30 de julio de 2015

Sorrow: el retrato de la desolación

"Este invierno he encontrado una mujer encinta, abandonada por el hombre de quien llevaba el niño en su cuerpo...Yo he tomado a esa mujer como modelo y he trabajado con ella todo el invierno. No he podido pagarle el salario completo de  una modelo, pero esto no impide que le haya pagado sus horas de pose, y gracias a Dios haya podido salvarla, a ella y a su niño, del hambre y del frio, compartiendo con ella mi propio pan. Cuando encontré a esta mujer quedé impresionado por su aspecto de enferma. Me parece que cualquier hombre que valga por lo menos el cuero de sus zapatos, al encontrarse ante un caso semejante, hubiera hecho lo mismo. Lo que existe entre Sien y yo es real, no es un sueño, es la realidad… Cuando vengas a verme no me encontrarás ya desanimado o melancólico; sino que estarás en un ambiente donde creo que podrás acomodarte y que de ningún modo te disgustara. Un taller joven con una cuna, y una silla de niño".

 
Vincent,  La Haya, abril de 1882.



Con estas palabras, Vincent expresa su amor por Clasina Maria Hoornik , a quien él llamara Sien, y que luego retratará a través de un dibujo. Vincent, compelido por la repetición, redobla la apuesta y se refugia en ella luego de haber sido rechazado un año antes por su prima Kee Vos-Stricker, de quien se había enamorado al poco tiempo de que ella enviudara, quedando a cargo de un pequeño niño. La ruptura no había sido fácil, y así se lo cuenta a su hermano:



<<Y fue entonces cuando comencé, con pesadez y torpeza al principio, pero con la decisión suficiente para llegar a las palabras: “K., yo te amo como a mí mismo”, y fue entonces cuando ella me dijo: “Jamás, no, jamás”>>.



Este rechazo de su prima se convertirá en un certero golpe al corazón. Su declaración no se trata sino de un impulso por ayudar a quien lo necesita, bajo el signo de un ideal de romanticismo que, rápidamente, se desmoronará ante la realidad. “Yo quiero depender de ella y de ninguna otra, y hasta si pudiera no querría ser independiente de ella”, dirá. Pero luego apareció otra, Sien.


Esta nueva “partener”no será bien vista por la familia de Vincent. A esas alturas, su primo político Anton Mauve, un artista reconocido en Holanda, era quien le proporcionaba elementos y le servía de guía para sus trabajos, no siempre con gran diplomacia, cosa que a Vincent le molestaba mucho. Pero bastó la opinión de su primo sobre su protegida para que Vincent terminara la relación con él, destruyendo todos los yesos que este le había dado para sus prácticas de dibujo. “Solo volveré a pintarlos cuando ya no queden manos ni pies de seres vivos que pintar”, dirá en una ocasión. Y es que Vincent quería modelos reales, y en Sien lo había encontrado. Prueba de ello es el dibujo con el que la representa, Sorrow:



Como se ve, es la figura de la desolación (quizás la suya propia): un vientre que engendra un hijo y, sobre él, unos pechos que no tendrán mucho para dar.

Sien y Vincent conviven unos meses en cierta armonía, hasta que el desorden administrativo hace estallar la furia se Sien, quien comienza nuevamente a beber y prostituirse. Ante esto,  Theo deja de enviar su cuota de dinero. La situación se hace cada vez más difícil, puesto  que en la casa había cuatro bocas que alimentar: Sien, su hija mayor, el bebé y Vincent. Pero este vuelve a redoblar la apuesta y exige a Theo que le envíe más dinero del que regularmente le llegaba, acusando su falta de sensibilidad. Y no solo eso, sino que intenta dar un paso más y anuncia que le propondrá casamiento.  Este será el límite de tolerancia de Theo y de sus padres. Su hermano se presenta en su casa y conmina a Vincent a que no se empeñe en que su familia acepte a Sien. Le promete un año más de manutención a cambio de renunciar a su postura y poner a Sien y a sus hijos en la calle. Aumenta su cuota, solo para que Vincent comience a pintar al oleo y cambie sus dibujos en blanco y negro por el color.

Y esta será la bisagra que transformará el arte de Vincent: descubrirá los colores, el paisaje, los cielos estrellados. Pero, a cambio, deberá renunciar a esa idea idílica que una vez más había edificado en su cabeza: “Un taller joven con una cuna, y una silla de niño”,  y que, al igual que otros tantos ideales, acababa de desmoronarse.  



Nota: En la parte inferior del dibujo “Sorrow”, Vincent escribe una frase del libro “La Femme” de Jules Micheltet:



"Comment se fait-il qu'il y ait sur la terre une femme seule?"

"¿Cómo puede existir sobre la Tierra una mujer sola?"




