26 de mayo de 2015

Códigos Penales y destierro subjetivo

Un reflexión sobre el Artículo 20º


Si hay un término legal que, desde siempre, me ha ocasionado más de un quebradero de cabeza, es el de “Inimputabilidad”. Y no por el término en sí, sino por lo que ello conlleva. Si revisamos en concreto dos de los puntos del Artículo 20º del Código Penal Español (y no hay más que revisar otros Códigos Penales para encontrarnos con idéntica situación), al referirse a la condición de inimputabilidad ante un delito, dice:

  
  • (…) El que al tiempo de cometer la infracción penal, a causa de cualquier anomalía o alteración psíquica, no pueda comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión. El trastorno mental transitorio no eximirá de pena cuando hubiese sido provocado por el sujeto con el propósito de cometer el delito o hubiera previsto o debido prever su comisión.


Ante esto, yo me pregunto, ¿puede un trastorno mental transitorio ser “provocado”  por el propio sujeto? Al parecer, sí.

Y agrega:


  • El que al tiempo de cometer la infracción penal se halle en estado de intoxicación plena por el consumo de bebidas alcohólicas, drogas tóxicas, estupefacientes, sustancias psicotrópicas u otras que produzcan efectos análogos, siempre que no haya sido buscado con el propósito de cometerla o no se hubiese previsto o debido prever su comisión, o se halle bajo la influencia de un síndrome de abstinencia, a causa de su dependencia de tales sustancias, que le impida comprender la ilicitud del hecho o actuar conforme a esa comprensión (…).


Pues bien, el Código Penal establece que a quien comete un delito ante estos supuestos, incluso un crimen, no podemos pedirle que “responda” por él. Sigo preguntándome: ¿y quién debe responder entonces?  En el caso de los menores está claro: sus padres. Pero hay otro interrogante que, quizás, ahonda más en la cuestión que quiero plantear, y que es: ¿a quién interpela el Código Penal?, ¿a quién pide que rinda cuentas?

La respuesta es tajante: al sujeto de la Conciencia, al sujeto que “sabe”, que “comprende”, que “conoce” y  que está “dentro de la realidad”, como si todo esto fuera suficiente. Lo que queda claro es que, de miras a “pedir responsabilidades”, esta opción se nos queda coja, ya que contar solamente con el sujeto de la Conciencia, con el Yo, hace que dejemos de lado a esa otra instancia que, aunque imposible de objetivar, está detrás de todo acto, delictivo o no: el sujeto del Inconsciente.

Y esto tiene sus efectos, y en este caso sí que objetivables, ya que olvidar el estatuto del sujeto del Inconsciente, es lo que deja a miles de personas en lo que yo llamaría una especie de “destierro subjetivo”. Y para ello, no hay más que remitirse a los crudos testimonios de muchos enfermos mentales graves; esos que, tras una sentencia de “inimputabilidad”, vuelven a quedar fuera de todo “lazo social” (redoblándose así su íntimo sentimiento de exclusión al ni siquiera poder ser juzgados como cualquier otro), cayendo finalmente en el peor de los abismos.

Un ejemplo de esto lo ilustra el caso del filósofo francés Louis Althusser, asesino confeso de su esposa quien, en las primeras líneas de su obra “El porvenir es largo”, ya nos deja patente que no se resigna al silencio, definiendo a su libro como “la respuesta a la que, en otras circunstancias, habría estado obligado”, respuesta que, por cierto, nunca se le exigió.



En fin, un verdadero alegato que denuncia, sin tapujos, el sufrimiento de un “destierro subjetivo”, inducido esta vez por la arbitrariedad de un código de justicia que forcluye una vez más al sujeto de la locura.

Fernando Adrian Mitolo ©


20 de mayo de 2015

El reparto

—Venga, vamos, que comienza el recuento. Y tú, apunta y que no se te pase nada, para que luego no haya reclamos. Empezamos: para tí, trescientos. Estos doscientos veinte, para ustedes. A los del fondo, esta vez no les toca nada, se salvaron.
—¿A nosotros cuántos nos van a encasquetar? No se olviden que estamos lejos, y eso cuenta.
—Los tratados son los tratados, y por más que estén donde están, aquí hay que estar para las buenas y para las malas. Así que "chitón". Por ahora sólo se llevan cincuenta. Mañana, Dios dirá.
—Oh, si estos protestan, ¿nosotros entonces qué tenemos que hacer?
—Haberse abstenido cuando hubo que votar. Además, el mes pasado no se llevaron nada, así que... hoy toca.
—.............................................................

