6 de octubre de 2016

La broma absurda

Capítulo XIV - El reencuentro


—Jajajaja, tú estás loco, m´ijito, y nunca mejor dicho. ¡Esta cabecita ahora es mía! A buenas horas te acuerdas de reclamarla —respondió Rogelia, con la cara toda colorada y esa risa socarrona que sacaba a relucir cuando estaba nerviosa, mientras con una mano se acomodaba el pelo recién planchado y con la otra se quitaba de encima de su pierna la cara de Lurdita, que, agachada a su lado, no paraba de besuquearle la rodilla y repetir una y otra vez: “¿Quiere ver a sus nietitos?, ¿quiere ver a sus nietitos?..., enséñenle ese piquito a la abuela, venga, enséñenselo” —y, como si fuera una verdadera sinfonía hecha de muecas y con la mirada fija en el alféizar de la ventana, “hablaba” con sus “pichoncitos”, los ya crecidos hijos del Mirlo que, según ella, habían salido “igual al padre”.
En ese momento, entró Arantxa, la vasca:
—¡Hostia!, ¡ya estamos otra vez con eso! Venga, basta de ñoñerías, deja a tu suegra tranquila. Dame el bracito, vamos, que esto te va hacer bien; ese no, el derecho, que la vena se te nota mejor —le dijo, con los ojos desorbitados, al tiempo que, con un gesto de los que hacía cuando estaba en la Kale Borroka, les ordenó a Benigno y a Rogelia que no mirasen, mientras hincaba la aguja y miraba de reojo cómo los diez mililitros de Haloperidol entraban por el antebrazo de Lurdita—. Bueno, preciosa, esto ya está —agregó al terminar la faena—. Vas a ver cómo en un ratito tus “pichoncitos” desaparecen y te quedás tranquilita. Pobre, ya ve —le dijo a Rogelia—, está cada día más desquiciada; si es que parece sacada de la mismísma Salpetriere. Y este, joder, otro tanto. ¿Sabe lo que dijo el otro día en la terapia de grupo?
—Mmmmh…, no, ¿qué dijo? —preguntó Rogelia, un poco sorprendida por el desparpajo de la enfermera, y acomodándose el flequillo, miró hacia Benigno con cara de lástima.
—Que quiere que usted le devuelva la cabeza, eso dijo. ¿Se imagina? La verdad que eso es para estudiarlo, eh…, porque yo después me preguntaba, si este hombre le da su cabeza, que en realidad no es la suya sino la que le quitó a usted…, decía, si él le da su cabeza y usted le devuelve la que tiene puesta, que tampoco es la suya sino la de él, que se la encasquetó el día de la jaqueca, yo me pregunto, ¿entonces, la que se quedará loca es usted? ¡Jopé!, ¡la verdad que es para que los psiquiatras escriban un libro! En fin, señora, voy a seguir con la ronda, que ahora me tocan las bipolares, que no sé qué cojones les dio que están las cinco en fase maníaca y me tienen el turno que parece un carnaval. Como si fuera poco, el doctor no está, Melissa, “la coloncha”, de vacaciones en Colombia, ¿entonces?, hala, la Arantxa de responsable; pero conmigo estas no joden. Las peores son las argentinas, dos hermanas solteronas que dicen que en realidad están muertas y que son un espíritu, que sus cuerpos los tienen guardados en una bóveda de La Recoleta, un cementerio precioso, por cierto, lo miré en Internet. Se quejan de que el hermano, un tal Abelardo, se la pasa dándoles el coñazo diciéndoles que tiene la cabeza sucia y contándoles sus penurias con la madre, al parecer, otra loca de remate igual que ellas dos. Aunque sabe qué, al menos estas petardas le levantan un poco el ánimo al melancólico que entró hace una semana, que está con la cantinela de que su novio lo dejó porque es una mierda y que Dios le dice que se tiene que suicidar para enmendar los años de sufrimiento que le hizo pasar a ese pobre cristiano. Qué cosa la cabeza, ¿verdad?, es un verdadero misterio. En fin… agur, señora  —dijo la vasca, y, para alivio de Rogelia, salió de la habitación con la misma cara de mala hostia que había entrado.