Fernando Adrian Mitolo y Ricardo Nicolás Mitolo ©

28 de julio de 2015

Cinco horas con Mario - Miguel Delibes

En esta novela de 1966, verdadera obra de arte de la narrativa española, Delibes retrata con una perfección absoluta la moralidad de la época. Escrita con una de las técnicas literearias más complejas, el monólogo, logra hacer que su personaje principal ponga en escena los detalles más íntimos de su matrimonio, sus frustraciones, sus reproches, sus ideales. Y todo en tan solo cinco horas. Cinco horas en vela, junto al féretro de su marido muerto.
Desde ya, una obra digna de leer. 

Fernando Adrian Mitolo ©

27 de julio de 2015

La danza y su magia

Otra vez, la danza me motiva a compartirla con ustedes. 

En esta ocasión, a través de la maestría de Sergei Polunin, bailarín ucraniano, que interpreta con su cuerpo y su alma "Take me to church", uno de los temás musicales más bellos de "Hozier".


Espero que lo hayan disfrutado como yo. Por cierto, vale repetirlo...


A quienes les haya gustado el tema musical, aquí les dejo el enlace del videoclip original del tema, en el que se trata el tema de la homofobia en Rusia.


25 de julio de 2015

Maribel y el mar


Sucedió en una minúscula partícula de tiempo, en un pedazo de intervalo aparentemente inexistente pero tan real y violento como aquellos ojos enfermos. Fue un golpe, un sacudón, y a partir de aquel momento, la vida de Maribel ya no fue la misma.

La niña había nacido con una extraña malformación en la retina que la mantenía confinada en la vaguedad más absoluta. Sus ojos sólo podían entrever sombras y siluetas en blanco y negro. Sin embargo, para beneficiarse de semejante privilegio, necesitaba valerse de unas lentes especiales que ya formaban parte de su propia intimidad. 

Una mañana, tras el despertar, y atosigada por la caliente tozudez del mercurio, Maribel aprovechó el pesado sueño de su padre para bajar a la playa de la ensenada y refrescarse. Abrió la puerta de su habitación en cámara lenta, bajó las escaleras como si fuera una bailarina y, antes de salir, cogió las gafas. Ni bien llegar se acercó a la orilla, tocó el agua con la punta de sus pies y, como todos los días, divisó el aburrido blanquinegro del paisaje:
—Al menos me quedan tus caricias —le dijo al mar, mientras hundía sus tobillos en aquella masa acuosa.
Pero algo le había pasado al mar esa mañana que estaba raro, inquieto.
—¿Qué tienes hoy, que pareces turbado? —le preguntó, a la vez que se adentraba más y más entre sus brazos de sal.
Pero él miró para otro lado y no le respondió; y, sin dudarlo siquiera un segundo, apenas sentir sobre su manto azul la delicada piel de Maribel, le propinó un zarpazo en la cara que le arrancó las gafas de cuajo:
—¡Oh no!, ¡qué has hecho!, ¡no veo nada… no veo nada!, ¡estoy ciega! —se lamentó Maribel.
Pero el mar ni se inmutó, y se retiró a su guarida de arena y sal con el objeto de su rapiña.

Desde entonces, Maribel comenzó a sumergirse cada vez más en la tristeza de la oscuridad. Y así pasó todo el verano, y el otoño, y el invierno; hasta que una mañana de primavera, apenas despertar, comprobó con asombro que, tras el velo de sus ojos, surgía un tímido y brillante resplandor con olor a sal. Incrédula ante la evidencia, se los restregó una y otra vez. Y de pronto, allí , ante sus ojos, la inmensidad del mar: un azul marino repleto de corales, peces y sirenas que, desde aquella mañana de primavera, jamás dejó de ver.

