28 de febrero de 2016

La lavadora de emociones

Dedicado a Lourdes, que con una de sus frases, inspiró este pequeño relato. 



Acabo de tener un momento de lucidez y me acabo de dar cuenta de que, en cuestiones del amor, la mente es como una lavadora. Mientras todo funciona, la utilizas casi de memoria: separas las emociones blancas de las de color, les pones el detergente, lejía si hace falta, suavizante, dos tapones, cierras y le das al botón, y ella sola hace el trabajo. Luego, cuando acaba, abres el tambor y solo te queda tenderlas y esperar a que se terminen de secar, para volver a usarlas, a mimarlas, hasta que vuelvan a ensuciarse y tengas que volver a lavarlas. Y así, indefinidamente.

El caso es que con tu mente, al igual que con la lavadora, te acostumbras a usar sus diferentes programas. Y así los usas durante años y años. Siempre los mismos, uno y otro día. Pero, cuando por algún motivo el amor se acaba, de pronto, sientes que tu mente, como si efectivamente fuera una vieja lavadora, también se rompe. Entonces, aceptando esa realidad que no tiene vuelta atrás, te encomiendas a lo que tienes que hacer para arreglar el entuerto y te apresuras por encontrar una solución lo más rápidamente posible porque, de lo contario, tu vida cotidiana se transformará en un verdadero caos.

Pues, así estoy yo ahora: con mi mente rota como si fuera una antigua lavadora abandonada en un desguace, y aterrorizado y sin saber qué hacer con esa pila enorme de emociones sucias que aún me quedan por lavar. Pero uno siempre hace lo que puede y, aunque más no sea con los métodos más tradicionales, encuentra la manera de retomar la faena y acabar la colada. El caso es que a mí, eso de lavar a mano no me funcionó. La suciedad y las manchas no acababan de desaparecer del todo así que, por no perder más tiempo, decidí, quizás de forma apresurada, tirar de mis ahorros y arreglar la lavadora.

Es verdad que, antes de lanzarme sin tino a conseguir un servicio de reparaciones, hablé con unos y otros para que me recomendaran uno de confianza. Y claro, si preguntas, los demás opinan. Y uno que está como está, con la pila de emociones sucias que no solo no baja sino que sube, y que no sabe cómo hacer para darle salida a semejante desbarajuste, entonces se deja llevar, escucha lo que quiere escuchar y, finalmente, hace.

Como decía, finalmente, he echado mano de mis ahorros —porque lavar hay que lavar—, y hace unas meses llevé mi lavadora a arreglar.  El caso es que no logro hacerme con ella.  Los del servicio técnico dicen que la lavadora no tiene nada, que incluso le han renovado unas piezas y que hasta le han instalado unos programas más modernos. Y ahí está el problema. Yo no acabo de entender que la tecnología ya no es la de antes y que, después de quince años, estos programas nada tienen que ver con los de antaño. De hecho, como si fuera poco, hay algunos para los que se hace necesario tener conocimientos de Internet y conectarse a unas extrañas aplicaciones online.

Pero yo no aprendo, insisto en usar la lavadora como lo he hecho todos este tiempo y seguir lavando mis emociones con los mismos programas de siempre, esos que utilicé durante toda mi vida. Y, como no podría ser de otra manera, mis emociones siguen sucias y manchadas, y cada día es peor. He probado a separar mejor lo blanco de lo de color. Lo he intentado con miles de productos, desde los mejores detergentes hasta las más revolucionarias lejías y suavizantes, pero no hay caso, si bien las manchas y el olor mejoran un poco, luego regresan. Y encima, ahora, al sacar la colada de la lavadora, veo que las emociones se me quedan húmedas.

Y es que el problema no está ni en los detergentes, ni en las lejías, ni en los suavizantes. Ni siquiera está en la lavadora. El verdadero problema es que yo no puedo encontrar el botón del centrifugado, ese que hace que las emociones giren y giren hasta el cansancio, para finalmente detener la lavadora y que las emociones puedan salir secas, limpias y perfumadas. Se lo he preguntado a los del servicio de reparaciones, pero dicen que el botón está por ahí, que busque, que ya lo voy a encontrar. De momento, no he podido encontrarlo. Solo pido que si alguien tiene una lavadora como la mía, o si acaso le pasó algo parecido, por favor me diga dónde está ese bendito botón de centrifugado, a ver si de una vez por todas logro que mis emociones queden limpias, secas y perfumadas. 