A todo esto, a Lurdita le había hecho efecto el antipsicótico y yacía dormida en la cama de Benigno, con la boca abierta y babeando como si fuera un caracol, y abrazada a una de las correas que le habían puesto por miedo a que le diera otro arrebato místico como el del día anterior. Cuando Rogelia salió del estupor tras la verborrea de la enfermera, pero, sobre todo, cuando digirió las imágenes que se le habían venido a la cabeza en cuanto aquella le insinuó que si se volvían a intercambiar las cabezas con su hijo éste le podía contagiar la locura, fue terminante, y sólo le bastó eso para decidir que, de ninguna manera, le devolvería su cabeza a Benigno. Podía llorar, patalear, hacer lo que quisiera, que no se la devolvería.
Y mientras pensaba esto, Rogelia se acariciaba la melena, primero de un lado, después del otro, y decía: “¿Viste, Benigno, qué lindo que me dejaron el pelo? ¿A que me queda mejor así, alisado?, no como lo tenías tú, esa mata de rulos que parecía un arbusto”, y entonces se reía y se acariciaba el pelo, y miraba a Benigno, que seguía embobado y con la mirada perdida en el techo, y luego a Lurdita, toda esmirriada, con los labios pintados de negro y con su cuerpo pegado al de Benigno, su amado Mirlo, y le tocaba la frente, hasta que, sin apenas darse cuenta, poquito a poco, fue entrando en trance, y comenzó a mover la cabeza, a revolear los ojos, y otra vez la cabeza, para la izquierda y para la derecha, y la cara que se le empezaba a desencajar, muecas con los ojos, muecas con la boca, entonces se levantó, y ya era el cuerpo el que se le empezaba a poner inquieto, a contonearse de arriba abajo, y ya algo le decía que era hora de echarse suelo y que había que ponerse a reptar como una víbora, hasta que, de pronto, llegó el toque de gracia:
—¡Soy puta!, ¡soy puta! —empezó a gritar, con un vozarrón que hasta Lurdita, con media jeringa de Halopidol en el cuerpo, abrió los ojos y levantó la cabeza para ver a qué se debía tanto jaleo.
La vasca no se hizo esperar; no pasaron ni dos minutos que, cuando Rogelia se quiso dar cuenta, ya la tenía encima de la espalda con el inyectable preparado para aguijonearle el brazo.
—¡Soy puta!, ¡soy puta! —seguía vociferando Rogelia, y, al rato de que el líquido amarrillento acabara de comerse las líneas de la jeringa, los ojos ya comenzaron a pedirle reposo, se le abrían y se le cerraban, se le cerraban, se le cerraban, hasta que de pronto ya no se le abrieron… y la vasca se asustó, se dio cuenta de que quizás se le había ido la mano con el Diazepam  y empezó a darle cachetones:
—¡Hostia!, ¡joder!, ¡abra los ojos, venga!
Pero Rogelia no reaccionaba.
—Vamos, querida, no me des estos sustos ahora, que qué le digo yo al Director, que se supone que me dejó de responsable porque soy de confianza —decía la vasca, como si la otra la escuchara, y un par de lágrimas, tímidas pero de verdad, le empezaban a asomar por sus ojos.

