros y tembló de solo pensar que, al final, el listo de la bayoneta iba a ser realmente el último en “descargarla” y él se quedaría con las balas adentro. Carmita se percató de la zozobra del jinete y, al ver que no había cogido la ironía, se enterneció. Le guiño el ojo, le acarició la entrepierna, le susurró una palabrota al oído que le sacó una sonrisa timidona y, acto seguido, se hizo la loca, lo dio vuelta para que no mirara y empuñó al de la bayoneta.
A estas alturas, el fiestorro llevaba ya más de tres horas. Los vecinos no daban crédito a tanto alboroto y a punto estuvieron de tocarles el timbre y llamar a la municipal. Como si aquello fuera poco, los perros ladraban como si fuera la última vez, los bebés del barrio se retorcían en las cunas y ya ni lágrimas les quedaban de tanto llorar, los insomnes no sabían ya cómo hacer para no escuchar los gritos de Carmita, y los que apuraban la noche intentando hacer alguna travesura de madrugada despertando a quien tenían al lado, ni bien oír semejante concierto de alaridos, se quedaban petrificados con el juguete a medio despertar.
Lamentablemente, no tengo tiempo para extenderme y relatarles el espectáculo que dio el de la bayoneta. Solo puedo decirles que cuando la cubana probó las cucamonas de aquel hombrecillo, pensó que estaba en el paraíso y, para echarle sal al asunto, se hizo la desmayada. Él, iluso, se creyó la patraña, y como nunca había podido experimentar la fantasía de “la muertita”, le echó hombro al asunto y siguió un rato con la faena. Hasta que la cubana se cansó de estar quieta, pegó un par de gritos acumulados y se lo quitó de encima. Entonces sí, fue hasta la estantería, dio vuelta al del caballo, lo miró fijo y le dijo:
—Ahora sí. Te toca, mi amol.
Aquello fue el acabose. Tanto, que el novio se despertó. Se levantó sobresaltado, intentando situarse entre tanta jarana. Al rato, después de un par de bostezos, se dio cuenta de que el jolgorio venía de la habitación de los soldaditos. A duras penas, caminó hasta la puerta, la abrió, y cuando vio la que había montada ahí adentro, tuvo que dilucidar si estaba en su casa o en las mismísimas tierras de Sodoma y Gomorra.
Uno diría que ahora viene la parte en que él se encabrita, empieza a dar gritos y golpes a todo lo que encuentra, y saca a aquella pervertida de un empujón y la pone de patitas en la calle. Pues no. Pasmado ante el tenor del espectáculo, cerró la puerta, volvió a su habitación, se echó en la cama, cerró los ojos y ahí se quedó. Cuando Carmita lo fue a despertar al día siguiente como si nada hubiese pasado, el pobre hombre ya no respiraba y estaba más duro que un ladrillo. El informe del forense acabó por decir que murió de susto. A pesar de las leyendas populares, no existen muchos casos; pero que los hay, los hay, y este fue uno.

4
A Carmita, el luto le duró ocho días. Cuando el cura la vio en la parroquia y le dijo que ahora debía guardar la compostura y dar el ejemplo ante el Señor, a punto estuvo de soltar una risotada. De todas maneras, le hizo caso al sacerdote y, a duras penas, se abstuvo de compartir sus ardores con los soldaditos. Pero, como he dicho, la abstinencia le duró tan solo ocho días. Cuando aquella noche escuchó el relincho del caballo y el taconeo del de la bayoneta, mandó a tomar por culo al cura y a Dios y María Santísima y enfiló derechito hacia la habitación. Lo que sucedió ahí dentro, lo dejo a vuestra imaginación. Solo puedo decirles que ese jolgorio se repitió noche tras noche durante más de treinta años. A pesar de los intentos de la barriada de acabar con aquella pervertida, no hubo ni denuncia ni amenaza que pudiera frenar tanta lubricidad. Carmita siguió en sus trece, untándose el cuerpo con la miel de sus deslices, hasta que la vida hizo lo que tuvo que hacer, le tocó el turno de colgarse el cartelito de CERRADO sobre las grietas de sus arrugas —desgastadas ya de tanto desparpajo— y, entonces sí, el barrio, por fin descansó.

FIN
Fernando Adrian Mitolo ©
Septiembre de 2017



16 de junio de 2017

Lunar

Ejercicio literario sobre la creación de monólogos interiores, basado en la extrapolación de la estructura de nuestro propio pensamiento a la del personaje. 