Ustedes se preguntarán: ¿qué se reparten?, ¿caramelos?
No. Inmigrantes.

Fernando Adrian Mitolo ©

Por todos ellos. 

19 de mayo de 2015

La broma absurda

Capítulo 5 - Efectos secundarios


No había caso, por más palmaditas en el hombro que le dieran y aunque le disfrazaran la cosa con un: “Gelita, no hay mal que por bien no venga”, Rogelia no levantaba cabeza. Y nunca mejor dicho, porque desde que Lurdita decidió cortar con aquella aventura lésbica y dejarla en la estacada, la pobre no tenía ni fuerza para mantener su “azotea” erguida.

—Vamos, Rogelia —le insistía Erlita, la costurera del 2ºB—, levante el cogote, que se le van a quedar las cervicales como una piedra.

Pero Rogelia seguía cabizbaja, y no porque no quisiera: sencillamente, no podía. De modo que, tras aguantar dos semanas con semejante tortura y con el estómago atiborrado de miorelajantes y antinflamatorios, llamó al 012 y pidió cita con su médico de cabecera. Hay que decir que eso de ir al Centro de Salud, a Rogelia no le hacía mucha gracia; decía que aquello era un escaparate de “blandengues oportunistas” que iban a ver qué podían rascarle a la Seguridad Social, y que eso la ponía verde. ¡Como si entre ellos no hubiera gente realmente enferma! En fin, el caso es que de solo pensar que lo del cuello se le podía complicar, hizo que el miedo se le metiera en el cuerpo y se tuviera que guardar sus prejuicios en el bolsillo.

El día de la consulta, llegó una hora antes. Estaba convencida de que si a la gente la veían sentada durante un rato largo y con cara de lástima, la hacían pasar primero. Estaba claro que el Dr. Revuelta no compartía en absoluto tal presunción porque, a pesar de echarse toda la hora con el pañuelito en la mano y haciendo que lloriqueaba, no solo no la hizo entrar sino que, además, la dejó esperando veinticinco minutos más por atender a un visitador médico. Y es que recibir como “muestra gratis” un fin de semana para dos en un hotel de cuatro estrellas, con todo incluido y un vale para el spa, por el simple hecho de recetar a tajo y destajo el antidepresivo de turno, no era para desperdiciar.

Cuando Rogelia finalmente pasó y el doctor cayó en la cuenta de que la que estaba sentada hacía más de hora y media ahí fuera era la mismísima Rogelia Betancor, a aquel se le puso la cara como un fiambre:

—Pero…, ¿de verdad que es usted, Doña Rogelia? ¡Es que no me lo creo! —y no paraba de mirarla de arriba abajo, la cabeza y el cuerpo, la cabeza y el cuerpo…, así hasta que después de cinco repasos oculares, ella lo frenó y le dijo:

—Si sigue con las miraditas como si yo fuera un fenómeno, lo denuncio.

Tras el ultimátum, el facultativo la hizo pasar y, ya más tranquilo —porque en realidad hasta se le había  secado la boca—, el Dr. Revuelta le pidió que le explicara con lujo de detalles lo que había sucedido. Sabía de un caso de extrapolación de cabezas en la India, en una aldea cercana a Nueva Delhi, pero al parecer aquello no había prosperado porque no se trataba de cabezas de la misma especie. Pero esto que tenía frente a sus ojos era otra cosa: “esto va a ser una revolución para la ciencia”, pensó. En cuestión de segundos, se vio recorriendo Europa, Latinoamérica, ¡E.E.UU!…, liderando conferencias y congresos para la comunidad médica internacional, y ganando millones y millones de euros, él, un medicucho de tres al cuarto que apenas si sabía distinguir una gripe de una neumonía.

—Doctor…, ¡doctor!, que se me está acalambrando el cuello —le dijo Rogelia, que ya llevaba casi un minuto y medio con la mano del tal Revuelta forzándole los esternocleidomastoideos para que la cabeza se le quedara mirando hacia el techo.