Continuará…

Fernando Adrian Mitolo ©

2 de octubre de 2016

El hada y el ermitaño

Para Belkys



1
 Se le apareció de repente una mañana de otoño. Ese día, ella, aburrida y cansada de su propia existencia, había decidido jugar. Entonces, se escondió de la mirada de su  madre, subió a la rama del abeto, batió sus alas de seda y remontó vuelo hacia donde el viento la quisiera llevar; y así fue como, dos horas después, mareada y un poco aturdida por el capricho del alisio, aterrizó en la casa de aquel ermitaño teldense. Después de sacudirse de arriba abajo, se metió por el hueco de una ventana entreabierta y trepó por la pared hacia un lugar que fuera seguro. Una vez allí, curiosa, comenzó con el ritual de siempre: se puso a mover rápidamente las alas, al tiempo que sus ojos, como si fueran un radar, iban registrando palmo a palmo cada centímetro de aquella pocilga con olor a comida recalentada. Sentado al borde de su mesa de trabajo y ensimismado en su repetitiva obsesión por los soldaditos de plomo, el ermitaño bufó molesto por el ruido de la mágica danza. Giró su cabeza hacia el lugar desde donde venía el sonido y entonces la vio. Lejos de asustarse, ojeó por encima de las gafas y afinó la vista para verla mejor. Ella se detuvo, se soltó sus largos cabellos y le regaló una mirada traviesa. Él, extasiado por el verde esmeralda de aquella cabellera, hizo a un lado el soldadito de plomo y alzó sus brazos para cogerla del techo. Ella aceptó el envite y, con una sonrisa en los labios, se posó sobre la palma de la mano del ermitaño y se dispuso a jugar. Lo que él no sabía era que aquello, más que un juego inocente, sería el principio de su triste final.

2
Después de esa mañana, cada día, el hada visitaba al ermitaño y, entre carantoñas y sonrisas bobaliconas con sabor a malicia, le entregaba todos y cada uno de sus resquicios. Poco a poco, lo fue enloqueciendo. Y a ellos, a sus eternos y cautivos  soldaditos de plomo, comenzó a inocularles el veneno de una utópica libertad. Primero con timidez pero luego con el ardor de los enamorados, ellos decidieron convertirla en su gran salvadora. A espaldas del ermitaño, cada vez que este se distraía con sus incansables rituales y absurdas manías, los soldaditos de plomo se las ingeniaban para salir de sus vitrinas, saltar sobre las alas del hada, y entonces la cubrían de mimos, de besos y caricias que, prisioneros, ansiaban el día de su libertad. Hasta que una mañana, el ermitaño los descubrió y, furioso, tras encerrarlos en un armario con llave por lo que consideró un agravio imperdonable, cogió al hada por una de sus alas de seda y la echó a volar, no sin antes ordenarle que nunca, nunca jamás, volviera.

3
Y ella nunca volvió. Quizás por eso, el armario de madera que hacía las veces de cárcel de sus amados soldaditos de plomo, se fue oscureciendo cada día más con la negrura de una tristeza sin fin. Pero un día, ellos, a punto de ahogarse en las aguas de ese luto insoportable, decidieron salir a la superficie y urdieron el plan. Lo harían de noche, una vez el ermitaño acabara con su luctuosa liturgia obsesiva y cayera rendido en los brazos de Orfeo. Nombrarían Capitán al Templario de Fuego, el más valiente de todos y, a sus órdenes, blandirían sus armas hasta resquebrajar los candados. Entonces empujarían las puertas del armario, se armarían de valor y descenderían lentamente por entre los agujeros dejados por las termitas. Una vez en el suelo y con sus armas en mano, seguirían las órdenes del Templario de Fuego y caminarían en fila hasta el borde del catre. Uno tras otro, escalarían por los jirones de la sábana hasta llegar a su ansiado destino. ¡Alto!, diría la voz del Templario, y todos obedecerían sin dudar. No podrían permitirse ningún error, ningún impulso sin ley; eso sería fatal. ¡Preparen!, ordenaría después el Capitán, y, ahí sí, cada cual empuñaría su arma con fuerza, hasta sentirla adherida a su piel y como si fuera parte de sus propios cuerpos de plomo. Sólo entonces, con la sangre de la venganza hirviendo en su interior, esperarían la orden final, esa que les daría, de una vez por todas, la verdadera libertad. Y así, a la voz de: ¡Aséstenlo ya!, los soldaditos de plomo descargarían su furia y su odio sobre el cuerpo del ermitaño. Una y otra vez, puñalada tras puñalada y bala tras bala, hasta convertir su piel en escamas y dejar su carne al descubierto, inerme, muerta, sobre la humedad sudorosa del catre.
FIN
Fernando Adrian Mitolo ©
Octubre de 2016

