30 de junio de 2015

Suma y sigue II

"La otra cara de lo ominoso", esta vez en versión española


Lo que sigue es otro ejemplo de barbarie. Pero aquí no se trata de terroristas (al menos, no se los nombra de esa manera, aunque sí lo son). En este caso, la justificación para semejante aberración pueblerina es que el desafortunado animal, muy probablemente por miedo debido a los incesantes embates y todo tipo de vejaciones propiciadas por esa turba de ignorantes, ha matado a un hombre. Hombre que, por cierto, decidió de motu propio y sin ninguna clase de extorsión, jugar con fuego.

                                                
España hoy, siglo XXI. Lamentable.

Fernando Adrian Mitolo

28 de junio de 2015

Suma y sigue



Desde hace un tiempo, mi repertorio emocional está sufriendo un cambio que, de seguir así, no sé cómo acabará.
Después de tres días de tener que soportar noticias como las que inundaron los telediarios y periódicos, mi conciencia acabó, por fin, dividida en dos. Y ahora, agazapado entre la espada y la pared y víctima de mis propias emociones, me debato entre los recovecos de un debate moral que, cada vez, tiene menos sentido para mí. En algún momento nos quisieron convencer de que, ante algo como esto, había que poner la otra mejilla. No. Me resisto. No quiero ponerla. Solo quiero que esto acabe, pero no sé cómo. 
Hoy, sólo se me ocurre pedir perdón. Perdón por sentir tanto odio, tanto asco y tanta repugnancia. .
Sé que el odio no es la respuesta. Sé que me envenena, que me mata. Pero no puedo evitar sentirlo, como así tampoco puedo evitar desear la desaparición de esta abyecta horda de individuos que, día a día, sigue cometiendo lo que apenas tengo ganas de nombrar, ni su completo aniquilamiento, sin piedad y sin una pizca de lástima siquiera, y regalándoles como recuerdo postrero el mismo sufrimiento que ellos dan.
Por todo esto, pido perdón.
Por todos aquellos que sucumbieron a esta barbarie.

Fernando Adrian Mitolo ©

26 de junio de 2015

¿Final o principio?

Nacimiento y muerte anunciada


Lo que sigue es un extracto de la última carta que Vincent Van Gogh le escribió a su hermano Theo en los días previos a su muerte y que, en solo tres líneas, condensa mucho más de lo que podría parecer en primera instancia.

En él, Van Gogh dice:

“Pues bien, mi trabajo; arriesgo mi vida y mi razón de ser destruida a medias,  bueno, pero tú no estás entre los marchands de hombres, que yo sepa; y puedes tomar partido, me parece, procediendo realmente con humanidad, pero, ¿qué quieres?”  1

¿Por qué comenzar por la última de sus cartas? ¿Por qué iniciar el camino por estas “Entrelíneas” desde el final? Quizás —y esto es solo una interpretación—, porque en la vida de Van Gogh, principio y final no son más que uno, en el sentido de que su trágico desenlace es una especie de espejo, una pantalla en la que se refleja lo que ya estaba escrito desde un principio: su tormento, el incesante padecer de su existencia e, incluso, su propia muerte. Quizás —y esto también es una interpretación— podría haber comenzado su larga relación epistolar (la que duró veinte años) con esta carta, una carta que nos habla de un desastre, de su propio desastre subjetivo, que lo acompañaría de forma constante a lo largo de su vida, no solo en su trayectoria pictórica sino también en el amor, en su relación con sus padres, con sus amigos, con sus colegas y, también, con su hermano.

Por tanto, sólo tres líneas, pero que no solo resumen de forma certera su infierno personal sino que, casi de manera solapada, nos revelan un último arrebato de lucidez en el que el artista nos  confiesa que en su trabajo se le ha ido toda su vida.

Y de fondo y como colofón, una pregunta:  “Pero, ¿qué quieres?”, que dirige a su hermano y con la que acaba su carta y su intercambio epistolar, él, que nunca le preguntó a nadie que quería sino que solo entregó colores, movimiento, y, como dijo, hasta su propia vida. ¿Qué decir de ese interrogante?