—Uy, perdone usted, Doña Rogelia —se diculpó él, y le quitó la mano del mentón, al tiempo que aquella pelota lleno de pelos volvía a su posición normal, es decir, a caer y a mirar el suelo.

—Vamos a tener que hacer algunas pruebitas, señora Betancor. Radiografías, tomografías, analíticas, aunque no creo que allí salga nada, porque esto no va ni de músculos, ni de glóbulos ni nada de eso. Esto me da que es psicológico.

—¿Pero qué dice?, ¿psicológico?, ¡qué tiene que ver eso con tener el cogote caído!

—No lo sé, por eso lo de los estudios. Pero no se preocupe, ahora que salga alcáncele esto a la chica del mostrador y pídale “Preferente”, “¡Preferente!”, no se olvide, que si no le van a dar turno para cuando resucite Matusalem —le dijo—. Ya va ver que no es nada —y, sin más, le abrió la puerta, le apuró un beso en la mejilla no sin cierto repeluz y la despidió.

Rogelia salió de la consulta más confusa y alterada que cuando entró. Y eso que no sabía que, mientras ella bajaba las escaleras, dentro de la consulta, el Dr. Revuelta no paraba de rascarse la cabeza y tamborilear con el pie, pensando qué demonios le estaría pasando a la pobre mujer, que para qué le había mandado a hacerse esas pruebas aún sabiendo que no serviría de nada, a la vez que  intentaba encontrar en Google la frase: “extrapolación de cabezas”, a ver si allí salía algo y le aclaraba un poco el entuerto.

A los pocos días de aquel frustrado encuentro, ni bien salir de la ducha, Rogelia se miró al espejo, como siempre —una costumbre que tenía, vaya uno a saber por qué, esa de observarse desnuda y mojada— y, de pronto, vio que tenía un moretón en el lado derecho del cuello.

—Ya sabía yo, tanto tocarme, tanto tocarme…

Se acercó al cristal, embelesada por aquel manchurrón de color violeta, y pegó un grito que hasta la perrita del vecino de al lado empezó a ladrar.

—¡Pero esto qué es ahora! —se dijo, y no daba crédito a la cara que se le había puesto.

Porque lo del moretón no era todo, ni mucho menos lo más grave. Lo peor era la mueca de su cara, que era la de Benigno, se entiende.

Salió corriendo del baño a toda prisa hacia el salón, sin importarle que estaba regando todo el piso con agua y aún a riesgo de pegarse un resbalón y caer como un mastodonte sobre la vitrina en la que guardaba la cristalería.

—¡Hijo de una gran puta!, ¿de qué carajo te ríes?, ¡malnacido! —repetía en voz alta, al tiempo que se daba de bofetones en la boca como si aquello fuese a revertir el mohín que llevaba dibujado. 

Porque el caso es que lo tenía como congelado, y por más que se tocaba el labio y se lo retorcía para ver si por esas cosas de la vida se le iba el entumecimiento, la sonrisa socarrona de Benigno no mostraba visos de desaparecer. De modo que cogió el teléfono, marcó el número del móvil y esperó a que aquel respondiera.

continuará



Fernando Adrian Mitolo ©

17 de mayo de 2015

Génesis Linguae



"Haz la prueba y verás", dijo el mago, "sólo necesitas un recipiente, las dos palabras y algo para mezclarlas".
Al llegar a su cabaña el samaritano agarró la urna y una cuchara de madera, y del inmenso espacio llamado vocabulario escogió los dos vocablos que le había inidicado el mago: culpa y bondad.
Enorme fue su sorpresa cuando, ante sus ojos, comenzó a dibujarse la palabra compasión.

Fernando Adrian Mitolo ©
 

16 de mayo de 2015

La invención de Morel - Adolfo Bioy Casares


En esta pequeña novela de 1940, ambientada en un paisaje isleño, sórdido y aparentemente deshabitado, Bioy Casares nos sumerge de lleno en un mundo postizo en el que, a partir del monótono ir y venir  de sus personajes, queda patente el carácter imaginario e ilusorio de la realidad. 

Fernando Adrian Mitolo


Así habló Zaratustra - Friedrich Nietzsche


Una de sus obras clave en la que nos dispara lo más crudo y certero de su pensamiento bajo la palabra de su especie de "alter ego", el profeta Zaratustra.