24 de septiembre de 2016

La broma absurda

Capítulo XIII - La cara oculta de doña Erlita



—¡Buenos días, doña Gelita!, ¡al fin se despierta!
—Uffff, qué resaca…, ni que me hubiese tomado una botella de ron. Esto es por lo que me dio el zanguango ese de la Cruz Roja, y tan tontito que parecía. Ay, Erlita, usted no sabe los colocones que me pegué yo en La Habana con la mulatona de la pensión. No sabe cómo echo de menos a bomba de azuquita…, ¿dónde estará esa zorra?  —se lamentó Rogelia, ajena a los bajos deseos de la costurera y como si ésta estuviera al tanto de sus arrebatos lésbicos en la isla caribeña.
—¿Qué es eso de la bomba de azuquita, Rogelia?, ¿un dulce típico de allá? Es que ayer dijo lo mismo, “Ay, mi bomba de azuquita”…, ¿qué es?, dígame —preguntó a la vez doña Erlita, haciendo gala de su más bella indeferencia como si no intuyera de qué iba la cosa, pero retorciéndose por dentro de solo imaginar a su “Gelita” revolcada con la cubana.
Fue entonces cuando Rogelia cayó en la cuenta de que se le había ido la lengua:
—Déjelo así, doña Erlita, es una historia larga, algún día se la contaré —dijo Rogelia, sonrojada, como para salir del entuerto.
—Bueno, cuando quiera —respondió la otra, algo molesta, con una cara que denotaba alivio y, a la vez, su morbosa curiosidad instisfecha—. Por cierto, anoche llamaron de la clínica; dicen que el Benigno quiere verla.
—¿A quién?
—A usted, ¿a quién va a ser? Al parecer está arrepentido por todo lo que le hizo. Yo mucho no entendí porque el hombre me hablaba con unas palabras muy raras así que en un momento desconecté y la cabeza se me fue quién sabe dónde. Decía algo así como…, espere que recuerde, dedales, retales, eso, retales, retales obsesivos, y también nombró algo de unas  ideas, megafo…megatoma… megamólamas, algo así…
—Ay, Erlita, por favor, qué ignorante que es usted, eh, me va a perdonar. El hombre, que imagino que sería un médico o un enfermero, habrá dicho rituales, no retales, y ese trabalenguas que tiene enredado en la boca y no acaba de salir debe ser “megalómanas”. Pero bueno, seguro que no sabe ni lo que es eso de…
—Pues no, Rogelia, la verdad que no sé —interrumpió Erlita—, doctora no soy, y usted tampoco, así que no se me haga la inteligente ahora. Yo de esas cosas raras no entiendo nada. A mí hábleme de agujas, botones y ruedos, que de eso le doy una masterclass; del resto, mejor no saber.
—Si, eso, mejor ni saber —repitió Rogelia, haciendo caso omiso de la reacción de la costurera—. Aunque, ahora que lo dice, ¿qué habrá querido decir el doctor con eso de que el Benigno está arrepentido por todo lo que me hizo?, ¿usted sabe algo?, ¿qué me habrá hecho ese desgraciado? ¡Mire la duda que me metió ahora en el cuerpo, Erlita, como si no me bastara con lo que tengo!
—¿Qué?, ¿qué tiene? —preguntó doña Erlita.
—¡Cómo qué cosa! ¡Le parece poco salir del avión arrastrándose como una víbora y gritando a bocajarro que soy una puta! Ay, doña Erlita, ¡qué nerviosa que me pone! Hala, ¿por qué no se va para su casa?, que ya me ayudó bastante con irme a buscar al aeropuerto, traerme hasta aquí, prepararme la tila y todo eso. Vaya a descansar, venga, que seguro que además tiene ruedos que coser o botones que colocar. Yo ahora necesito estar traquila y descansar. Además, quiero ir a ver al tarado ese de mi hijo, a ver qué es eso tan importante de lo que está arrepentido. Hala, venga, váyase tranquilita que cuando yo la necesite la llamo —le dijo, y como si de pronto la poseyera el espíritu de una santa, se le abalanzó, le cogió la cara con las dos manos y le soltó: —Ay, Erlita, deme un beso, vamos, que usted no sabe cómo la quiero, ¿qué haría yo sin una vecina como usted? —y empezó a relamerse los labios y a acariciarle la entrepierna.
—No, si a usted lo de hacerse la víbora le queda pintado —respondió, dolida, la costurera—. ¡Y quite, quite, vaya a tocar a las plantas! —y se sacó la mano de Rogelia de encima—.  ¿Sabe qué? Ahora veo que el Benigno tenía razón con eso que decía. Y, ¿sabe una cosa?, que no se lo voy a decir. Mejor exprímase la cabeza, retuérzase esos rulos que tiene y a ver si entre esas costras de mugre le salta la liebre y adivina. Hala, a estar bien; saludos a su hijo y a su nuera. Ah… y tenga cuidado, cuando llegue a la clínica no se haga la anaconda, no vaya a ser que la dejen adentro —le espetó, disimulando su dolor con enojo, y, con lágrimas en los ojos y un repentino deseo de masturbarse, salió disparada hacia la puerta jurándose a sí misma que nunca jamás le dirigiría la palabra. Y así fue, porque esa tarde, Rogelia, salió para no volver.