Fernando Mitolo ©

Febrero de 2016

20 de febrero de 2016

La broma absurda

Capítulo XI - Los astros en contra



Cómo se iba a imaginar Rogelia al salir de España, que aquella aventura habanera terminaría como terminó: con el ruso ingresado a la fuerza en un centro sanitario, y con ella y la “bomba de azuquita” en un calabozo por desacato a la autoridad. Del eslavo no hay mucho que contar, solo que hicieron falta tres mamotretos como él para contener el frenesí maníaco con el que llegó a Urgencias la noche que detuvieron a Rogelia. Según los que lo vieron, aquello era de no creer. Se ve que en Cuba, ese tipo de desenfrenos mentales deben estar prohibidos. Pero claro, como este era extranjero y encima ignorante —de hecho, cuando una empleada de una agencia de viajes le habló de Cuba, este le dijo: “Pero linda, para frío me vuelvo a Rusia”, pensado que la isla caribeña quedaba cerca de Alaska—, arrebatado como estaba esa noche, dio rienda suelta a lo primero que se le pasó por la cabeza y ni siquiera midió las posibles consecuencias de semejante desatino.
El caso es que Yerober, en medio de un arrebato al modo de Rogelia pero sin el candor y el glamour de los de ella, se puso a gritar como un marrano en medio del office de enfermería del centro sanitario, que, por cierto, era una salita de cuatro por cuatro atiborrada de niños, algún que otro perro muerto de hambre y el infaltable borracho de turno que no paraba de hacer gala de los vasos de ron que llevaba encima, como si aquello hiciera falta aclararlo: 
—¡Que suelten a la Rogelia!, ¡manga de dictadores! —vociferaba el ruso, y no tenía ni idea del lío en el que se estaba metiendo.
Lo aguantaron poco más de diez minutos, hasta que aquello no dio más de sí y el responsable de la salita, un médico cienfueguero más negro que el latón, pequeñito como una hormiga pero con una mala leche que no le cabía en el cuerpo, llamó a tres energúmenos que tenía de reserva para estos casos: tres hermanos, vecinos del barrio, vagos como el padre pero con un afán de protagonismo sin parangón y que, a falta de cerebro, gozaban de una osamenta digna de echar para atrás hasta al loco más avezado. Al de bata blanca no le hizo falta más que salir a la puerta y chistar para que aquellos tres se personaran como soldados y, a cambio de un par de monedas para ahogar sus pequeños vicios, arreglaran el balurdo que el ruso le había montado en aquel tinglado con aires sanitarios.
—¿Qué te pasa broder? ¿Que tú estás diciendo? —le lanzó el más pequeño de los tres, mientras con una mano lo cogía de un brazo, y con la otra le acariciaba la cabeza con ánimo de que aquello se convirtiera rápidamente en un coscorrón.
Pero claro, siempre se ha dicho: la ignorancia es la madre de muchas desgracias. Y, en este caso, el ruso hizo gala de la suya. No solo no se cortó, sino que embanderó su defensa retrucando la apuesta de que en ese país eran todos unos dictadores. Y no solo eso, sino que se atrevió a decir que quería hablar con el presidente:
—¡Quítenme las manos de encima, abusadores! ¡Y llevenme ya mismo a la embajada! ¡Ya pediré yo hablar con el cabecilla de este país bananero, que menudo dictador será ese también, para tener a esta prole de represores a cargo!
Los cubanos que había en la sala no daban crédito a semejante desparpajo; incluso los perros lo miraban embobados. Hasta que a aquellos tres armatostes con alma de segurita se les acabó la paciencia, le pegaron un par de cachetazos bien puestos, y Yerober cerró el pico y se puso a llorar a moco tendido llamando a Rogelia.
En síntesis, que una vez acabado el espectáculo, acabó sentado en el suelo con una veintena de ojos encima y abrazado a uno de sus “abusadores” —el mayor de los tres, un verdadero mamut pero sensiblón como una María Magdalena—, mientras sus dos hermanos se descojonaban de risa viendo cómo el médico le daba golpecitos con dos dedos en la vena para hincarle un tranquilizante.
Para sintetizar: finalmente, Yerober se pasó dos días embobado y babeando en un cuartucho de pladur que el cienfueguero se había montado detrás del despacho y que no siempre —hay que reconocer que las menos de las veces— usaba con fines “terapéuticos”.  Eso sí, cuando se le fue el efecto de los sedantes, le quedó tal resaca emocional que aquello le sacaba una lágrima hasta al malo de Terminator. Así y todo, al cubano no le tembló el pulso para fletarlo como si de mercancía de descarte se tratase:
—Oye, chico…, , levanta el culo y esfúmate, que la estadía se acabó y esto no es un hotel. Va, va, levanta, levanta…
Aturdido, el ruso se vistió, juntó sus cosas —días más tarde, una vez en España, se daría cuenta de que le habían robado el reloj— y, mientras se ataba los cordones de los zapatos, intentaba hacer de tripas corazón para poder digerir la ruptura sentimental con Rogelia, el diagnóstico de “Manía persecutoria” que le acababa de enchufar el galeno y, como si esto fuera poco, el haberse quedado con apenas noventa euros —porque hay que decir que el cienfueguero le cobró el arrebato bajo amenaza de denunciarlo a las fuerzas policiales.
 A todo esto, Rogelia seguía en el calabozo, lloriqueando a más no poder porque la habían separado de la cubana por culpa de sus actitudes impúdicas —y es que ni ahí dentro se podía controlar—,  y restregándose los bigotes y la barba que, de tan largos que tenía los pelos, parecía un hipster.
—¡Tráiganme a mi azuquita, por favor, que no puedo más con esta angustia uterina! —gritaba desde la celda, y a punto estaba de darle uno de sus arrebatos con la cabeza—. Sea humano, Oficial, ¿o es que acaso usted no tiene madre?
No sabemos si el oficial tenía o no madre; lo que sí se sabe es que, mientras la pobre Rogelia se desgañitaba la garganta aullando por la cubana, esta se pasó toda la noche gozando como una perra en celo abotonada con el susodicho agente del orden. Y claro, dicen que dos tetas tiran más que dos carretas, y nunca mejor dicho: apenas despuntó el sol, mientras Rogelia no dejaba de mirar con sus ojos insomnes hacia la celda en la que debería estar la cubana, esta se le apareció como un fantasma por el pasillo, toda acurrucada al cuerpazo del policía y con una cara de trasnochada al mejor estilo Courtney Love.  
En cuanto la vio, Rogelia se levantó del catre como si tuviera un resorte, se alisó los rulos, se toqueteó un poco la barba y los bigotes de forma mecánica y se echó contra las rejas:
—¡Azuquita mía, “mi amol”!  ¡No me digas que nos vamos! —dijo Rogelia, ilusa ante la evidencia.
Pero la cubana ni siquiera la miró, embelesada como estaba aferrándose fuerte al brazo de piedra del policía.
—¡Azuquita, azuquita mía! ¡No te vayas sin mí! —insistió Rogelia, a pesar de la indiferencia de aquella traidora sentimental.
Y entonces sí, cuando la cubana desapareció de su campo de visión, como si una bomba de hielo acabara de caérsele encima, Rogelia endureció la cara, torció la boca, pegó un alarido que hasta los mismísimos muertos se habrán revuelto en sus tumbas, y empezó a revolear la cabeza para un lado y para el otro, para arriba, para abajo, mientras convulsionaba como un perro rabioso y gritaba, en medio del calabozo:
—¡Soy puta! ¡Soy puta!
Y a todo esto, en España, Benigno reía a pata suelta en medio de su salón, cubierto de volutas de humo con olor a sándalo, mientras no paraba de frotar sus piedras de cuarzo visualizando a la pobre Rogelia.

