29 de abril de 2015

La broma absurda

Capítulo 2 - La nueva Rogelia



Esta claro que, si le hubiesen avisado a Benigno que  aquella inusitada venganza que asestó contra su madre le iba a costar más cara que su oprobio, se lo hubiese pensado dos veces. Porque hay que decir que afectada, lo que se dice afectada, Rogelia realmente no quedó. Y si no, no habría más que verla cómo iba por la calle, tan campante ella con la cabeza de su hijo embutida encima del cogote, como si la llevara puesta desde toda la vida. Al contario de lo que hubiera deseado Benigno cuando aquella mañana le dejó su enorme bola hirsuta y grasienta encima del mueble, Rogelia estaba encantada con su nueva adquisición; aunque habría que decir, más bien, “imposición”, porque si por ella hubiese sido, con la tirria que le tenía a esa cabeza, jamás hubiese decidido ponérsela por motu propio.

El caso es que, a pesar de todo lo que despotricó, con el tiempo, al final, acabó reconociendo que la cabeza de Benigno le sentaba como los dioses, aunque igual no entonara demasiado bien con sus pechos de matrona y su gomoso corpachón, chorrera grasa por donde se mirara y, para evitarlo, tuviera que lavársela todos los días con ese champú que tanto detestaba. Pero todo eso era una tontería, al menos así lo creía Rogelia, que ya no estaba ni en edad ni con ganas de agradar a nadie. Qué más le daba cargar con esas menudencias, como las llamaba. Qué le importaba a ella a esas alturas que la tildaran de simplona —porque Rogelia sería lo que sería, pero vaya si era simplona esa cabeza de Benigno—, si ya la fama de lista y retorcida la tenía más que ganada. A ella, lo único que le interesaba era que ahora no tenía que pasarse tardes enteras sentada debajo del secador de la peluquería escuchando a esas cotorras decir una pavada tras otra, ni dejarse la vista colocándose los ruleros y las pincitas, por no hablar de los ataques de picazón que le daban cada vez que se ponía el tinte, porque eso sí, nada de tintes de marca, no, no…, ella el normal, el de toda la vida, aunque el  amoníaco le taladrara la piel hasta el cerebro. Con la cabeza de Benigno todo era más fácil: un lavadito por las noches, secar con la toalla, alborotar un poco antes de acostarse y, a la mañana siguiente, un poco de gel y a la calle.

Así fue como, gracias a las ventajas que le proveyó su nueva estética y a fuerza de ir haciéndose amiga de las estupideces y bobadas que día a día salían disparadas de su boca —porque ahora era “su” boca—, Rogelia se fue aligerando y su carácter, antaño agrio como la hiel, acabó azucarado como el almíbar. Y ustedes se preguntarán qué fue de Benigno después de todo esto. O de su novia, esa que cuando lo vió con la cabeza de Rogelia coronando su osamenta..., en fin, eso ya es otro cantar y merece que lo dejemos pendiente para otra tertulia.



Fernando Adrian Mitolo ©

Febrero de 2015

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