Todo sujeto se estructura como tal en torno a una pregunta dirigida a un Otro, un “¿Qué me quieres?” con el que, desde su nacimiento y hasta el final de sus días,  pretende llenar el vacío de significado de su existencia. Será en ese ir y venir  como acabará llenando dicho hueco con los múltiples significados de sus identificaciones. En este caso, esa pregunta no tiene más que una respuesta, una respuesta que Van Gogh acaba “realizando” con su propia muerte, en tanto ese Otro primordial ya lo había matado como sujeto ni bien nacer, al nombrarlo con el significante de un hijo muerto un año antes, precisamente en la misma fecha de su nacimiento.

Pero, nuevamente, esto solo puede ser una interpretación.

 Ricardo N. Mitolo y Fernando A. Mitolo






1  Vicent Van Gogh - CARTAS A THEO (BARRAL EDITORES, BARCELONA, 1971).

Nueva sección en el desván: "Entrelíneas con Van Gogh"


Nadie duda ya que, “genio” y “locura”, es más que un binomio lingüístico.  Desde  Newton hasta Kurt Cobain, pasando por Joyce  y sus experimentos literarios que culminaron con la destrucción del lenguaje y la creación de un nuevo “artefacto gramatical”, muchos fueron (y son) los escritores, científicos, actores y artistas de todo tipo que sucumbieron a una vida tormentosa. 

Y la pintura no es ni ha sido una excepción. No en vano, más allá de disquisiciones sobre posibles diagnósticos psiquiátricos y especulaciones sobre los verdaderos motivos de su suicidio —si es que verdaderamente lo fue—, la vida  de Vincent Van Gogh es uno de los ejemplos más abrumadores que ilustra el tormento de un hombre dedicado en alma y cuerpo a la pintura, marcado por la angustia, el descrédito y la incomprensión de la sociedad de su tiempo.

A través de “Entrelíneas con Van Gogh”, queremos rescatar el testimonio de ese calvario psicológico que el genio ha dejado plasmado en sus “Cartas a Theo”, el epistolario con ese hermano que, quizás sin saberlo, acabó erigido como un otro imaginario, ese “testigo” del que tanto habló Lacan, tan precario y a la vez tan fundamental, pero que sostuvo el sufrimiento del artista hasta aquel trágico 29 de julio de 1890. 


Fernando Adrian Mitolo ©

25 de junio de 2015

Nápoles

No solo mafia 

En un reciente viaje a Nápoles he podido descubrir —aunque siempre lo había intuído–, que la vulgarmente llamada "ciudad de la pizza", es mucho más que eso y, afortunadamente, mucho más que "mafia".

En uno de los recorridos por sus callejuelas, salpicadas de basura, ropa tendida en cada balcón, motos a toda velocidad, caras de color aceituna y turistas de cada país, pude dar con una pequeña capilla que, en su momento, fue propiedad de la familia Di Sangro. Me refiero a la denominada Capella di Sansevero, actualmente convertida en un pequeño museo, y que alberga la colección privada de esculturas de Raimondo di Sangro, Príncipe di Sansevero, entre las que destaca el "Cristo Velado" del escultor napolitano Giuseppe  Sanmartino, realizada en 1753.

Más que palabras para hablar de ella, solo resta admirarla:



Fernando Adrian Mitolo

24 de junio de 2015

Danza urbana

No tiene que ver con las palabras, pero me ha despertado el mismo abanico de emociones que el mejor de los libros.

Por eso, me gustaría compartirlo con ustedes...