continuará... 
 
Fernando Adrian Mitolo ©

13 de febrero de 2016

Still Life

La historia de un hombre especial


A veces, alguien solitario, obsesivo y sin vida social, y aparentemente alejado de lo que consideramos “la vida real”, puede esconder a una persona extremadamente bella.

Es el caso de John May, el personaje brillantemente interpretado por Eddie Marsan en el film de Uberto Passolini “Still Life”: un empleado de ayuntamiento, cuya labor cotidiana consiste en encontrar a los seres queridos —o a veces no tanto— de las personas que acaban de morir y que nadie reclama, para organizarles su funeral.

El final, como si de una verdadera bofetada del destino se tratase, nos muestra una interesante paradoja, a la vez que una curiosa vuelta de tuerca, que removerá las emociones más profundas.  

"Still Life": un canto al verdadero sentido de la vida, a la bondad, a la humanidad y al altruismo, sobre el telón de fondo de la muerte.



Fernando Mitolo ©

Febrero de 2016

9 de febrero de 2016

El diario de Malena


La conocí por casualidad, hace ya de esto unos meses, al revolver sin tino unas cajas de cartón que había arrumbadas encima del aparador de pino del trastero, en medio de una lucha cuerpo a cuerpo entre el insomnio y mi eterna manía por ordenar lo ordenado.

Al parecer, se hacía llamar Malena, como la del tango; pero solo por algunos pocos a los que, después de un largo intercambio de infortunios y algunas otras cosas, decidía abrirles también las puertas de su dolor. Me di cuenta de que yo había estado excluido de todo aquello, hasta esa noche.

Sé que no fue una jugada limpia por mi parte, que debería haber respetado el silencio de Susana. Pero no pude, y seguí leyendo. Poco a poco, fui descubriendo sus deseos, otros, unos que yo jamás había siquiera conocido. Y otros miedos, mucho más carnales, quizás inconfesables.

Sentado en el suelo, devoré las hojas de ese cuaderno de  tapa dura hasta que me sorprendió la luz del amanecer. Y así fue como, letra a letra, palabra tras palabra, empecé a querer a Malena. Me enamoré de ella ciegamente, con la furia de esos amores que nos carcomen hasta el último centímetro de nuestras entrañas.

Con el corazón todavía en un puño, dejé el diario, volví a la habitación y, a través de la puerta entreabierta, comprobé que Susana aún dormía. Y tuve una extraña sensación de irrealidad. De pronto, en cuestión de segundos, vi cómo la mujer con la que hacía más de veinte años compartía mi vida, se desmoronaba ante mis ojos. Sin hacer ruido, cerré  la puerta y volví al trastero. Me senté en el suelo, cogí el diario de Malena… y continué leyendo.

Fernando Mitolo ©
Febrero de 2016