Fernando Adrian Mitolo

14 de mayo de 2015

De dragones y leones


Releyendo algunos escritos viejos, me topé con uno de los primeros que escribí apenas comenzar mi Residencia de Psicología en el Hospital T. Álvarez de Buenos Aires, allá por el año 1997, sobre la Ética del Psicoanálisis. Era una época de novedades, de ilusiones a borbotones, pero también de mucha angustia frente a lo desconocido de la locura. Aquel texto, que hablaba sobre la postura de Freud en relación con la Moral, tan diferente de la Ética, lo presenté en las primeras Jornadas de Residentes a las que asistí y, si bien no era más que un refrito de ideas que llegaban a mí digeridas por otros, lo que hoy llamó poderosamente mi atención al releerlo fue una cita que allí puse sobre Nietzsche, extraída, a mi entender, de una de su obras más sublimes: "Así habló Zaratustra". 

Aquí les dejo esa cita, sin otra pretensión más que, los que no leyeron la obra, quizás puedan hacerlo, y los que sí, si acaso retomarla:

<<(…) ¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese dragón no es otro que el “tú debes”. El “Tú debes” le sale al paso como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas, brilla con letras doradas el “Tú debes”. Milenarios valores brillan en esas escamas y el más prepotente de todos los dragones habló así: 

Todos los valores de las cosas brillan en mí. Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, no debe seguir habiendo un “¡Yo quiero!” (…)>>.

Y así habló el gran dragón, a lo que Nietzsche responde:

<<(…) Hermanos míos, ¿para qué es necesario en el espíritu un león? (...) Crear valores nuevos no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está propiciarse en libertad para creaciones nuevas. Para crearse libertad y oponer un sagrado «No» al deber, para eso hace falta el león (...) Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir «Sí», el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, y el que se retiró del mundo, conquista ahora su mundo (…)>>.

Creo que sobran las palabras ante tanta elocuencia. Simplemente, reflexionemos sobre cuántas veces hemos agachado la cabeza ante nuestros dragones.

Fernando Adrian Mitolo ©

Nota: Imagen "Dragón y León", sacada de: http://felixdasilva.deviantart.com

13 de mayo de 2015

Decálogo para no ser famoso ni tener éxito


1. Estudia algo que tenga que ver con lo social.
2. Sé honesto y gánate la vida trabajando, en lo que sea.
3. Ama a los animales y, nunca, pero nunca, los abandones. 
4. Cuida el medioambiente y, si ves una lata tirada en la calle o basura en una playa, recógela y tírala en el primer contenedor que veas.
5. Recicla.
6. Paga tus impuestos y no defraudes a Hacienda.
7. Si escribes, cantas o actúas, hazlo desde el corazón, sin importar si vas a ganar dinero con eso.
8. Cultiva tu inteligencia y lee, lee mucho, sin olvidarte de los "clásicos".
9. Ocúpate de otras personas que puedan necesitarte, ya sea con tu trabajo o haciendo una obra de bien.
10. Ríete de tí mismo en caso de no saber usar muy bien las redes sociales y relaciónate con humanos.

Fernando Adrian Mitolo ©

12 de mayo de 2015

La broma absurda

Capítulo 4 - La nueva vida de Rogelia

  ¡Pero qué éxtasis, que gozo! —repetía Rogelia, ante cada visita que Lurdita le hacía a sus catacumbas—. Y es que si alguien le hubiese dicho que a poco de llegar a los sesenta por fin iba a entregarse al verdadero caramelo que tenía entre sus piernas y que, encima, la encargada de abrir el envoltorio y llevárselo a la boca sería nada menos que una treintañera y novia de su hijo, se hubiera caído muerta ahí mismo. Sin embargo eso ya se veía venir; en verdad, esas tretas no eran nuevas. Otra cosa es que Rogelia nunca lo haya querido reconocer, pero sí que había hecho sus pinitos lésbicos cuando tenía cuarenta y tantos con una panadera del barrio que la tenía loca, decía. De todas formas, aquello nunca llegó a prosperar, ya que ellas jamás pasaron de los besos y los toqueteos —ardientes, eso sí—, porque si algo hay que decir de Rogelia es que, mientras el difunto de su marido estuvo vivo, se comportó como una señora. Pero claro, liberadas ya las ataduras del matrimonio y crecidito ya su querido Benigno, la mujer se desmelenó. Lo que no sabía era en el menjurje psicológico en el que se iba a meter, y no solo ella, sino también Lurdita, con tanto alborozo y tanta algarabía de amazona recién estrenada.