Tema musical: Slip, de Elliot Moss

La broma absurda

Capítulo 7 - Bingo y espectáculo

—¡Cálmese, Gelita, que tirándose de los pelos se va a hacer sangre y no va lograr nada! Tómese el tecito, vamos, que le va a hacer bien —le decía su vecina a Rogelia, intentando tranquilizarla.
Y es que no era para menos. Tan entusiasmada que había salido de su casa con sus amigas para dsifrutar de una noche de timba y, por poco, acaba en la comisaría. Y todo por culpa de Benigno y sus experimentos esotéricos. El caso es que, esa noche, no conforme con empezar a decir a bocajarro a todo el mundo y en medio de una partida de Bingo: “¡Soy puta, soy puta!”, cuando uno de los seguritas del local se acercó hasta la mesa para ver qué le pasaba, la nobel mesalina tiró los cartones al suelo, puso carita de nena malcriada y fue directo al paquete. El hombre, un mamotreto con cara de ruso y embutido en una camiseta de stritch blanca a punto de reventar, le pidió que por favor no se pasara de la raya y que le quitara la mano de ahí. Rogelia, no solo no se la quitó sino que, sin mediar palabra, le abrió la bragueta y hurgó entre sus partes como quien busca un tesoro —tesoro que, al parecer, según ella, lo era. A todo esto, el hombre, que miraba a diestra y siniestra, no dejaba de colocarse una y otra vez un pinganillo en la oreja. Incluso, quien lo hubiera visto, podría haber dicho que se había puesto nervioso. Hasta que se percató de la cara de: “¿Y a nosotras no nos dejas?”, que tenían las otras tres vejestorias que había en la mesa y, haciéndose el duro, cogió la mano atrevida de Rogelia y acabó con el jueguito.
Pero la cosa no quedó ahí. Envalentonada como un verdadero minotauro, Rogelia se levantó de la silla y empezó a tirarse de los pelos —que, por cierto, estaban más engrasados que nunca— y vociferando al más puro estilo Celine Dion cantando Titanic, empezó a dar vueltas por todo el salón y se puso a entonar “Yo soy lo que soy”. Aquello era digno de un zafarrancho: tremenda mujer de casi un metro ochenta, entrada en caderas y con esas dos tetas bamboleándose de un lado para el otro; como si eso fuera poco, con la cabeza de Benigno coronando su estampa, con esas grenchas de color azabache que aquella noche lucían sus mejores roñas y, sobre los labios, un incipiente bigotito estilo Hitler que si tenía doce pelos era mucho. “Esto es too much”, dijo una de sus amigas muerta de vergüenza, y haciéndoles un gesto a las otras dos para que se levantaran, que seguían ahí sentadas como si fueran momias, finalmente apuraron las últimas gotas de sus wiscolas al unísono, agarraron sus bolsitos y salieron despavoridas hacia la puerta. Entretanto, Rogelia, como si nada. Ella seguía cantando y girando como una peonza en el centro del local, completamente enajenada y a punto de ser reducida por otros dos armatostes con cara de cosacos igual que el primero quien, por cierto, estaba metido hacía largo rato en el baño dándole a la manito a un ritmo frenético. A duras penas, porque bien que protestó, a Rogelia se la llevaron a la cocina, le hicieron una tila con limón, le prestaron un silloncito para que se recuperara del frenesí y, finalmente, se tranquilizó. Eso sí, le dijeron que hasta que no llevara un certificado de aptitud psicológica no podría volver a entrar al Bingo.
Cuando Rogelia recuperó el tino, completamente abochornada, les pidió a sus musculosos captores que, por favor, le pidieran un taxi para poder volver a su casa. Estos no se hicieron rogar y marcaron el número de la empresa en un santiamén. No se sabe si por compasión de ver a la que podría ser su madre —o su hermano, según cómo se mirara— en ese estado tan lamentable o, por el contario, para quitarse de encima a esa loca con pintas de travesti suburbano de una vez por todas. Por suerte, el coche llegó enseguida; sin embargo, todavía le quedaba lo peor. Con el peso de un baldón como nunca antes había soportado, Rogelia atravesó el salón y, dispuesta a salir por donde entró, caminó con paso firme hacia la puerta, con la cabeza a gachas y esquivando unas miradas que, insaciables, la siguieron desnudando sin la menor clemencia hasta que, por fin, desapareció.  
 Entretanto, Benigno continuaba echado sobre su sofá, con las siete piedras que le había dado el charlatán sobre cada uno de sus chakras y recitando una especie de mantra mal pronunciado que, según le había dicho aquel anti-buda, potenciaría los efectos de sus visualizaciones. ¡Y bien que los había potenciado! Sobre las dos de la madrugada, exhausto ya de tanta imaginería, se quedó dormido. Las piedras, salvo dos o tres que se le habían caído, seguían apoyadas en su cuerpo. Boquiabierto y con un incipiente hilito de baba que se le empezaba a salir por la comisura de los labios, dormía como un lirón, hasta que empezó a soñar con Lurdita y El Mirlo…
Continuará

