16 de abril de 2015

Cuidado con la fabada asturiana

Una pequeña historia basada en hechos reales

 

 De haber sabido que aquella noche acabaría como acabó, no me hubiese comido aquellos dos platos de fabada que me sirvió Ramona. Todavía hoy, después de dos meses, no doy crédito que por haberme… pero no, vayamos por partes, que en estas lides de los problemas maritales, las prisas no son buenas consejeras.

Aquella tarde, yo había llegado de la librería con un humor de perros. Rebeca, mi compañera, seguía empeñada en que pusiéramos patas para arriba el almacén y recolocáramos todos los títulos por temáticas en vez de por autores. Claro, lo que no aclaraba la muy zorra era que el que tenía que encargarse de la faena era yo, y no ella. Una verdadera locura. En fin, que como no puedo con mi alma y nunca he soportado dejar con las ganas a una mujer, asentí a los ruegos de Rebeca y me dispuse a hacer lo que me pedía, aún a sabiendas que la que se llevaría los laureles ante el jefe sería ella.

Pero claro, aquella traición a mi ego, no me iba a salir gratis. Llegué a mi casa con los bríos tan alterados que, quien finalmente pagó los platos rotos, no fue otra que Ramona. Ni bien abrir la puerta, sabiendo lo que me crispaba, no tuvo mejor idea que hacer alusión a mi mala cara, que no voy a negar, esa tarde era de las peorcitas. Teniendo en cuenta aquel acercamiento tan poco asertivo por su parte, mi primera línea de artillería no se hizo esperar. Y aquí no crean que me propasé con la lengua ni nada por el estilo. No, no soy de esos. Tan solo redoblé la apuesta y, si de malas caras se trataba, pues la que le puse en ese momento se llevaba todos los premios. De ahí en más, la temperatura del ambiente se mantuvo tensa. Cruces por los pasillos sin dirigirnos la mirada, soliloquios en voz baja despotricando por mi carácter, y todas esas cosas que solemos hacer cuando, como se dice, “el horno no está para bollos”. Para no forzar la máquina, recuerdo que me duché, luego miré un poco el telediario y, sobre las ocho, nos dispusimos a cenar.

Y ahí fue donde me cavé mi propia tumba. Si ya me había servido un plato de fabada, contundente por cierto, ¿quién me mandó a mí a aceptarle el segundo?:

—¿Quieres un poco más? —me dijo Ramona, seria y sin apenas mirarme.

—Bueno, acepto —le contesté yo, más por hacerle un cumplido de reconciliación que por otra cosa, que ya bien sabe lo poco que me gustan esas situaciones.

Al rato, empecé a sentirme mal y una especie de letargo me invadió por completo. Pero lo peor fueron los retortijones; y es que dos platos de fabada, de noche… El caso es que, en el momento del postre que, por supuesto, no comí, por una tontería que hasta vergüenza me da recordar la cosa se volvió a reavivar y empezamos a discutir. No ya por lo de la tarde, que creo que ni ella se acordaba, si no por cualquier cosa que no venía ni a cuento pero que, si el objetivo era buscarme la mugre, estaba claro que era la estrategia más adecuada. Mientras iba de la mesa a la cocina y de la cocina a la mesa, Ramona no paraba de protestar y de sacar trapitos al sol, trapitos más que secos y guardados ya, pero que después de tanto removerlos, acabaron por hacerme explotar. Y nunca mejor utilizado el verbo, “explotar”, quiero decir, porque en ese momento, se ve que por los nervios, los efectos de la fabada hicieron acto de presencia y, precisamente mientras Ramona me estaba hablando, se me escapó una ruidosa ventosidad.

Y ese fue el detonante de todo lo que vino después. Ella tomó aquel gesto —absolutamente natural y humano como la vida misma—, como la peor ofensa que pudiera haberle propinado y, ardiendo como una brasa encendida, pasó por mi lado, me empujó y se fue a la habitación. A los pocos minutos salió y, con total indignación y con lágrimas en los ojos,  me dijo:

—Esto no va a quedar así, Amancio. Que sepas que yo no soy como esas tontitas que todo lo aguantan. No, no…, estás muy equivocado si es eso lo que piensas. Hoy es un gas, pero mañana quién sabe. ¡Dios me libre! —y, después de ese mensaje que apenas pude digerir, cogió el abrigo, abrió la puerta y se fue.

A los dos días, lo comprendí todo. A las ocho de la mañana, justo antes de salir para la librería, se presentaron en mi casa dos oficiales de policía con una citación: Ramona me había puesto una denuncia por malos tratos. 
 

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