Continuará…

Fernando Adrian Mitolo ©

10 de septiembre de 2016

Un mate llora en el Cap de Creus



Un viaje dentro de otro Viaje. Continente y contenido que acaban muriendo y que se arrastran mutuamente hacia el vacío de un precipicio sin retorno. Una Ruta abierta y cerrada por ese mismo Destino que algún día se creyó omnipotente. Al borde de un acantilado, sobre el extremo oriental de un territorio, algunos signos ya delatan el final; un desenlace que se anticipa en esa especie de fatal alegoría y que hace alarde de su poder tatuado sobre la piel de aquel objeto mágico: un mate.
Primero una herida, imperceptible pero real. Luego un corte, tímido pero feroz. Y finalmente una grieta que acabará cediendo y, como si fuera un Oráculo, demostrará de forma inexorable la fragilidad de aquel objeto y la caducidad de aquel amor. Final de una Ruta que se creyó Sagrada y que, quizás, lo fue. Entretanto, en silencio al lado de aquel viajero incansable, un mate ya quebrado llora en el Cap de Creus.

Fernando Adrian Mitolo
Agosto de 2016

23 de julio de 2016

El sendero de la Gloria




 Y aquel día, tras ser conminados los dos hombres ante el Visir, este les dijo:

—Antes de continuar el camino, debéis responder a una pregunta: ¿Qué es para vosotros la Gloria? Que sepáis que, dependiendo de la respuesta, vuestra ruta será de una manera u otra.

Sorprendidos ante la supuesta simpleza de la pregunta, ambos hombres se apresuraron a responder:

—La Gloria es aquello que no muchos alcanzan —dijo uno—. Algo que está más allá de  lo tangible.
—Pues, para mí no es otra cosa que el Cielo, ese destino que todos, en alguna medida, queremos alcanzar pero que, quizás, nunca alcanzaremos —agregó el otro.

El Visir, con gesto circunspecto, aunque no tan sorpredido por las trilladas respuestas de los viajeros, les dijo:

—Pues, que sepáis que la Gloria no es nada de eso que acabáis de decir. Nada de lo que os han hecho creer a lo largo de vuestra existencia, nada de eso es la Gloria. La Gloria está constantemente a vuestro lado, en cada momento, en cada  instante que vivís. No es algo intangible o celestial, ni nada que no pertenezca a este mundo. Solo tenéis que estar atentos a vuestras sensaciones, a lo que sucede en vuestros instantes compartidos, y allí la encontraréis, siempre.
Para que podáis comprobarlo, deberéis dirigiros hacia la Tierra de los Volcanes y, una vez allí, buscaréis el sendero que va desde el Roque Sagrado hasta la Costa del Faro. Serán cinco días de travesía en los que, si realmente estáis atentos, encontraréis infinidad de oportunidades para sentir en vuestros corazones esa ansiada Gloria. Es importante que al acabar el quinto día os separéis. Os llevaréis lo vivido en vuestros corazones. Eso os reforzará y os preparará para vivr con plenitud el momento del próximo encuentro. Hasta que aquello se produzca, os mantendréis conectados a través de un objeto que os intercambiaréis al separarse y del recuerdo de lo compartido en el Sendero de la Gloria. Ahora debéis iros. Y recordad, caminad siempre juntos y mantened vuestra Vela de la Ilusión Eterna encendida.