Fernando Adrian Mitolo ©

19 de junio de 2015

El laboratorio

El proceso judicial contra el Dr. Maximiliano Carrizo finalizó en primavera. El juez, en contra de los vaticinios y especulaciones de la prensa, lo consideró absuelto de culpa y cargos. A la salida de los Tribunales, con la alegría de volver a recuperar su inocencia, Carrizo desabrochó el nudo de su corbata y, con aire jactancioso, cruzó la avenida que lo separaba de la multitud y, una vez en el parque, caminó hacia la gran magnolia, apoyó su espalda contra el amasijo de raíces y disfrutó de un cigarro bajo el manto gris que esa tarde cubría Buenos Aires.
De pronto, un flash de la memoria lo transportó nuevamente al laboratorio. Como en un carrete de película, volvió a ver cómo aquella madrugada el baboso organismo salía de su receptáculo y, reptando sigiloso, adhería su gelatinosa estructura al picaporte. El instinto de Carrizo lo había hecho ocultarse en el recinto contiguo, aún sabiendo que detrás de aquella puerta estaba Claudette, su asistente. De pronto, el olor, o quizás el terror, hizo que su nivel de conciencia descendiera por unos cuantos minutos. Al despertar, miró hacia la puerta y, de pronto, llegó el espanto: estaba entreabierta y un tenue rayo de luz violeta dejaba entrever aquel rostro inhumano. En el suelo, delante de aquello, yacía Claudette, cubierta por miles de larvas que crepitaban sobre su cuerpo tras salir de los huevos. Detrás de ella, la masa amorfa y pegajosa continuaba multiplicándose hasta el infinito. En ese momento, Carrizo se desmayó. Horas más tarde, al llegar la policía, la claridad de las linternas hirió sus pupilas y lo sorprendió oculto tras la mesa de ensayos, absorto y con la mirada fija en el cuerpo despedazado de Claudette.    

FIN

Fernando Adrian Mitolo ©

18 de junio de 2015

La broma absurda

Capítulo 6 - De brujos y huevos

 


       —Que no, te dije que no, mamá; ahora soy yo el que no quiere, así que ni te gastes en suplicar porque no te la voy a devolver. Y déjame en paz, venga, que estoy ocupado—remató Benigno, sudando como un chivo en celo, y cortó.

—¡Muy bien dicho, pibe, así se hace! Ya era hora de que te dignaras a pararle los pies a tu vieja —le reforzó el santero, un especímen mezcla de Demis Roussos y Rapel, que mientras le echaba en la cara una fumarola de hachis y toscano habanero que casi lo deja tumbado, se acomodaba los collares de coral de plástico que tenía colgados del cuello.

—Y ahora, ¿qué toca?, maestro, ¡esto me está dando un morbo! —preguntó Benigno, al tiempo que se secaba el sudor con un pañuelito de tela.

—Pará, pará, no te entusiasmés, nene, que si no la vas a cagar —le contestó el hombre, y le acarició la melena recién estrenada, lacia y azabache como la crin de un purasangre—. Vos de momento seguí practicando con lo del cuello. Si querés empezá con lo de la boca, pero no te zarpés, dejá lo otro para más adelante, piano piano. Ah, y no me digás “maestro”, que no soy Jesucristo.

