19 de mayo de 2015

La broma absurda

Capítulo 5 - Efectos secundarios


No había caso, por más palmaditas en el hombro que le dieran y aunque le disfrazaran la cosa con un: “Gelita, no hay mal que por bien no venga”, Rogelia no levantaba cabeza. Y nunca mejor dicho, porque desde que Lurdita decidió cortar con aquella aventura lésbica y dejarla en la estacada, la pobre no tenía ni fuerza para mantener su “azotea” erguida.

—Vamos, Rogelia —le insistía Erlita, la costurera del 2ºB—, levante el cogote, que se le van a quedar las cervicales como una piedra.

Pero Rogelia seguía cabizbaja, y no porque no quisiera: sencillamente, no podía. De modo que, tras aguantar dos semanas con semejante tortura y con el estómago atiborrado de miorelajantes y antinflamatorios, llamó al 012 y pidió cita con su médico de cabecera. Hay que decir que eso de ir al Centro de Salud, a Rogelia no le hacía mucha gracia; decía que aquello era un escaparate de “blandengues oportunistas” que iban a ver qué podían rascarle a la Seguridad Social, y que eso la ponía verde. ¡Como si entre ellos no hubiera gente realmente enferma! En fin, el caso es que de solo pensar que lo del cuello se le podía complicar, hizo que el miedo se le metiera en el cuerpo y se tuviera que guardar sus prejuicios en el bolsillo.

El día de la consulta, llegó una hora antes. Estaba convencida de que si a la gente la veían sentada durante un rato largo y con cara de lástima, la hacían pasar primero. Estaba claro que el Dr. Revuelta no compartía en absoluto tal presunción porque, a pesar de echarse toda la hora con el pañuelito en la mano y haciendo que lloriqueaba, no solo no la hizo entrar sino que, además, la dejó esperando veinticinco minutos más por atender a un visitador médico. Y es que recibir como “muestra gratis” un fin de semana para dos en un hotel de cuatro estrellas, con todo incluido y un vale para el spa, por el simple hecho de recetar a tajo y destajo el antidepresivo de turno, no era para desperdiciar.

Cuando Rogelia finalmente pasó y el doctor cayó en la cuenta de que la que estaba sentada hacía más de hora y media ahí fuera era la mismísima Rogelia Betancor, a aquel se le puso la cara como un fiambre:

—Pero…, ¿de verdad que es usted, Doña Rogelia? ¡Es que no me lo creo! —y no paraba de mirarla de arriba abajo, la cabeza y el cuerpo, la cabeza y el cuerpo…, así hasta que después de cinco repasos oculares, ella lo frenó y le dijo:

—Si sigue con las miraditas como si yo fuera un fenómeno, lo denuncio.

Tras el ultimátum, el facultativo la hizo pasar y, ya más tranquilo —porque en realidad hasta se le había  secado la boca—, el Dr. Revuelta le pidió que le explicara con lujo de detalles lo que había sucedido. Sabía de un caso de extrapolación de cabezas en la India, en una aldea cercana a Nueva Delhi, pero al parecer aquello no había prosperado porque no se trataba de cabezas de la misma especie. Pero esto que tenía frente a sus ojos era otra cosa: “esto va a ser una revolución para la ciencia”, pensó. En cuestión de segundos, se vio recorriendo Europa, Latinoamérica, ¡E.E.UU!…, liderando conferencias y congresos para la comunidad médica internacional, y ganando millones y millones de euros, él, un medicucho de tres al cuarto que apenas si sabía distinguir una gripe de una neumonía.

—Doctor…, ¡doctor!, que se me está acalambrando el cuello —le dijo Rogelia, que ya llevaba casi un minuto y medio con la mano del tal Revuelta forzándole los esternocleidomastoideos para que la cabeza se le quedara mirando hacia el techo.

—Uy, perdone usted, Doña Rogelia —se diculpó él, y le quitó la mano del mentón, al tiempo que aquella pelota lleno de pelos volvía a su posición normal, es decir, a caer y a mirar el suelo.

—Vamos a tener que hacer algunas pruebitas, señora Betancor. Radiografías, tomografías, analíticas, aunque no creo que allí salga nada, porque esto no va ni de músculos, ni de glóbulos ni nada de eso. Esto me da que es psicológico.

—¿Pero qué dice?, ¿psicológico?, ¡qué tiene que ver eso con tener el cogote caído!

—No lo sé, por eso lo de los estudios. Pero no se preocupe, ahora que salga alcáncele esto a la chica del mostrador y pídale “Preferente”, “¡Preferente!”, no se olvide, que si no le van a dar turno para cuando resucite Matusalem —le dijo—. Ya va ver que no es nada —y, sin más, le abrió la puerta, le apuró un beso en la mejilla no sin cierto repeluz y la despidió.

Rogelia salió de la consulta más confusa y alterada que cuando entró. Y eso que no sabía que, mientras ella bajaba las escaleras, dentro de la consulta, el Dr. Revuelta no paraba de rascarse la cabeza y tamborilear con el pie, pensando qué demonios le estaría pasando a la pobre mujer, que para qué le había mandado a hacerse esas pruebas aún sabiendo que no serviría de nada, a la vez que  intentaba encontrar en Google la frase: “extrapolación de cabezas”, a ver si allí salía algo y le aclaraba un poco el entuerto.

A los pocos días de aquel frustrado encuentro, ni bien salir de la ducha, Rogelia se miró al espejo, como siempre —una costumbre que tenía, vaya uno a saber por qué, esa de observarse desnuda y mojada— y, de pronto, vio que tenía un moretón en el lado derecho del cuello.

—Ya sabía yo, tanto tocarme, tanto tocarme…

Se acercó al cristal, embelesada por aquel manchurrón de color violeta, y pegó un grito que hasta la perrita del vecino de al lado empezó a ladrar.

—¡Pero esto qué es ahora! —se dijo, y no daba crédito a la cara que se le había puesto.

Porque lo del moretón no era todo, ni mucho menos lo más grave. Lo peor era la mueca de su cara, que era la de Benigno, se entiende.

Salió corriendo del baño a toda prisa hacia el salón, sin importarle que estaba regando todo el piso con agua y aún a riesgo de pegarse un resbalón y caer como un mastodonte sobre la vitrina en la que guardaba la cristalería.

—¡Hijo de una gran puta!, ¿de qué carajo te ríes?, ¡malnacido! —repetía en voz alta, al tiempo que se daba de bofetones en la boca como si aquello fuese a revertir el mohín que llevaba dibujado. 

Porque el caso es que lo tenía como congelado, y por más que se tocaba el labio y se lo retorcía para ver si por esas cosas de la vida se le iba el entumecimiento, la sonrisa socarrona de Benigno no mostraba visos de desaparecer. De modo que cogió el teléfono, marcó el número del móvil y esperó a que aquel respondiera.

continuará



Fernando Adrian Mitolo ©

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