20 de agosto de 2015

El coste emocional de nuestra lógica cartesiana

Ayer me descubrí pensando algo que, en nuestra cultura —tan aferrada a valores extraños y, a veces, inentendibles—, pareciera imposible de aceptar. Y me refiero a una situación tan cotidiana y humana como lo es una ruptura sentimental. O, más bien, a lo que viene después: "el duelo".

Nadie pone en duda que, cuando una relación sentimental se acaba, hay cosas que duelar. De una parte y de otra, hay que elaborar lo que se pierde. Y ahí, ya se ponen en juego las estrategias y recursos de cada uno para, de una forma u otra, hacer frente a la tormenta de sentimientos y emociones que aquello acarrea.

Hay casos —quizás menos de los que, en realidad, nos gustaría contabilizar—, en los que esa relación que se acaba da pie a otra diferente. En concreto, cuando el amor se troca en amistad. No es fácil, claro está, pero no es imposible.

Y ante esto, las preguntas que me surgen son muchas: ¿Por qué, por lo general, consideramos una ruptura sentimental como si fuera "un paso atrás", "un retroceso", "una frustración personal"? ¿Quién determina dónde está ese "adelante" y ese "atrás"? En alguna parte, leí que un divorcio debería festejarse. Y quizás sí. Al menos por lo que a "oportunidad de cambio y crecimiento" se refiere. Pero esto es impensable en nuestra lógica del 1+1=2, del blanco o negro, del arriba o abajo, y del adelante o atrás.

Por eso, como uno más de tantos corazones destrozados por el supuesto "desamor", no dejo de darle vueltas a la pregunta de: ¿por qué cuando dos personas que llevan muchos años como amigos y, de pronto, deciden cambiar el registro de su relación y pasar a ser pareja, no se plantean la posibilidad de hacer un duelo?  ¿O es que, acaso, en esa situación, no hay nada que duelar? ¿Quién podría asegurar que allí nada se pierde?

Pero no, en nuestra vetusta cultura cartesiana eso se ve como "un paso adelante", "como un plus", "como un triunfo personal" y, por ende, como algo que no conlleva ninguna pérdida. En cambio, en una ruptura a partir de la que, presumiblemente, se puediese generar una relación de amistad sana y profunda y, quizás, mucho más positiva que el "amor" que la precede, todo se tiñe de negro. ¿Por qué?  

Para pensar...

Fernando Adrian Mitolo ©

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