Fernando Adrian Mitolo ©

21 de julio de 2015

La broma absurda

Capítulo 8 - Vodkas y bigotes 


—¡Ay Gelita! ¡Cómo que el ruso del Bingo se le apareció en su casa? ¿Usted no estará divagando? Dios mío, ya una no puede estar segura ni en su propia casa. 
—Por favor, Erlita, no sea aguafiestas. ¿Pero de qué seguridad me habla?, si yo estoy encantada. Además, ¡más segura que con él que es segurita! Tiene pistola y todo, eh. Aparte, ¿usted lo vió? Porque yo creo que si lo ve se le van a ir todos esos recatos y remilgos ya sabe dónde. Qué cuerpo, qué boca… Ay, ¿usted lo ve?, ya me dieron los ardores de nuevo, mire, ¡de solo nombrarlo!
—No sé, no sé…, a mí esto del ruso me da mala espina. ¿Cómo dijo que se llama?
—Yerober.
—¿Qué? ¿Pero ese nombre es ruso? ¿De qué parte?
—No, es canario.
—Ay, Gelita, yo ya no entiendo nada. ¿No era ruso el hombre?
—Sí, él sí, pero el nombre no. Vamos a ver…, el padre se fue de Rusia a principios de los ´40, escapando de la mafia moscovita en un barco petrolero, de polizón. Yo no quise ni preguntar qué hizo, por las dudas. No vaya a ser que acabo metida en un lío. El caso es que no se fue solo, se llevó al hijo, que viene a ser el Yerober, el ruso del Bingo. No me pregunte por qué, pero creo que la madre, una rumana como esas que hay en el Metro, las que van a todos lados con los bebés a cuestas, ¿sabe las que le digo?..., pues eso, que no estaba muy bien de la cabeza. Al parecer, el hombre, que era un padrazo, en vez de dejarlo en manos de la rumana, prefirió irse con él. Y bueno, como quiere la cosa acabó en las Islas Canarias.
—¡Ah!, ¿en cuál? ¿En Ibiza? Yo ahí estuve.
—No, esas son las Baleares, Erlita. Las Canarias son las que están pa´llá bajo, al ladito del África. Es más, dicen que ni hablan como en España. Pero bueno, en el mapa aparecen y en el telediario dan el tiempo, así que nuestras serán. En fin, para hacérsela corta: a lo poco de llegar, el ruso se olvidó de la rumana y se juntó con una isleña, creo que de La Gomera. Igual no me haga caso, porque con las mismas la mujer es de otra isla. El tema es que parece que ahí son muy de la cosa autóctona, ¿sabe? Respetan mucho las tradiciones, les gusta mucho el folclore; ¡incluso, a algunos niños les ponen nombres  guanches, mire lo que será!
—¡Dios me libre! ¿Y esos qué son?
—Pero qué burra es, doña Erlita.
—¡Y yo qué sé!
—¿Es que para qué están los libros? A ver, los guanches eran los aborígenes que había ahí antes de la conquista de los españoles. ¡Los diezmaron a todos!
—Oh, como siempre. Qué triste nuestra historia, ¿verdad, Gelita?
—¿Triste? Triste la de ellos, querrá decir, porque los de Castilla se hicieron con todo. ¡No le digo que no dejaron títere con cabeza!
—Sí, tiene razón. Pero… siga contando lo del nombre.
—Ah, sí. Pues eso, que al parecer, la canaria se encaprichó. No se sabe qué le dio, pero le dijo al ruso que si quería quedarse ahí se podía quedar, él y el nene, pero que le tenían que poner Yerober, y ahí se plantó. Así que el cosaco, pensando que no se podía hacer mucho el gallito porque si no vaya uno a saber dónde podía acabar, no tuvo más remedio que dar el brazo a torcer y a mi rusito acabaron bautizándolo así: Yerober Nobikov. ¿No es mono?
—Pues, qué quiere que le diga, Gelita, yo soy más de Juanes y Franciscos, los de toda la vida. A mí no me vengan con esos nombres modernos que no me hacen ninguna gracia. Al final, si seguimos así, estos extranjeros van a acabar con nuestras tradiciones. ¡Qué desgracia! ¡España era la de antes! Pero si no hace falta más que ir por el centro, con todos esos africanos corriendo de acá para allá, las rumanas esas que dice usted, por no hablar de los…
—¡Ay, Erlita!, ¡qué tarde se me hizo!  Me voy, me voy, que en veinte minutos me pasa a buscar Yerober. Me dijo que hoy me va a llevar a comer langosta, ¡con lo que a mí me gusta el marisco! Así que, hala, a estar bien. Por cierto, ese ruedo le está quedando para el culo, está todo torcido.
Y Rogelia no había acabado de decir la última palabra que ya tenía la mano apoyada en el picaporte, de afuera, claro está, hartita como estaba de las sandeces de la costurera.