El primer batacazo sucedió una tarde cuando, en medio de un revolcón, Rogelia abandonó la faena y lanzó:

—Nena —porque le llamaba “Nena”—, ¡acabo de tener una experiencia transpersonal!

Lurdita, a medias y con los pelos todos revueltos, se incorporó:

—Ay sí, no me mires con esa cara de boba —dijo Rogelia desde allí abajo, y siguió—, ¿cómo te lo podría explicar?, es como si de a ratos no supiera quién goza aquí dentro —y se señaló las partes, gesto que, por cierto, a Lurdita le pareció de lo más basto.

—Pero, ¿qué dice, Rogelia? ¡No me asuste! —y a esas alturas ya la cara de Lurdita se había puesto como un papel—. Espere, deme agua, deme agua, que a mí estas cosas raras… —pero como Rogelia ni se inmutó, ella misma estiró el brazo hacia la mesita de noche y se la dispensó.

—Bueno, Nena, si lo sé no te digo nada; tampoco es para tanto. Simplemente se me pasó por la cabeza y te lo dije. ¿Tanto lío?

—No, si a mí me gusta que me cuente todo; en eso Benigno era más reservado. Usted no sabe lo que le tenía que rogar para que me contara las cosas. Eso sí, cuando se destapaba y se ponía a hablar, ¡mi Dios!, decía cada tontería… pero, ¿qué le voy a contar yo a usted?

De repente, mientras el cuerpo de Rogelia seguía restregándose como una sirena en celo contra la piel de Lurdita, la cabeza de Benigno se giró como si tuviera un resorte y miró a la pobre chica con unos ojos que casi la incineran:

—¿Qué has dicho? ¿Qué quieres decir con eso? —le dijo, con enfado, y esta vez sí que la voz era igual igual a la de Benigno.

—Estése quieta, Doña Rogelia, que ya me puse nerviosa —y, suavemente, se quitó sus manos de encima—. Vamos a ver, no lo dije con mala intención. Tú…, usted… ay, estoy hecha un lío. En fin, que usted sabe y tú sabes lo que yo te quiero, Benigno, y lo mucho que me gustaban tus ocurrencias. Pero, claro, ahora que usted…, perdona, Benigno, esto es para ella ahora; decía, ahora que usted me lo hace notar, entonces esa frase, esa frase tan estrafalaria…, ¡Rogelia, por favor, venga ya, ahora no me apetece! ¿Ve?, ya me hizo perder lo que le quería decir.

—Lo de la frase estrafalaria, Nena —agregó la voz de Benigno.

—Ah, sí, eso, que esa frase, ya me parecía a mí que no tenía que ser suya.

—No te entiendo.

—¡Que eso lo dijo él…, bueno, tú, Benigno! —y señaló hacia la cabeza que portaba Rogelia—. Ahora comprendo lo de la experiencia transpersonal a la que usted se refería.

—No, si al final va a ser que eras más lista de lo que parecías.

De repente, Lurdita se ahogó en un llanto desconsolado.

—¿Y ahora qué te pasa, Nenita? —y la mano de Rogelia le acarició la mejilla, hasta ir bajando poco a poco hasta los pechos de Lurdita.

—¿Qué me va a pasar? Que tengo un berenjenal en la cabeza peor que el que debe tener usted en la suya, que en realidad no es la suya. Porque, vale, usted se pregunta que quién disfruta ahí dentro —y Lurdita no señaló nada—, pero yo me pregunto, ¿y quién disfruta entonces realmente conmigo, Doña Rogelia?, ¿su cuerpo o la cabeza de Benigno?

En ese momento, otra vez, Rogelia sintió como si la cabeza que llevaba puesta fuera por un lado y su cuerpo por el otro:

—¡Soy el Minotauro! —espetó, de golpe.

—¿Qué dice? —preguntó Lurdita.

—¿Quién?

—Usted, eso que dijo, ¿el mino qué?