«Mierda. ¿Y si es algo malo?. Puto lunar. Lunar. La luna, la luna. Blue moon on monday. Durán Durán, la gorda Le Bon. John, la cara de cartón. Nick, el que mejor está. ¿Y qué mira la vieja esa ahora? Y dale con la preguntita. ¿Qué carajo me importa a mí?, si estoy por morir. Ay no, ni decirlo. El lunar negro ya no está. ¿Y si al final era malo? Algo malo, tiene algo malo, algo malo, le encontraron algo malo. Fue por una pavadita y le encontraron algo malo. Esa frase, la odio, no la puedo escuchar y siempre la dicen. Le encontraron un tumor. Tumor. Putos médicos Esas frases, esas palabras que dicen, hasta las palabras son feas, como si pesaran en la cabeza. No lo sé, señora. Otra vez la preguntita. Ahora esta, como en la guagua. ¿Hace mucho que pasó la 33? ¿Qué se yo si pasó? ¿Y si pasó qué? ¡Ya pasó! Pah, ahora esa que tose, ¿por qué no se toman un jarabe? Como en el teatro, empieza y se ponen a toser. Una vez le chisté a  una. ¡Estefanía! ¿Por qué me chilla el otro? ¿por qué tengo que aguantar las toses? Están hechas mierda. Son diabéticas seguro. Mirá que gordas, tienen las piernas llenas de edemas. Violetas, como las de la madre de Zurita. Que mala era la vieja.  El Ronco, le decían el Ronco. Con el Arnaldito en la escalera boca abajo en la escalera. Hijos de puta, pobre chino. A la madre del Ronco le explotaban las venas y le saltaba la sangre a la pared, qué impresión, por favor. ¿Cómo puede pasar eso? ¿Qué le estará diciendo a la de adentro? No sé. No sé. Hacete reiki, hacete reiki. ¿Te hiciste reiki? ChoKuRei, SeiHeKi, HonShaSeShoNen, hacete los símbolos. Si, pero no, para qué. ¿Por qué no usas lo que sabés? Siempre lo mismo, siempre lo mismo. La cartera, mirá como la tengo puesta, parezco una monja. No aguanto más, quiero entrar. No, qué voy a querer. Me va a llamar. Estefania Rodíguez. Si soy yo. Pase. No, todavia no, la otra sigue adentro. ¿Qué carajo está haciendo? ¡Tanto tarda! A ver a mi en cuánto me despacha. Un lunar. Si cambia de forma o color tiene que hacérselo ver. Revisión, otra palabrita de mierda.  No tiene nada. Ahhh, qué alivio. Señorita, tiene que hacer quimio. Los vomitos, el pelo, la pelada. La pelada me van a decir, como a aquella del Centro. En la cama, muriendo, toda pálida y la boca seca. Raúl al lado, llorando en el borde, como Isabel y Fernando en la serie. Qué angustia, y cómo lloraba ese hombre. Era negro y redondo, granulado, o marrón. Crece. Si crece hay que extirparlo. Extirparlo. Hasta las palabras son feas. ¿Quién las inventó? ¡Cómo suena! ¡Extirparlo! Lo hacen adrede, gozan diciéndolas. Ya me lo sacaron, raíces adentro, agarradas a los demás órganos. Enredaderas, ensaladeras, heladeras. ¿Lo habran quitado todo? Todo o nada. La ruleta rusa. Tiene algo malo, lo suyo es malo. No, la puta madre. Estoy cagada en las patas. No sé qué pensar. Me meto aquí y no salgo. La señora, meta mirar. No señora, no se la hora de la que entró. ¿A qué hora tenía usted? No lo sé, métase en lo suyo, qué me importa a mi. Que ganas de contestarle así. Pelotuda. Me tendrán que dar la baja en el trabajo. No quiero faltar, me van a descontar, la tetona me a descontar. ¿Qué hago en casa todo el día tirada en la cama? Tiene que ser fuerte, si no, se le baja la autoestima y el cáncer le va a avanzar. Fuera, fuera. ¿Por qué no me las puedo quitar de la cabeza? Si no es nada…, o si, tiene algo malo… La puta que la pario, ¡ya tengo que entrar!».


FIN 
Junio de 2017 ©

2 de junio de 2017

La broma absurda - Promoción en Amazon

Hola amigos:


Para todos aquellos que, todavía, no se han sumergido en esta "Broma absurda", les cuento que, desde este lunes 5 y hasta el jueves 8 de junio, estará en promoción en Amazon y el formato ebokk les saldrá GRATIS!


Se agradece que puedan compartir...