En fin, el caso es que con tanto batiburrillo de nombres y nacionalidades, nos distrajimos de lo que es el meollo de esta historia. Y es que, a los tres días de aquella fatídica noche, la del Bingo para ser más exactos, el seguritas del local —el ruso—, se presentó de punta en blanco, con una botella de Smirnoff en una mano y una caja de  pastelitos de gofio en la otra, en la mismísima casa de Rogelia. No vamos a detenernos en los intríngulis de lo que fue aquel encuentro, por lo que se sabe, extremadamente meloso, y no por parte de Rogelia sino del ruso, que a pesar de llevar en las venas unas cuantas gotas de sangre siberiana, hacía buen honor a su educación canaria.  Solo diremos que Gelita, a la que el ruso sorprendió con un trapo embebido en vinagre atado en la cabeza —que, no olvidemos, era la de su hijo Benigno y no la de ella—, se olvidó de la jaqueca y, en cuanto el muchacho traspasó la puerta, se le abalanzó sobre el cuello y le comió la boca sin perder tiempo.
En determinado momento, el ruso le tuvo que pedir que parara. Y no porque no le gustara el besuqueo, que sí, sino porque los bigotes a medio crecer de la cara de Rogelia —¿o deberíamos decir de la de Benigno?— le estaban pinchando tanto que le empezaron a escocer los labios. De pronto, Rogelia, empezó restregarse con fruición el ojo derecho. El ruso, pensando que le había afectado el rapapolvo sobre los bigotes, intentó consolarla con un achuchón que destilaba miel barata por sus cuatro costados. Rogelia, no muy afecta a esas sensiblerías pero, sobre todo, completamente molesta con ese ojo que no paraba de picarle, lo apartó de un manotazo y le dijo que lo que la estaba haciendo lloriquear era una gota de vinagre que se le había metido en la conjuntiva.
Total, que ya puesta, Rogelia se dio la media vuelta y enfiló para el baño, para ver si con un par de remojones con agua fría el ojo le daba un respiro. El ruso intentó seguirla, pero se ve que su ángel de la guarda le dijo que mejor no, y ahí se quedó, sentadito en el salón, esperando a ver si la tormenta pasaba. Al cabo de unos minutos, Gelita apareció como nueva. Y es que, entre mojadura y mojadura, conforme el efecto del vinagre iba desapareciendo, por su mente comenzaron a pasar una a una todas las escenas de la última película porno que se había bajado de internet. De modo que, avizorando el revolcón nocturno que se iba a dar con el ruso, abrió el armarito de pino, agarró la brocha y la espuma de afeitar y, más entusiasmada que niña con muñeca nueva, se rasuró los cuatro o cinco pelos del bigote, no fuera a ser que acabara paspándolo todo al pobre Yerober. Cuando acabó, se empapó bien la cara con after shave Old Spice —el mismo que usaba su finado marido— y, con la piel más suavecita que la de un bebé de pecho, regresó al salón.
Y ahí estaba el ruso, quietecito en el tresillo, tamborileando el suelo con el pie izquierdo y balbuciando quien sabe qué cosa, mientras miraba el techo y gesticulaba como si estuviera hablando con alguien.
—¿Qué me dices?, a que así está mejor —le dijo Rogelia, y, acercándose y tomándole una mano, se acarició con ella la cara.
—Pues sí, mucho…, mucho mejor —dijo él, un tanto desencajado después de habérsele interrumpido el monólogo.
En fin, charla va charla viene, carantoña de aquí carantoña de allá, besito de un lado toqueteo del otro, cuando el ruso iba por el séptimo chupito de vodka, le lanzó la bomba:
—Preciosa, vente conmigo a Cuba. Te ofrezco quince días de frenesí que no vas a olvidar en tu vida. A la mierda el Bingo, a la mierda todo. ¿Qué te parece? ¿Te animas? ¡Qué tiemble Fidel!—y como para que la otra no se quedara con la duda, rebuscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó los dos billetes de avión y la reserva del hotel y los estampó contra la mesa ratona.
Rogelia, que si quedó pasmada es poco decir, se puso a gesticular y mover el cuello de un lado al otro. El ruso, asustado, pensó que se le había ido el Smirnoff a la cabeza y que le estaba dando algo:
—Muñeca, ¿estás bien? ¿qué te pasa? —le dijo él.
Pero Rogelia, que tenía un hígado a prueba de vodkas o de cualquier otra bebida espirituosa que pasara por su boca, se recompuso al instante, se fue acercando sigilosamente al ruso y, en cuanto este se quiso dar cuenta, la tenía sentada encima, gritando como una loca y cabalgando sobre su pelvis como si fuera el mismísimo Cayetano Martínez de Irujo en los Juegos de Barcelona.  
En fin, dejo a vuestra imaginación el trabajo de saber cómo acabó ese revolcón. Lo que aquí nos interesa no es eso, sino que Rogelia y el ruso, finalmente, se fueron a Cuba. ¿Qué pasó allí? Pues, ya eso es tema de otra entrega…

