18 de noviembre de 2015

Me faltas... me sobran

¿Quién me diría lo que puedo hacer con este manojo de palabras que me sobran, estas con las que hasta hace poco te nombraba y que ahora solo me sirven para recordarte y devolverme el reflejo de tu ausencia?

¿Quién me dirá ahora dónde las puedo esconder, para que no duelan tanto cuando las oigo rondar dentro de mi cabeza, intentando anudarse a tu cuerpo, que ya no las reconoce como propias?

¿Quién será el que me diga qué hacer, o me enseñe las pistas para que encuentre, por fin, un lugar en el que guardarlas, quizás un cajón, quién sabe, que algún día abriré, para encontrarlas marchitas y sin rastros ya de su antiguo perfume?

Fernando A. Mitolo

10 de septiembre de 2015

"In this shirt", by The Irrepressibles

Aquí comparto con ustedes este video en el que "The Irrepressibles" nos deleita, no solo con un tema precioso, sino con una estética impactante:


Espero que les haya gustado. 

Fernando Mitolo

Ácaros



Hace exactamente treinta y cuatro días que me convertí en ácaro. Nadie lo sabe, ni siquiera Julieta, que no para de llorar por lo que cree fue un abandono repentino por mi parte. Por eso, aún a despecho de su sufrimiento, antes de seguir, quiero pedirles un compromiso: que nada de esto se divulgue, que no llegue al exterior, no quiero ser un fenómeno. Además, necesito protegerme. Temo por esta mísera e insignificante integridad, una entelequia que apenas me atrevo a llamar “vida”, ya que eso, por desgracia, lo considero definitivamente perdido.
 Todo comenzó de manera insidiosa, como si dentro de mi cabeza me hubiesen instalado una máquina de engendrar ideas absurdas, una especie de carrousel como los que reflejan las lámparas infantiles, esos que, vuelta tras vuelta, no dejan de reverberar imágenes, siempre las mismas. Fue así cómo, poco a poco, todas mis neuronas, mis nervios, mis tejidos, fueron adoptando esa nueva realidad que acabó horadando mi cerebro hasta terminar aniquilando por completo mi antigua identidad. Al principio, creí que esa inestabilidad mental era por la proximidad de la boda. Y a día de hoy, no podría asegurar que no lo haya sido. Pero, ¿qué importa ya eso? El caso es que, finalmente, ellos lograron convencerme y, ahora, ya no puedo volver atrás. Lo hecho, hecho está, y solo me resta esperar.
Hacía pocos días que habíamos llegado del viaje de luna de miel. La casa estaba tal y como la habíamos dejado, todo en su lugar. Ni bien entrar, la gata, imperturbable como siempre, nos demostró con su aparente indiferencia el displacer por haberla dejado sola, si bien no tenía por qué quejarse, ya que “sus tías”, como Julieta suele llamar a sus canguros, la habían tratado como a una reina. Pero, con el pasar de los días, algo comenzó a inquietarme. Empecé a sentir que el aire de la casa no era el mismo, como una extraña sensación de ajenidad; y el polvo, ese maldito polvo que sólo yo veía, y que acabó por desquiciarme. Un sábado, un rato antes de salir a almorzar a casa de unos amigos, a pesar del desacuerdo de Julieta, tuve la imperiosa necesidad de ponerme a limpiar:
—No puedo más. La casa huele raro —le dije, tajante, con un tono que ella presintió como un nuevo arranque de mis manías.
—Sí, claro, como no limpiamos nunca —me dijo, no sin cierta ironía.
—No es eso, Julieta, es otra cosa —le respondí, y fui directo a nuestra habitación.

Y, en efecto, ahí estaba el foco de la infección. Eran miles, millones quizá, desperdigados por cada rincón de la moqueta y dispuestos a librar batalla y conquistar, poco a poco, cada centímetro de la casa. La colonia estaba formada por manojos de aproximadamente trescientos individuos, liderados por una hembra bicéfala y ubicados en diferentes puntos estratégicos de la habitación, desde los que custodiaban y planeaban la siguiente emboscada. No les dí tregua. Sin dudar, me dirigí a la solana, cogí el cubo y preparé la mezcla.
—¿Qué haces ahora? —inquirió Julieta, molesta.
—¡Está lleno, ese era el olor! ¿O acaso no lo sientes?
—Lleno…, ¿qué cosa?, ¿de qué hablas, Sebastián?
—Nuestra habitación, Julieta, está infestada de bichos. Hazte a un lado, por favor.
—Pues no te entiendo, de verdad —me dijo, y se dio la vuelta, cogió el abrigo y salió.