—Está bien, perdone. Es que me emociono, ¿sabe? Mi madre me hizo sufrir tanto en la vida que, de solo pensar que ahora el que la tiene cogida por las bolas soy yo, me dan ganas de salir y comerme el mundo.

—Claro, normal... Uhhh, pibe, yo te seguiría escuchando, pero ya son las cuatro y de un momento a otro me llega otra clienta. Vos seguí con la…

—¡Verdad, cómo se pasó la hora! ¡Si parece que empezamos hace quince minutos! —dijo Benigno, algo desanimado.

—Es la percepción psicológica, nene, ¡engañosa como las mujeres!

—Ya. Aquí tiene, doscientos, ¿no?

—Sí, para vos son doscientos, precio especial. Y ojo con levantar la perdiz —le advirtió el mentalista, serio, como si aquello fuera verdad.

—Bueno, muchas gracias ¿Cuándo vengo?, ¿la semana que viene?

—No, todavía no estás para hacerte el autónomo. Te espero pasado mañana.

—Está bien, usted manda. Lo veo el jueves entonces.

—Sí, pero ojito, seguí con la rutina. Hacé los ejercicios de visualización y después una media horita de relajación, la de Jacobson, la de Schultz todavía no. Y no te olvidés, primero equilibrate los chakras. Por cierto, esperá que te voy a dar unas piedritas para reforzar la energía. Son del valle de Calamuchita, ¡tienen una potencia! Acá tenés, empezá por esta y terminá con esta otra. Cuidado con hacerlo al revés, que si no...

—Lo que pasa es que ahora no tengo…

—No te preocupés, me las pagás el jueves. Me das lo que quieras, la voluntad, como dicen acá.

—Ok, el jueves sin falta.



Benigno salió de aquel antro como una moto. No sabía qué hacer primero, si llamar a su amiga Violeta y agradecerle el maravilloso contacto que, a su parecer, le había proporcionado, o irse volando a visitar a Lurdita y lavar un poco las culpas por tanta sed de venganza que llevaba acumulada. Después de vacilar un rato, decidió ir a ver a Lurdita.

Antes de tomar el Metro, se metió en un 24 Horas y le compró un Donut de azúcar. Nada de chocolate, ni negro ni blanco, se dijo. A Lurdita le encantaban así, simples, como era ella. Cuando llegó a la clínica, la encontró sentada en el patio. Estaba sola, vestida con un chandal de color gris plomo y un moño celeste en la cabeza mirando hacia las ramas de un árbol, con los ojos bien abiertos y sin parpadear. Apenas vieron a Benigno, las enfermeras lo hicieron pasar. Ellas sabían la historia. Lurdita se las había contado cuando todavía estaba lúcida.

—Hola. ¿Cómo estás, palomita? —le dijo él.

—Es ese, el que está ahí arriba, ¿lo ves?..., el negro. —le respondió ella.

Benigno alzó la mirada pero no vió nada.

—Esta noche es la noche —continuó Lurdita—. Pero, shhhhhh…, no sueltes la lengua, que si se enteran estas me van a atar.

—¿Y de qué no se tienen que enterar?, si se puede saber.

—Prométeme que no se lo vas a decir.

—Prometido.

—Ven aquí, que tienen puestos los transmisores las muy zorras. Aquí, aquí detrás, que así no coge la señal.

Una vez detrás del arbusto, bajo la atenta mirada de las enfermeras, Lurdita le confesó su secreto:

—Pues eso, que esta noche es la noche…, ¿me entiendes?, “la noche”.

—Pues no, palomita, no te entiendo —le dijo Benigno, y, al ver de golpe su reflejo en el cristal de la ventana que daba al patio, se ufanó del nuevo look de su cabellera.

—Ay, siempre hay que explicarte todo —continuó diciendo Lurdita—. Lo que quiero decir es que esta noche él me fertilizará. Si todo sale como tiene que salir, en tres semanas ya empezaré a poner los huevos y…

—¿Qué dices, Lurdita?, ¿qué huevos?, ¿quién te va a fertilizar?