Continuará

Fernando Adrian Mitolo ©
Julio de 2105

18 de julio de 2015

EnCasilla2

De duelos y duelados


  
"A rey muerto, rey puesto", o al menos eso dicen. Y nunca mejor dicho el "dicho" cuando afinamos el oído y nos dejamos seducir por el entuerto de significantes en el que ha caído el Real Madrid:



Iker, Kiko..., Casillas, Casilla. ¿Cuál es cuál? 

Pues, interesante forma de elaborar la pérdida del portero madrileño han encontrado los galácticos, quedándose "enCasilla2" en un curioso revuelto de fonemas.

En fin, que las tretas del inconsciente —aunque en este caso sea futbolístico—, no dejarán de sorprenderme jamás.

Fernando Adrian Mitolo  © 

16 de julio de 2015

Dejá de pedir...


Cada día, de nuestra boca, salen disparadas miles de peticiones, demandas, deseos. Algunos caprichosos; muchos incumplibles; otros, quizás no. 

Quiero. Dame. Necesito...

Detenete y mirá a tu alrededor: si sos una persona de bien, si querés y sos querido, si tuviste la oportunidad de estudiar, si lograste formar una familia, si las drogas no lograron engañarte, si no sos un ladrón, si jamás se te pasaría por la cabeza dejar a un hijo en un contenedor de basuras, si no te dedicás a matar y te entristecen las muertes injustas, entonces pará y, en vez de seguir pidiendo, aunque sea por un instante, da las GRACIAS. 

Yo lo haré ahora mismo:

"Aunque vos no tengas Facebook y ni siquiera sepas lo que es un blog, y aunque vos ya no estés para leerlo (y sí, qué le vamos a hacer, me sale mejor así, por escrito), GRACIAS MA, GRACIAS PA, A LOS DOS, porque de no haber sido por ustedes, hoy no sería lo que soy". 

Fernando Adrian Mitolo ©

MUESTRA DE ARTISTAS PLÁSTICOS DEL ATENEO POPULAR DE LA BOCA

Nueva cita con el arte


El próximo 25 de Julio,  el Ateneo inaugura una nueva exposición en la que cada uno de sus artistas presentará una obra junto a grandes de la plástica nacional.

"Limones" - Patricia Saullo
"Otoño en los jardines de Catalinas" - Ricardo N. Mitolo

Entre ellos estarán:

HUGO IRURETA, NORBERTO RUSSO, JESUS MARCOS, PATRICIA SAULLO, RICARDO MITOLO, EUGENIA CINCIONI, VICTOR FERNÁNDEZ, CARLOS TESSAROLLO, PABLO BONIFACIO, DANIEL AGUIRRE Y CELIA CHEVALLIER, entre otros

Inauguración: Sábado 25/07 a las 18:30 horas
c/ Benito Pérez Galdos Nº 315 – La Boca
Ciudad Autónoma de Buenos Aires - Argentina

15 de julio de 2015

Día duro para Marco


Hoy fue un día duro para Marco, sí, y, quién sabe, qué le tiene preparado el Destino, teniendo en cuenta la singular coyuntura en la que sus padres decidieron ubicarlo. Lo que está claro es que lo de hoy dejará su marca y, por tanto, no será sin consecuencias. Eso sí, de él dependerá, más tarde o más temprano, decidir qué camino tomar y qué hacer a partir de esto.

En fin, decía que hoy fue un día duro para el pequeño Marco —un bebé de tan solo quince días—, pero también feliz, porque gracias a dos Guardias Civiles, fue rescatado de un contenedor de basuras en el que sus padres lo dejaron abandonado, dentro de una mochila metida, a su vez, en el interior de una bolsa de basura.

Este no es el lugar ni tampoco es mi función juzgar lo que, a primera vista, podría parecer una verdadera aberración. Eso lo dejo a evaluación de cada consciencia. Imagino que esos padres habrán tenido sus motivos para hacerlo, pero no los sé ni me importan.  

Ante este tipo de hechos —lamentablemente más habituales de lo que pensamos—, sólo puedo preguntarme y, a su vez, dejar expuesto el interrogante:

¿Todavía hay gente que piensa que el amor de una madre es el más puro del mundo? ¿Es posible, aún después de esto, seguir sosteniendo el mito de que una madre, por el simple hecho de ser madre, no puede nunca jamas hacer daño a un hijo?

Yo no.

Fernando Adrian Mitolo ©

14 de julio de 2015

El rubito

Con este relato gané hace unos años el 2º Premio del Concurso: "¿Cómo lo continuarías?", organizado por la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife. 

 


1
Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control. Sin embargo, no fue eso lo que pensó Vargas la noche de la detención al verlo ahí, agazapado y hurgando detrás de los libros. Y todo por los celos, por los malditos celos. Nadie se explica todavía por qué se la tomó con aquel muchacho. Aunque sus compañeros de trabajo reconocieron que, durante los últimos meses, el señor Zaisberger estaba más huraño que de costumbre y, especialmente, con los adolescentes que acudían por la tarde. Al ver su aspecto rancio y blanquecino, la gente no podía más que sentir que ese hombre tenía algo aterrador. “¿Cómo puede alguien así estar al frente de una biblioteca?”, era lo primero que se preguntaban al advertir su presencia. Sin embargo, a pesar de ello, el señor Zaisberger cumplía con su trabajo desde hacía más de veinte años, y nunca una queja, jamás una mala cara.
Pero desde que el rubito —así lo llamaba—, empezó a asistir puntualmente todas las tardes, algo cambió. El chico se sentaba siempre en el mismo sitio, al lado del ventanal que daba al patio de luces, y ahí se quedaba, durante horas, devorando palabras. Empezó a detestarlo sin mesura, a aborrecerlo con una animosidad visceral que excedía sus capacidades de indulgencia. Cada noche, una vez que la biblioteca cerraba las puertas, en lugar de volver a su casa, Zaisberger se quedaba para revisar todos y cada uno de los libros que el muchacho había tocado. Lo requisaba absolutamente todo, examinaba página por página, palabra por palabra, de forma minuciosa y buscando algún indicio que diera cuenta de lo que venía intuyendo desde hacía varios días.
“Eliminaré una por una esas caricias prohibidas”, le dijo a sus Desdémonas y, enceguecido por los celos, quiso borrar frenéticamente las huellas digitales del rubito. Se lo tomó como una cuestión personal que empezó a alimentar día tras día con las migajas del odio y la venganza, hasta que tomó una desafortunada decisión.

