14 de julio de 2015

El rubito

Con este relato gané hace unos años el 2º Premio del Concurso: "¿Cómo lo continuarías?", organizado por la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife. 

 


1
Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Sin embargo, no fue eso lo que pensó Vargas la noche de la detención al verlo ahí, agazapado y hurgando detrás de los libros. Y todo por los celos, por los malditos celos. Nadie se explica todavía por qué se la tomó con aquel muchacho. Aunque sus compañeros de trabajo reconocieron que, durante los últimos meses, el señor Zaisberger estaba más huraño que de costumbre y, especialmente, con los adolescentes que acudían por la tarde. Al ver su aspecto rancio y blanquecino, la gente no podía más que sentir que ese hombre tenía algo aterrador. “¿Cómo puede alguien así estar al frente de una biblioteca?”, era lo primero que se preguntaban al advertir su presencia. Sin embargo, a pesar de ello, el señor Zaisberger cumplía con su trabajo desde hacía más de veinte años, y nunca una queja, jamás una mala cara.
Pero desde que el rubito —así lo llamaba—, empezó a asistir puntualmente todas las tardes, algo cambió. El chico se sentaba siempre en el mismo sitio, al lado del ventanal que daba al patio de luces, y ahí se quedaba, durante horas, devorando palabras. Empezó a detestarlo sin mesura, a aborrecerlo con una animosidad visceral que excedía sus capacidades de indulgencia. Cada noche, una vez que la biblioteca cerraba las puertas, en lugar de volver a su casa, Zaisberger se quedaba para revisar todos y cada uno de los libros que el muchacho había tocado. Lo requisaba absolutamente todo, examinaba página por página, palabra por palabra, de forma minuciosa y buscando algún indicio que diera cuenta de lo que venía intuyendo desde hacía varios días.
“Eliminaré una por una esas caricias prohibidas”, le dijo a sus Desdémonas y, enceguecido por los celos, quiso borrar frenéticamente las huellas digitales del rubito. Se lo tomó como una cuestión personal que empezó a alimentar día tras día con las migajas del odio y la venganza, hasta que tomó una desafortunada decisión.

2
Después de la denuncia, cuando Vargas se hizo cargo del caso, no pudo dejar de leer y releer aquel pedazo de diario escrito por Zaisberger:
“Detesto verlo. Cada tarde, con sus gafas de aumento, de punta en blanco la ropa, su pelito rubio arreglado y babeándose encima de ellas. Y lo hace delante de mí, las acaricia, las toca, incluso hay veces que las articula en voz alta. Vaya uno a pensar lo que se le pasa por la cabeza cuando las ensucia con sus dedos lascivos. Seguro que las desea, por eso viene todas las tardes, ¿por qué iba a ser, si no? Me da asco que las roce mientras se relame con la lengua sus impúdicos labios. Pero lo peor no es eso, sino el instante preciso en que las profiere. Lo aborrezco, ¿quién le da derecho a ponerlas en su boca?, ¿quién? Las susurra sin vergüenza, parece que les cuchichea, una y otra vez. Y me muero de celos de sólo imaginar que todas y cada una de mis palabras duermen inocentes en la humedad de su lengua. No le basta con halagarlas durante las tardes. ¡No! Necesita más, quiere más, y por eso las engatusa y les cuenta ficciones, para sacarlas de sus guaridas de papel y tapas duras y acogerlas en su trampa, ese hueco de saliva, de lujuria. Ellas eran mías y él me las robó. Y pagará por eso”.
El inspector Vargas dobló el folio entre sus dedos, miró el porta retrato con la foto de su hija que descansaba incómodo entre cigarros y papeles sueltos y se estremeció.

3
Aquella tarde, desde el momento en que el señor Zaisberger terminó de escribir su diario, se refugió en su cama y, cebado por la pestilencia del odio, sintió la necesidad de llorar. Noventa y nueve noches que mojó con sus lágrimas. Noventa y nueve lunas, en las que se alimento de insomnio. Pero la noche número cien el dolor terminó y empezó su último derrotero.
A la mañana siguiente se levantó junto al sol y, en un arrebato de energía exacerbada, entró al baño, se afeitó y se duchó. Luego se engominó el cabello, se puso colonia, tomó rápidamente un café recalentado y agarró su maletín para dirigirse a la biblioteca. Sobre las cinco de la tarde, el rubito entró por la puerta y se acercó al mostrador. Como siempre, sus gafas de aumento, de punta en blanco la ropa y su pelito arreglado. Zaisberger lo observó esquivo y, con aire irresoluto, le entregó el libro de poesías de Benedetti que acababa de pedir.
El muchacho le agradeció con cortesía, se dirigió a su rincón habitual y, con una serenidad poco usual para su edad, se dispuso a leer. Le quedaban tan sólo tres horas para aprenderse de memoria las palabras que conmoverían a su amada Ivonne. Pero aquella noche, el rubito nunca llegó a su cita. Y vinieron las preguntas, que se convirtieron en desesperación, en esperanza de encontrarlo, hasta que, finalmente, llegó el dolor: el día de la detención del señor Zaisberger en la biblioteca, después de un mes de búsqueda, el inspector Vargas se quedó atónito cuando, en una caja de zapatos, escondida detrás de los libros del primer anaquel, yacían la lengua y los diez dedos del rubito, envueltos en un trozo de papel, engalanado por las palabras de Benedetti.

Fernando Adrian Mitolo ©

2 comentarios:

  1. Madre mía, vaya final... Totalmente inesperado, anda con el viejo bibliotecario que era macabro. Muy bueno Fernando, me ha gustado muchísimo

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    1. Muchas gracias, Gloria, me alegro que te haya gustado, para mí es un honor. Un saludo.

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