Muchas gracias a todos.

Fernando Mitolo

26 de mayo de 2017

El día que nos arrebataron el barranco

Un pequeño ejercicio literario sobre el tratamiento del espacio -  Como describir a partir de la acción.



—Ya lo sé, Canela, ya lo sé —se lamentaba Pinito, sentada en su banqueta de esparto y con la cara pegada al vidrio de la ventana cerrada a cal y canto, mientras con sus manos, ajadas por la melancolía más que por la edad, acariciaba a su perra embalsamada—. Ya sé que soy una machacona, que todos los días repito lo mismo y que ya te tengo aburrida con mis agonías de siempre. Pero ¿qué le voy a hacer?, será culpa de esta maldita calima, que parece que no nos quiere abandonar y que lo único que sabe hacer es envolverme con su manto de tristeza. Una vez escuché por ahí que los que se niegan a soltar, al final, acaban arrastrados por aquello que pretenden retener. Igual sea eso lo que me pasa a mí.
»¿Ves a ese hombre? Sí, sí…, el calvo de gafas, ese que está fumando. Hace días que, todas las tardes, a esta misma hora, sale de la academia de aquí abajo con un grupito de otros como como él, cruza la carretera hacia el parque, se mete entre los coches que hay aparcados, se para ahí mismo donde está ahora, justo al ladito de ese banco de madera, y da comienzo a su ritual. ¿Qué te dije?, ¡ahí empieza!: mira a la derecha, mira a la izquieda, señala hacia aquí, ahora hacia los edificios de la otra calle, mira arriba, mira abajo, pone cara de circunstancia y, con un movimiento de su brazo, les muestra lo único que tienen los de enfrente: una docena de árboles que no le dan sombra ni a una hormiga, cuatro bancos de mala muerte, una maltrecha pista de asfalto con bríos de sendero, y ese parque, si a ese páramo de matojos se le puede llamar parque. Mira, mira, ¿tú crees que esos niños son felices como lo éramos nosotros, jugando sobre esa moqueta de gomaespuma a prueba de golpes, como si estuvieran dentro de una incubadora? Corretear por el barranco y lastimarse para volver a salir corriendo, eso era jugar, no esto.
 Míralo, míralo al calvo, ya verás, ahora seguirá hablando y hablando y fumando y…, ¿ves?, ¿no te lo dije? Mira, mira…, ahí se gira, dirige la vista nuevamente hacia este lado del barrio, el de los pobretones, como nos llaman desde el día que hicieron esta carretera del demonio, y señala nuestras fachadas. De seguro que les estará diciendo que se detengan en su tez multicolor, en los desconchones, en el tamaño de las ventanas, todas distintas, en nuestras ropas tendidas al viento y quién sabe cuántas cosas más, y que observen cuán diferentes son a LAS DE ENFRENTE, sí, con mayúsculas, con esas paredes limpitas y bien pintadas, tan vacías y sin apenas una mácula, y con esa luz escandinava que hay detrás de sus ventanas, tan aséptica y tan artificial como todo lo que metieron ahí.
»Ahora les tocará el turno a los hibiscos, ya verás…, ¡lo ves!, ¿qué te dije? Apuesto a que les estará diciendo que están mejor cuidados que aquel desierto al que esos ricachones llaman “jardines de la comunidad”, con ese césped sin cortar, y esas palmeras y tabaibas desahuciadas que parece como si estuvieran purgando las culpas por el pecado de habernos usurpado lo que era nuestro. A lo mejor también les hable de los locales que hay en nuestros bajos —cosas que ellos no tienen—, del almacén del edificio de al lado, de la academia donde él trabaja o de aquel que tiene el cartel de SE TRASPASA. Por no decir de la autoescuela, el estanco de Paco o la dulcería de Nuria, siempre abarrotada de niños y mujeres que entran y salen, hablan, gritan, ríen o pelean…, en pocas palabras, viven.
»Eso sí, de lo que no se tiene que olvidar es de decirles que aquí vive gente humilde y trabajadora, igual que en el inconfundible Pantera Rosa de la calle de arriba, ese mamotreto que no deja de hacernos sombra con su fama, mal que me pese. Aunque si te soy sincera, Canela, lo que en verdad me gustaría, es que ese hombre hiciera un poco de justicia y les contará la historia que yo te conté hace un rato. Sí, la misma que te cuento siempre, la de ese día en que llegaron las máquinas, nos arrebataron el barranco y nos dejaron aquí, del lado de los pobres.

FIN  
Fernando Mitolo ©