2
Después de la denuncia, cuando Vargas se hizo cargo del caso, no pudo dejar de leer y releer aquel pedazo de diario escrito por Zaisberger:
“Detesto verlo. Cada tarde, con sus gafas de aumento, de punta en blanco la ropa, su pelito rubio arreglado y babeándose encima de ellas. Y lo hace delante de mí, las acaricia, las toca, incluso hay veces que las articula en voz alta. Vaya uno a pensar lo que se le pasa por la cabeza cuando las ensucia con sus dedos lascivos. Seguro que las desea, por eso viene todas las tardes, ¿por qué iba a ser, si no? Me da asco que las roce mientras se relame con la lengua sus impúdicos labios. Pero lo peor no es eso, sino el instante preciso en que las profiere. Lo aborrezco, ¿quién le da derecho a ponerlas en su boca?, ¿quién? Las susurra sin vergüenza, parece que les cuchichea, una y otra vez. Y me muero de celos de sólo imaginar que todas y cada una de mis palabras duermen inocentes en la humedad de su lengua. No le basta con halagarlas durante las tardes. ¡No! Necesita más, quiere más, y por eso las engatusa y les cuenta ficciones, para sacarlas de sus guaridas de papel y tapas duras y acogerlas en su trampa, ese hueco de saliva, de lujuria. Ellas eran mías y él me las robó. Y pagará por eso”.
El inspector Vargas dobló el folio entre sus dedos, miró el porta retrato con la foto de su hija que descansaba incómodo entre cigarros y papeles sueltos y se estremeció.

3
Aquella tarde, desde el momento en que el señor Zaisberger terminó de escribir su diario, se refugió en su cama y, cebado por la pestilencia del odio, sintió la necesidad de llorar. Noventa y nueve noches que mojó con sus lágrimas. Noventa y nueve lunas, en las que se alimento de insomnio. Pero la noche número cien el dolor terminó y empezó su último derrotero.
A la mañana siguiente se levantó junto al sol y, en un arrebato de energía exacerbada, entró al baño, se afeitó y se duchó. Luego se engominó el cabello, se puso colonia, tomó rápidamente un café recalentado y agarró su maletín para dirigirse a la biblioteca. Sobre las cinco de la tarde, el rubito entró por la puerta y se acercó al mostrador. Como siempre, sus gafas de aumento, de punta en blanco la ropa y su pelito arreglado. Zaisberger lo observó esquivo y, con aire irresoluto, le entregó el libro de poesías de Benedetti que acababa de pedir.
El muchacho le agradeció con cortesía, se dirigió a su rincón habitual y, con una serenidad poco usual para su edad, se dispuso a leer. Le quedaban tan sólo tres horas para aprenderse de memoria las palabras que conmoverían a su amada Ivonne. Pero aquella noche, el rubito nunca llegó a su cita. Y vinieron las preguntas, que se convirtieron en desesperación, en esperanza de encontrarlo, hasta que, finalmente, llegó el dolor: el día de la detención del señor Zaisberger en la biblioteca, después de un mes de búsqueda, el inspector Vargas se quedó atónito cuando, en una caja de zapatos, escondida detrás de los libros del primer anaquel, yacían la lengua y los diez dedos del rubito, envueltos en un trozo de papel, engalanado por las palabras de Benedetti.

Fernando Adrian Mitolo ©

12 de julio de 2015

El viaje interior

Él me advirtió que sería un camino duro, un descenso a los infiernos, y debo decir que no me engañó. Al principio dudé, pero luego acepté el reto y decidí comenzar el viaje. Recuerdo que por cada escalon que bajaba, yo lucía un ropaje diferente. Todos llevaban grabadas dos palabras: “Yo soy”, y como si aquello no bastase para que se él hiciera una idea de mí, estaban adornados con toda clase de oropeles:
Son tus identificaciones —me dijo un día—, y son las que te hacen sufrir. Si quieres avanzar, deberás abandonarlas.
¿Abandonarlas? ¡Si son las que me definen! —le respondí, sorprendido ante aquella propuesta que se me antojaba completamente absurda.
Finalmente, comprendería que él no estaba errado y que aquel era el camino.

Continué bajando los peldaños de aquella escalera mental, internándome en esa espiral que él llamaba “mi inconsciente”. Al principio fue fácil, incluso reconfortante. Pero luego, la angustia ante lo ominoso de mis deseos y el descubrirme responsable en vez de víctima, comenzó a hacérseme insoportable. Hubo tramos en los que retrocedí, so pena de abandonar la partida. Pero, al final, logré llegar.