—Ay, no sé, Nena, nada, qué se yo, otro día te lo explico —le dijo, evasiva, y con eso cortó la conversación.



Aquella semana, apenas se vieron las caras. Rogelia quería encontrar una respuesta a lo que consideraba —erróneamente— una crisis de identidad en toda regla y, para eso, necesitaba estar sola. De todas maneras, no fue ella la que se llevó la peor parte; al fin y al cabo, su zozobra no venía por el lado del “¿Quién soy?”; lo suyo era más bien una pregunta sobre la voluptuosidad: “¿Quién goza aquí dentro?”, había dicho. Y, si vamos al caso, habría que decir que ambos, porque tanto gozaba su cuerpo lesbiano como la cabeza que tenía pegada encima de sus hombro. Por lo que, la autoestima de Lurdita, se llevaba premios por todos los lados: cuerpo de suegra y cabeza de novio, embelesados a más no poder con su inocencia lasciva.

Sin embargo, aquello no contentaba en absoluto a Lurdita, que había quedado bastante trastornada, y aquella pregunta sobre quién era el que realmente gozaba, le empezó a retornar con la fuerza de un boomerang. Un día, hastiada ya de tanta desazón y después de darle vueltas al asunto, llamó a Benigno:

—¿Nos podemos ver esta tarde? Es urgente —le dijo—. Necesito hacerte una propuesta.

—Ok —respondió él, secamente, mientras le hacía señas a la peluquera, una ecuatoriana que tenía unas manos que ni Moncho Moreno— para que le bajara la temperatura del secador porque se estaba calcinando.

Sobre las tres de la tarde se encontraron en “El Molino”, un tugurio de mala muerte en la calle Hermanos Noblejas.

—¿No podías haber elegido un lugar mejor? —le dijo ella, algo molesta y puso cara de asco al ver el peinado que llevaba Benigno.

—Es que estaba por aquí cerca y, se te oía tan desesperadita, que dije lo primero que se me ocurrió.

Lurdita hizo como si no le hubiera dicho nada y fue al grano:

—Vamos a ver, Benigno, te lo voy a decir así, sin anestesia: estoy completamente desquiciada. Si no encuentro una solución a todo esto me voy a volver loca, si no es que ya lo estoy.

—Aha —asintió Benigno, algo displicente, aunque, por la mueca, se notaba que quien llevaba la voz cantante en ese momento no era él si no la cabeza de Rogelia— ¿Y?, ¿qué quieres que haga?

—Pues que la cosa con tu madre no funciona. Ella está encantada, pero a mí no me acaba de convencer. No sé, la onda cunnilingus me da bastante asquito, sobre todo cuando me toca rematar la faena a mí. Pensé que lo iba a tolerar, pero lo único que hasta ahora me ha mantenido atada a ese mamotreto de grasa es lo que tiene pegado arriba del cuello, no sé si me explico.

—Perfectamente. ¿Y cuál es la propuesta?

—Volvamos, Benigno, por favor.

—¡Ah!, ¡yo encantado! —dijo Benigno, y otra vez se notaba que aquella efusividad no había salido tanto de su cuerpo como de la cabeza de Rogelia, que ya vislumbraba las festicholas que se podía llegar a dar en caso de que la propuesta de Lurdita prosperara.

—No puedo estar sin tu cabeza, Benigno, es lo único que me importa. Devuélvele este trasto a tu madre y recupera la tuya, venga —agregó Lurdita, propinándole una colleja en la nuca. 

—Pues como no se la quites a Rogelia...

—Es que ella no quiere ni oír hablar de eso, ya lo sabes.

—Entonces, ¿cuál es la solución?

—No sé, enfréntate de una vez a esa bruja, hazlo por mí.

—No, paso —dijo Benigno, y por dentro se retorcía, pensando que no era más que un cobarde. Pero era más fuerte que él, y ni siquiera las migrañas que le cayeron de regalo con la cabeza de Rogelia le daban la fuerza suficiente para ponerle los puntos y recuperar lo que era suyo.

—¿Y si te te pongo una careta? —le soltó, de golpe, Lurdita—. Hago una foto de tu cabeza, con la cara linda, eso sí, como esa que te sacaste en Toledo, ¿sabes cuál te digo? Y luego la imprimimos en A3, a tamaño natural, y la pastificamos. ¿Qué me dices? Algo es algo. Mientras tanto, seguimos intentando que aquella te la devuelva.