—¡Él!, ¡El Mirlo! Me lo pidió el segundo día que entré. Ellas se creen que me metieron aquí por el juez. Tontitas, no se dan cuenta que El Mirlo y yo venimos tramando todo esto desde hace meses, y que cuando ponga los huevos y nazcan los pichones ellas van a ser las primeras en irse a la calle. Ellas y el otro zanguango de blanco.

—Ya, ya entiendo —respondió Benigno, otra vez sudando, pero esta vez de incomodidad.

Afortunadamente para él, en ese momento, una de las enfermeras interrumpió la conversación y dijo que ya era hora de merendar, pero que si quería se podía quedar. Él aprovechó para excusarse y dijo que no podía. Así que se despidió de Lurdita con un apurado beso en la mejilla y se fue. Al salir, revolvió en el bolsillo para toquetear las piedras que le había dado el santero y, para su sorpresa, se dio cuenta de que no le había dado el Donut.



Llegó a su casa cubierto en sudor, otra vez. Ni bien entrar, se metió en el baño, se enjuagó la cara y luego empezó a practicar sin más los ejercicios de visualización frente al espejo. Sabía que antes tenía que equilibrarse los chakras, como le había dicho su querido iluminado, pero no quería perder tiempo, así que se ahorró ese paso. Y no solo eso, sino que, en contra de la advertencia del aprendiz de buda con forma de fraude, en vez de seguir “con lo del cuello” o, a lo sumo, “con lo de la boca”, se fue directo a “lo otro”. A medida que avanzaba en el ejercicio, entre imagen e imagen y palabra para un lado palabra para el otro, y cuando creía que ya tenía a tiro la chanza perfecta para encasquetársela a Rogelia y hacerle subir los colores, se le cruzaba Lurdita, con el moño celeste en la cabeza, sentadita en aquel banco de madera despintada y mirando la rama del árbol.

—Venga, un intento más —se decía.

Pero cuando no era Lurdita era El Mirlo, que no lo había visto, claro, pero si hablamos de visualización, para muestra un botón.

Finalmente, agotado después de una hora de traqueteo mental sin resultados aparentes, Benigno desistió. Para calmar su ansiedad, el antídoto hubiese sido la media horita de relajación, la de Jacobson, por cierto, no la Schultz. Pero no, otra vez hizo caso omiso de las sugerencias del brujo y prefirió ahogar sus supuestas frustraciones comiéndose el Donut. Y digo “supuestas” porque lo que Benigno no sabía era que, en el preciso momento en que le hincaba el diente al anillo de azúcar, Rogelia acababa de meterse en un brete que vaya uno a saber cómo iba a salir de él. Y es que lanzar semejante confesión a bocajarro: “¡Soy puta!, ¡soy puta!”, empezó a gritar, así como así, sin venir a cuento de nada, delante de las marujonas del barrio y en medio de una partida de lotería en el Bingo, eso sí que tiene tela.

 
Continuará…


Fernando Adrian Mitolo ©

17 de junio de 2015

Congelados


Andrés había estado toda la tarde resoplando y revoleando cada diez segundos la cabeza para acomodarse el flequillo —tan molesto los días de canícula—, y observando de manera casi obsesiva el reloj de pared,  minuto a minuto, como si aquella manía por sí sola alcanzara para que su  jefa cerrara de una vez por todas la peluquería. El calor no había bajado de los treinta y pico en todo el día y la noche no se presentaba mejor. Pero las clientas no saben de calores y sudores —o si lo saben apenas les importa—, menos aún cuando sus agendas de fin de semana están repletas de salidas con amigas criticonas, bodas de algún compañero de trabajo que, en ocasiones, ha despertado alguna que otra fantasía erótica, bautizos y comuniones a la española, y todo tipo de convenciones en las que la cabeza, la de afuera, no la de dentro, es la reina  del carnaval.