Ese día, eché la vista atrás y vi que, a lo largo de la escalera, había innumerables trozos de mí mismo: eran los ropajes con los que había llegado a la terapia.
Te he acompañado hasta aquí —me dijo él—, pero ahora debo dejarte solo. Si quieres saber la verdad última, “tu” verdad, tendrás que descorrer esa cortina. Es tu decisión.
Sólo me faltaba un paso para saber, por fin, la causa de mis tormentos y mis traumas, esos que me habían llevado hasta allí. Pero tenía que atravesar el telón. 

Después de vacilar durante largas noches de insomnio, lo hice. Y lo que vi fue que ahí detrás no había absolutamente nada y que, en definitiva, todo se reducía a eso, a una nada, un vacío. Y ahí estaba yo, solo y completamente desnudo.

Fernando Adrian Mitolo ©

8 de julio de 2015

Boxing Helena

Película de culto de los ´90. Un film imperdible de Jennifer Lynch.

 


Tras la pérdida de su madre, un hombre fuerza las cosas para entablar una relación con una mujer a la que ama pero que no le corresponde con su amor. Hasta aquí, una historia como tantas otras. Sin embargo, no será más que el comienzo de su enfermizo derrotero. 

El psicoanálisis nos dice que en la obsesión el deseo es un deseo imposible. ¿Cómo llenar ese hueco, entonces?: transformándolo en "demanda". Esto es lo que hace el obsesivo: inventarse un otro que lo necesita, y estar ahí, todo el tiempo dando lo que cree que el otro desea. Y nada más errado.

El de "Boxing Helena" es un verdadero ejemplo de hasta dónde es capaz de llegar un sujeto alienado en un deseo imposible, un deseo que no deja de "no cumplirse". De modo que, a la pregunta de: ¿cuál es el límite de la obsesión?, después de ver esta película, quedará claro que, en ocasiones, puede llegar a ser la mismísima perversión.

Fernando Adrian Mitolo ©

7 de julio de 2015

Horror bajo el calor extremeño

Me abordaron entre cinco, sin compasión, mientras dormía plácidamente al abrigo de un sol de media tarde. Aquel descanso era uno de mis mejores caprichos, merecido, creo yo, después de cincuenta años de duro penar en aquel campo extremeño. Intuyo que lo hicieron a posta, teniendo en cuenta el arsenal de tortura con el que perpetraron su barbarie. Uno de ellos, el más anciano —tendría veinte años más que yo—, parecía ser el jefe. Apenas se ensució las manos y solo se limitó a dar las órdenes desde un costado. Los otros cuatro, como si las palabras de aquel hombre fueran un oráculo, las acataron de cabo a rabo y, entonces, comenzó el horror. Me rodearon por delante y por detrás. Uno al que llamaban Tino, dió el primer zarpazo, caliente, filoso. Lo asestó en el medio de mi cuerpo y no paró hasta desgarrar el trozo de piel. Y luego el tirón. Con ambas manos y sin ningún reparo ante mis súplicas de que parase. El dolor era indescriptible. Mientras tironeaba de mi colgajo, los otros tres me atacaron por la retaguardia. Y entretanto, el viejo a un costado, vigilándolo todo y corrigiendo cualquier posible error. Y todo volvió a empezar: primero el zarpazo, después el tirón y luego el resto. Y así durante más de una hora, hasta que el dolor fue tan grande que cada parte de mi cuerpo quedó totalmente anestesiada. 

Cuando por fin acabaron, recogieron sus cosas y se fueron; así, sin más, sin apenas mirarme y recaer en que me acababan de dejar al borde de la muerte, una muerte horrorosa. De pronto, un insecto se posó sobre mí. Entonces, como si hubiera sido tocado por una varita mágica, desperté de aquel letargo. Y me vi. Fue la peor visión del horror que jamás haya visto. Mi cuerpo, esbelto y firme, había quedado convertido en un espectáculo dantesco. Y, así, el que fuera uno de los tantos ejemplares de alcornoques de la comarca, ahora no era más que un pertrecho desollado. 

Por todos y cada uno de los ejemplares de alcornoque que durante estos aciagos meses de verano, soportaron y tendrán que soportar, estoicos, la sangrienta "Saca del corcho". 