—Efectivamente, estás como una cabra.

—¡Por qué! —gimoteó Lurdita.

—¡Porque de solo pensar que esta harpía que tengo embutida aquí arriba va a estar disfrutando como una cerda meintras nosotros…, no, no, me da grima. Ya me la imagino, escondida detrás de esa chapuza de plástico, jadeando y gimiendo...,  qué asco, por Dios. No, Lurdita, lo lamento, pero no.

Y no hubo manera. Por más que Lurdita lloró y pataleó, se le puso de rodillas y hasta fingió un ataque de epilepsia, Benigno no dio el brazo a torcer. Probablemente, algo haya tenido que ver Rogelia en esa rígida tesitura, porque claro, de hacerlo habría salido perdiendo. De modo que aquella tarde, Lurdita se fue a su casa más trastornada de lo que había llegado, y Benigno, encantado con su nuevo look, se fue a dar un paseo por la Puerta del Sol presumiendo de aquellas extensiones de color burdeos.



continuará



Fernando Adrian Mitolo ©

Marzo de 2015

Sobre amos y esclavos

 "¡Pégame!, ¡pégame fuerte!", rogó el masoquista, y el amo, creyéndose el papel, cayó en la trampa y obedeció. 



Amos y esclavos. Fuertes y débiles. Goces y dolores. Poder y sumisión. ¿Quién se atrevería a asegurar qué cosa le toca a cada quién? ¿Quién osaría negar que en los estresijos de su dialéctica también se esconden el amor y el deseo?

Si quieres descubrir las reglas del juego, no te pierdas:

JUEGOS CON CICUTA
Coge la bolsa y respira...

con José Carlos Campos



12 y 13 de junio a las 20:30 horas, en la Sala Insular de Teatro de Las Palmas de Gran Canaria.

10 de mayo de 2015

Eres un terrorista



“Eres un terrorista, Bernardino”, le soltó su padre en medio de la comida, con la cara roja como un pimiento y la boca a punto de explotar y lanzar perdigones de albóndigas por todo el comedor. Y pobre niño, menuda cruz le cayó aparte del susto, porque a partir de ese día, como si de un conjuro se tratara, comenzó a pensar que su cuerpo era una bomba y que podía detonar en cualquier momento.

Empezaron a desfilar por su cabeza un sin fin de enfermedades, hasta las más raras, si cabe, y sin que nadie entendiera el por qué de aquella parafernalia mental. No hubo aparato, ni órgano corporal, ni ningún resquicio de su minúscula anatomía que se salvara del maleficio. “Mi cuerpo explotará, mi cuerpo explotará”, rumiaba. Y como aquello si fuera poco, su padre no dejaba de repetirle, casi a mansalva, “Eres un terrorista, Bernardino, eres un terrorista”, colorado como un cardenal y siempre con la boca llena.

El caso es que, mientras Bernardino se dedicaba a acumular municiones de odio contra su padre y al tiempo que las hojas del calendario se le iban desgastando, su cuerpo se convertía en una territorio minado. Así que inició un interminable camino por los senderos de la medicina. Decepcionado, probó suerte por otro derrotero, el de las terapias alternativas. Pero, una vez más, la travesía resultó estéril y, dijeran lo que le dijeran, no había respuesta que pudiera calmar aquel sufrimiento.

Fue entonces cuando se le ocurrió una idea, una forma de exorcizar el sortilegio; algo ardua, si acaso peligrosa, pero que nunca había probado: grabar a fuego sobre su propio cuerpo los nombres de su tormento. “Si logro escribirlas a todas, ya no habrá necesidad de que aparezcan y mi cuerpo no explotará”, pensó. Y así lo viene haciendo desde hace más de tres años, día tras día; aunque aún, a pesar del esfuerzo, no ha podido trazar la palabra exacta que logre desactivar la bomba.