El caso es que ese jueves, a las ocho de la noche, ni un minuto más ni uno menos, tras acabar con el último tinte y después de que la dueña de la peluquería echara el cierre del local, Andrés por fin pudo dar por terminada la jornada y salir en polvorosa hacia la parada del autobús. Lo tenía todo pensado: ni bien entrar en su casa, se sacaría la ropa sin preocuparse de dónde o cómo cayera —si después Raquel quería protestar, que protestara—, y se metería de cuajo en la bañera para disfrutar de una refrescante ducha de agua helada en la que había estado pensando toda la tarde.

Pero, como se dice, “El hombre propone y Dios dispone”, de modo que, menos “streap-teases” impetuosos y más carita de felicidad, al ver que su novia no había ido a la clase de italiano y ya estaba en casa. Así que, con la mejor cara de alegría forzada, Andrés tuvo que posponer por unos minutos sus furores, mientras saludaba y se apuraba para esquivar las carantoñas y toqueteos de Raquel —inapropiados habida cuenta del sofoco que Andrés llevaba dentro—, que le dio la bienvenida en tacones y bragas rojas excesivamente sugerentes, con un vaso de gin tonic en la mano y completamente transpirada de arriba abajo. Eso sí, la chica se quedó más que a dos velas porque el recibimiento fue al mejor estilo: “Andrés fastidioso por el calor”, es decir, nada de besuqueos babosos ni abracitos, y tan solo un aligerado movimiento de manos, cual princesa saludando desde el balcón de su Palacio.

Después de traspasar como pudo aquella barricada sexo-amorosa de su novia, una vez en el baño, Andrés por fin respiró. Abrió el grifo de la ducha, sintió el primer escozor del agua helada y, sin más, metió una pierna, luego la otra, y disfrutó de aquella gélida cascada. Al rato, reavivado del sofoco que llevaba, empezó a silbar. Siempre lo hacía, y para eso no tenía ni vergüenza ni prurito, por más que sonara como una guitarra desafinada y supiera que, del otro lado de la puerta, Raquel se estaría mordiendo la lengua por no gritar como una burra. Pero esa tarde, el concierto acabó ni bien empezar, porque Andrés tuvo una repentina bajada de azúcar y se desplomó como una estatua en medio de la bañera. Mientras tanto, Raquel seguía en el salón, a su bola y con los cascos puestos, escuchando a Camela a todo volúmen, y apurando el último sorbo del gin tonic al tiempo que hojeaba sin mirar una revista de coches que se había dejado  olvidadada un amigo de Andrés.

Y fue en ese preciso instante cuando sucedió lo que ninguno de los dos hubiese deseado nunca: aquel hombre de porte señorial, lector empedernido que no se conformaba con cualquier cosa, por más Best Seller que fuera lo que entre sus manos tenía, ni siquiera esperó a terminar aquella página 234 y, hastiado hasta la coronilla de aquella “novelucha de mala muerte que no iba ni para atrás ni para adelante, que si Andrés, que si Raquel, que si Raquel, que si Andrés”, cerró el libro con rabia para nunca más abrirlo.

Y así se quedó él, Andrés, tendido boca abajo y con medio cuerpo fuera de la bañera, con una brecha de cinco centímetros en el medio de la frente y sangrando a borbotones, y con la cabeza dándole mil vueltas y a punto de perder el conocimiento. Y ahí se quedaría, congelado hasta quién sabe cuándo, ni vivo, ni muerto, lo mismo que Raquel, que seguía sentada y con los cascos puestos, en el salón, escuchando hasta la eternidad aquel “Nada de ti” de Camela. En fin, que ahí estaban los dos, cada uno en su mundo, esperando a que, con suerte, aquel hombre cambiara de opinión y se decidiera a retomar nuevamente la lectura desde aquella página 234.  

Dedicado a todos esos personajes de novelas, cuentos y demás yerbas literarias que, por esas cosas del destino, ven interrumpidas sus aventuras, sus amores, sus alegrías…, en fin, sus vidas.
Por ellos, nunca dejemos de escribir. Por ellos, nunca dejemos de leer.

Fernando Adrian Mitolo  ©