Dicho esto, el Visir desapareció y los dos viajeros emprendieron el camino hacia la Tierra de los Volcanes. Y así fue como tras cinco días de travesía por aquellas Tierras Afortunadas, los dos hombres comprobaron que, en efecto, la Gloria estaba junto a ellos, a cada instante, en cada momento compartido. Finalmente, se despidieron tras abandonar la Costa del Faro, con lágrimas de alegría y un sinfín de abrazos insaciables. Emocionados, se prometieron un nuevo encuentro en la Ciudad que No Duerme. Y, como les dijera el Visir, cada uno le entregó al otro un objeto preciado: el primero, una de sus pasiones, un conjunto de letras escritas tiempo atrás, producto de su imaginación. El otro, su eterno compañero de viaje, una pequeña parte de sí, azul como el mismísimo mar.

Fernando Mitolo

22 de julio de 2016

Si hoy un dios...



Si hoy un dios me diera la posibilidad de cometer una locura y no morir en el intento, me bebería entera el agua de este mar y emprenderia raudo la marcha hacia tu encuentro.


Fernando Mitolo

21 de julio de 2016

De palabras y emociones



No sé bien si es un problema de mi boca o de mi lengua, pero desde hace unas semanas, se me agolpan como marabuntas un centenar de palabras que luchan desesperadamente por salir. Desde monosílabos de colores variopintos hasta vocablos con luces grandilocuentes, pasando por sintagmas cargados de emoción y alguna que otra rezagada con aires de telenovela, el caso es que tengo la sensación de que mi boca se me está quedando chica para contener tanto traqueteo lingüístico.
Se me ha ocurrido consultar con todo tipo de profesionales, desde logopedas y neurólogos, hasta esos que dicen que curan los males del alma. Pero una viejecita del pueblo me ha dicho que me deje de tonterías y que no haga caso a esos manosantas y santeros de universidad. Fue clara y contundente: 

-El problema, mi niño, no es ni de la boca ni de la lengua –me dijo, con cierta sonrisa socarrona-. Lo que a ti te pasa es que tienes el corazón enamorado. Y como ese desgraciado es el que manda en estas lides, déjale que haga lo que tenga que hacer, que juegue con las palabras y las ponga bonitas, que las engalane con los mejores oropeles y así se las puedas ofrecer al destinatario de ese amor. Y cuando sientas que la boca te está por explotar y por algún motivo te sea imposible decírselas al oído, ábrela y déjalas salir, aunque sea al viento, que esté donde esté, seguramente, él las escuchará. 

Fernando Mitolo

17 de julio de 2016

La broma absurda

Capítulo XII - La vuelta a España

 