Fernando Adrian Mitolo ©

Hay haraganes y haraganes


"Los portadores de la carga" - 1881
<<(…) Te escribo un poco al azar lo que me viene a la pluma, me sentiría muy contento si de alguna manera tú pudieras ver en mi algo más que un haragán. Un pájaro en la jaula, en la primavera, sabe muy bien que tiene algo para lo cual serviría, y dice: “Los otros hacen sus nidos, tienen hijos, y crían su nidada”. Luego se golpea el cráneo contra los barrotes de la jaula, la jaula sigue allí y el pájaro vive loco de dolor. “Miren que haragán”, dice un pájaro que pasa, “una especie de rentista”. Sin embargo el prisionero vive y no muere, nada se muestra exteriormente de lo que ocurre interiormente, pero viene la temporada de migración, acceso de melancolía. “Pero”, dicen los niños que lo cuidan en su jaula, “tiene todo lo que le hace falta”. Pero él mira el cielo henchido, cargado de tempestad y siente la rebelión contra la fatalidad dentro de sí: “Estoy preso, estoy preso y no me falta nada…, imbéciles. Tengo todo lo que me hace falta. ¡Ah la libertad!, ser un pájaro como los otros pájaros” (…)>>
Wasnes (Bélgica), Julio de 1880
 
Este extracto pertenece a una carta enviada a Theo desde Bons, en las minas de Borinage (Bélgica), en julio de 1880. Lo primero que llama la atención es que, casi a modo de justificación, Vincent dice que lo que escribe lo ha escrito al azar. Efectivamente, casi al azar, en la misma frase, un detalle da cuenta del lugar en el que ha ubicado a su hermano. Un lugar en el que este puede juzgarlo y, como tal, puede ser amable o realmente feroz. Y entre esa tensión buscará su equilibrio Van Gogh, intentando obtener esa palabra de aprobación de parte del otro y que pareciera negada.
Avanzando en el texto, nos topamos con un intenso sufrimiento emocional que, a pesar de ponerlo en boca de un pájaro, tiene una profundidad que, aquí sí, echa por tierra cualquier intromisión de la eventualidad: ese pájaro es él, y no otro.



Para esa época, Vincent había llegado a Belgica tras una especie de auto-exilio de la casa paterna. La relación con su padre, Dorus Van Gogh, a quien admiraba en su condición de pastor protestante, se había puesto muy tensa hasta el punto de decir: “Soy poco más que un extraño para papá y mamá, están hartos de mí… cuando estoy en casa me invade una sensación de terrible soledad y vacio”. Al parecer, ninguno de sus dos progenitores había sentido jamás amor por el otro. En este contexto, como hemos visto en “¿Final o principio?”, Vincent vino a ocupar el lugar de su hermano primogénito muerto un año antes. Y no solo eso, sino que cargaría con su mismo nombre, un nombre que lo aplastará como una lápida por el resto de su vida. 

Atrapado en un estado de crisis religiosa —¿arrebato místico?— y aprovechando sus estudios de teología, unos estudios que realizó con el mismo fanatismo con que emprendería luego todas sus batallas, se entrega en cuerpo y alma a predicar la palabra de Dios —aquí puede verse su intento de identificación a su padre. Enviado por el clero, emprende entonces una especie de cruzada en solidaridad con los mineros. Los acompaña, baja con ellos a las minas de carbón, les da sermones (extensísimos e incomprensibles para una sociedad embrutecida). Llega, incluso, al punto de entregarles su ropa, su alimento y hasta  su cama, como una forma de igualarse a ellos.  Nuevamente, otro juego imaginario en el que lo que intenta es “ser uno más”, “uno entre otros”, y no “una excepción”. Pero no una “excepción” en tanto “único”, sino, más bien, por su condición de “loco” y, por tanto, de sujeto fuera del lazo social.
Pero este intento de hacer lazo, “un como sí” precario y endeble, se mostrará insuficiente y, otra vez, será presa del rechazo de la sociedad. Su comportamiento, no adecuado a juicio del clero, hará que le suprimiman su sueldo y le prohiban seguir predicando. A modo de respuesta, esta situación lo empujará a romper abruptamente toda relación con la iglesia y, a partir de ese momento, se dirigirá a los clérigos al grito de: “¡Hipócritas!”.



Sin embargo, ante este nuevo derrumbe, Vincent encuentra lo que, quizás, sea una posible forma de elaboración para salir del “encierro emocional” en el que está sumido. El efecto de esta  solución recaerá directamente en su arte: a partir de aquí, comienza a dibujar más asiduamente. Trabaja al carboncillo y con plumas de caña fabricadas con sus propias manos. Sus primeros intentos serán torpes, toscos. Pero, poco a poco, los resultados empiezan a darle una gran satisfacción y, como ese pájaro liberado de su prisión, por fin encuentra en el dibujo un sentido de empatía con la naturaleza. Comienza a internarse en los campos, a caminar grandes extensiones de un pueblo al otro y a dibujar todo lo que está a su alcance: nidos, pájaros, flores, hojas. Examina su entorno con un gran poder de observación. Y todo ese material se lo enviará a Theo en carácter de guía, solicitándole su parecer y fortaleciendo, de aquí en más, esa extrecha relación que los unirá en la vida y en la pintura a lo largo de los próximos años.



Ricardo N. Mitolo y Fernando A. Mitolo ©
Cita de: Vincent Van Gogh - "Cartas a Theo" (Barral Editores, Barcelona, 1971)