Fernando Adrian Mitolo  ©
(2011)

8 de mayo de 2015

El ardid de Caperucita Roja


Si alguien le hubiese dicho a Caperucita Roja las penurias que iba tener que pasar a lo largo de los años, se habría pensado mejor aquello de aceptar el contrato de exclusiva con Perrault. Y no solo porque de exclusivo no tuvo nada sino que eso de contar una y otra vez la misma historia: que si la mantequilla para la abuela, que si el lobo, que si qué orejas más grandes tienes, que si se la comió…, en fin, lo que ya todos sabemos, la tenía más que hartita. Por eso, ni corta ni perezosa, en cuanto se enteró de la tertulia que la Biblioteca Municipal ha organizado para esta noche, la “La Noche de los Cuentos”, echó mano de sus encantos de mujer y, tras convencer a un servidor, logró hacer realidad su sueño de, aunque más no sea por un rato, engatusar a su aburrido destino.
El caso es que cuando hoy por la mañana su madre le encomendó el consabido recado, Caperucita se mostró solícita y, como siempre, esbozó su peculiar sonrisa, cogió la canasta, revisó que todo estuviera en orden y salió. Pero ni bien se adentró en el bosque y a resguardo ya de la mirada controladora de su madre, cogió el móvil y llamó sin más a su amiga del alma, la malhadada Bella Durmiente, otra víctima del destino literario que, a estas alturas, ya no es ni bella ni durmiente:
—Hola, soy yo, Caperucita; tenemos que vernos urgente —le instó—. Te espero en en el bosque, a la altura de donde empiezan los eucaliptos. ¡Apúrate, venga!, que en menos de cinco minutos ya será tarde.
Como si fuera una flecha, no pasó ni un segundo que la princesa ya estaba a su lado, retorciéndose las manos y ansiosa por saber qué había sucedido. Caperucita fue al grano:
—Necesito que me ayudes y le lleves esto a mi abuela. ¡Hasta el moño me tienen ya con la vieja!  Día sí día no, que si venga con la canastita, que no te olvides de quedarte un rato que la abuela está sola, y bla, bla, bla.
—Ah, ¡era eso! —respondió la princesa, algo desencantada.
—No. Hay otra cosa. Necesito un poco de…, tú ya me entiendes.
—Qué zorra eres —le retrucó la otra, captando al vuelo la indirecta y turbando la mirada—. ¿Y cómo me lo vas a pagar?
—Pues con lo que tanta envidia te ha dado siempre.
—¡El lobo! Ay, no me hagas ilusionar con quimeras que ya sabes cómo soy de sensiblona. Mucho más después de lo del príncipe, que menudo fiasco me resultó. Menos mal que Blancanieves me dejó a los enanos.
—Ya, pero eso es para otra tertulia. Ahora toma, ponte la caperuza y sigue recto por ahí. A quinientos metros seguro que aparecerá tu querido lobito y te hará la cantinela que me hace siempre. Ni siquiera se dará cuenta de que eres tú y no yo.
—¿Tú crees? ¡Ay mira, estoy temblando como una adolescente!
—Venga, venga —apuró Caperucita—. ¡Pero acomódate mejor la caperuza, mujer, que es corto de vista pero no ciego!
—Ay Caperucita, no sabes cómo te lo agradezco. De solo pensar en esos bigotes, esos lengüetazos… Por cierto, toma las llaves. En casa está Gruñon, no es el más cariñoso pero…
—Cariño, a estas alturas no estoy para ponerme exquisita. Pues eso, tú te encuentras con tu lobo y ya luego… tú misma. Venga.
—Oye, ¿y la abuela?, ¿qué hago con la canasta?
—Querida, mi abuela no está en su casa. Lo de su enfermedad es puro cuento. ¿No sabías que está de novio con Barba Azul?  Quién sabe por dónde andará ahora la muy lista. Lo que pasa es que a mi madre no se lo dijo porque con la reputación que tiene aquel hombre, te imaginas la que le hubiera liado. Pero bueno, la vieja ya es grandecita. Lo único que falta es tener que estar cuidándole las bragas. Así que no perdamos más tiempo. Tú, a lo tuyo, que a mí también me espera una noche como pocas.
Y colorín colorado, amigos, este es el ardid que logró tejer Caperucita con la ayuda de este humilde servidor. Dejémosle a cuenta los pocos minutos que faltan para que acabe esta “Noche de los Cuentos” y regalémosle ese rato de privacidad que tan merecidamente se ha ganado.

Fernando Adrian Mitolo ©
Mayo de 2015