    —Dejate de joder, Beni, ya te lo dije: si abusás de estas cosas, te vas a arrepentir —profetizaba el santero en medio de la humareda que había montado Benigno, mientras este no paraba de agitar las virutas de palo santo.
    —Quita, quita, que esta no me la pierdo —decía Benigno, al tiempo que la cara se le contorsionaba, visualizando a Rogelia en medio de otro ataque de posesión diabólica frente al mostrador de Air France en el aeropuerto de La Habana.
    Y es que Rogelia era fuerte, pero con la debilidad que llevaba en el cuerpo con tanto revoltijo de emociones, la pobre no pudo resistir al embrujo del malvado Benigno que, a diez mil klilómetros de distancia, la seguía martirizando como si fuera una marioneta.
    —Quédese tranquilo, señor —le decía la empleada, tras un mohín suspicaz, y la otra revoleaba aún más la cabeza ante semejante descaro.
    —¡Soy puta, soy puta! —decía gimiendo, al tiempo que un voluntario de la Cruz Roja la sentaba en la silla de ruedas, para llevarla de una vez por todas a la puerta de embarque y acabar con semejante bodeville.
    Finalmente, la aventura habanera acabó y Rogelia volvió a Madrid con el rabo entre las piernas y más desquiciada que cuando se fue. Y es que no todos los finales son como en las peliculas de Hollywood. Al menos no para ella. Una vez en Barajas, lo primero que vio al traspasar la puerta de salida después de recoger las maletas, fue la cara compungida de doña Erlita. Una verdadera sorpresa, si vamos al caso, habida cuenta de la envidia que al parecer le tenía la costurera —aunque nunca hubiera demostrado ni un ápice de tan vil sentimiento—, por “ese precioso rulerío”, decía, refiriéndose a la mata de pelo que Rogelia ostenteaba sobre su incrustada y ajena cabeza. En fin, al final uno nunca sabe por dónde pueden salir las liebres.
    El caso es que Rogelia, todavía un poco atontada por el efecto de los Lorazepam que le hizo tragar el de la Cruz Roja diciéndole que eran “pastillitas para el mareo”, en cuanto vio a doña Erlita se espabiló y, como si de una aparición se tratase, se le abalanzó como una fiera y la empezó a besuquear en el cuello al tiempo que le decía: “ Ay, mi bomba de azuquita, mi amol”.
    —Bienvenida, Gelita —dijo la costurera, seca y con cara de asco, intentando contener el ímpetu de aquel desenfreno con olor a bajas pasiones—. Baje las revoluciones, que el horno no está para bollos. Quite, venga, se lo diré así, sin mucho aspaviento pero sin vueltas. Ha pasado una desgracia: el Benigno está internado en la clínica aquella, la de los locos, con la Lurdita. Parece que de tanto juguetear con esas cosas raras, que si humos, que si piedras de cuarzo, acabó más chiflado que ella. Y ahí los tienen a los dos, amarraditos a una cama de matrimonio que les montaron en una de las habitaciones, dicen que para evitar que hicieran una locura, valga la redundancia, delirando como santa Teresa de Jesús y asegurando que ahora los dos van a tener un hijo del Mirlo. ¿Qué será eso del Mirlo? ¿Usted sabe algo?
    Rogelia, aturdida frente a semejante recibimiento, acabó desplomada en el suelo. Pero esta vez, en vez de revolear la cabeza, empezó a reptar por el lounge del aeropuerto como si fuera una verdadera boa constrictora, esquivando a diestra y siniestra a los que, azorados, no daban crédito ante tan singular espectáculo, y vociferando como siempre: “soy puta, soy puta”.
     Uno se podría preguntar cómo era posible que, estando internado el artífice de aquellos frenéticos arrebatos, Rogelia volviera a ser presa de uno de ellos. Y es que, a fuerza de tanto reprender a Benigno sin éxito, al santero le dio por probar aquella fruta prohibida y, en medio de una humareda con olor a ruda y maderas del Himalaya, se puso a invocar a sus más avezados poderes de visualización. El caso es que aquella tarde, no se sabe bien cómo, pero su pensamiento se le iba continuamente hacia la selva del Amazonas. Y claro, parece que lo único que veía eran árboles y serpientes, mezclado con alguna que otra palabreja que le había oído proferir a Benigno cuando jugueteba a ser brujo. Al principio intentó desviar la atención hacia algo más personal, pero viendo que ese día no estaba con todas las luces, se dejó llevar, y así fue como la pobre Rogelia acabó convirtiéndose en una serpiente con aires de prostituta.
    Lamentablemente, este fue solo el principio de la nueva odisea que le esperaba a la madrileña. Solo decir que, una vez la rescataron de aquel inesperado arrebato, doña Erlita se la llevó para su casa, le preparó una infusión de tila con cascaritas de naranja y miel, y esperó a que se durmiera, mientras en voz baja le decía: “ay Gelita, mi linda Gelita, usted no sabe lo que daría yo por tener esa cabellera encima de mi cabeza”, al tiempo que le acariciaba los rulos y se restregaba la pierna contra el borde la cama.



Fernando Adrian Mitolo ©