Aquella noche, Julieta durmió en el sofá del salón. No era la primera vez que se enfadaba a causa de mis rarezas. Tras dos o tres intentos fallidos, al ver que no daba el brazo a torcer, la dejé sola y me fui a acostar. Antes de meterme en la cama, eché un vistazo por debajo y vi que el veneno había hecho efecto: los manojos yacían deshechos uno al lado del otro y ya habían cambiado de color. Solo había que dejarlos así unas horas más y luego recogerlos, ya muertos.
Pero, de pronto, en mitad de la madrugada y en contra de todas las previsiones, empecé a oirlos crepitar. Me incorporé, me restregué los ojos y asomé la cabeza lentamente por el borde del colchón. Y ahí estaban, otra vez. Miles, millones, apostados como un ejército debajo de mí, dispuestos a subir por las patas del sommier y a punto de colonizarme.
A la mañana siguiente, Julieta entró en la habitación. Su sonrisa delataba que ya se le había pasado el enojo. Pero de pronto, al ver la cama vacía, su gesto se trocó en una mueca de desaliento. Desde donde yo estaba, intenté hacerle señas para que me viera. Grité su nombre con todas mis fuerzas, pero era como si yo no existiera. Rabioso, arremetí una y otra vez contra uno de los barrotes de la cama para ver si, moviéndola, podía llamar su atención. Pero también fue inútil; aquello no fue más que un cosquilleo.
Con lágrimas en los ojos, Julieta abrio la puerta y se dirigió al salón. Oí que hablaba por teléfono con alguien, quizás con la policía, no lo sé. El caso es que ya ha pasado más de un mes y yo sigo aquí, atrapado entre esta hueste de alimañas maloliente, viendo cómo Julieta se deshace día a día y sucumbe ante el dolor por mi supuesta ausencia. Y lo peor es que no puedo hacer nada, tan solo esperar.

Fernando Mitolo ©

20 de agosto de 2015

El coste emocional de nuestra lógica cartesiana

Ayer me descubrí pensando algo que, en nuestra cultura —tan aferrada a valores extraños y, a veces, inentendibles—, pareciera imposible de aceptar. Y me refiero a una situación tan cotidiana y humana como lo es una ruptura sentimental. O, más bien, a lo que viene después: "el duelo".

Nadie pone en duda que, cuando una relación sentimental se acaba, hay cosas que duelar. De una parte y de otra, hay que elaborar lo que se pierde. Y ahí, ya se ponen en juego las estrategias y recursos de cada uno para, de una forma u otra, hacer frente a la tormenta de sentimientos y emociones que aquello acarrea.

Hay casos —quizás menos de los que, en realidad, nos gustaría contabilizar—, en los que esa relación que se acaba da pie a otra diferente. En concreto, cuando el amor se troca en amistad. No es fácil, claro está, pero no es imposible.

Y ante esto, las preguntas que me surgen son muchas: ¿Por qué, por lo general, consideramos una ruptura sentimental como si fuera "un paso atrás", "un retroceso", "una frustración personal"? ¿Quién determina dónde está ese "adelante" y ese "atrás"? En alguna parte, leí que un divorcio debería festejarse. Y quizás sí. Al menos por lo que a "oportunidad de cambio y crecimiento" se refiere. Pero esto es impensable en nuestra lógica del 1+1=2, del blanco o negro, del arriba o abajo, y del adelante o atrás.

Por eso, como uno más de tantos corazones destrozados por el supuesto "desamor", no dejo de darle vueltas a la pregunta de: ¿por qué cuando dos personas que llevan muchos años como amigos y, de pronto, deciden cambiar el registro de su relación y pasar a ser pareja, no se plantean la posibilidad de hacer un duelo?  ¿O es que, acaso, en esa situación, no hay nada que duelar? ¿Quién podría asegurar que allí nada se pierde?

Pero no, en nuestra vetusta cultura cartesiana eso se ve como "un paso adelante", "como un plus", "como un triunfo personal" y, por ende, como algo que no conlleva ninguna pérdida. En cambio, en una ruptura a partir de la que, presumiblemente, se puediese generar una relación de amistad sana y profunda y, quizás, mucho más positiva que el "amor" que la precede, todo se tiñe de negro. ¿Por qué?  

Para pensar...

Fernando Adrian Mitolo ©

17 de agosto de 2015

Yo en la ventana

 

Al entrar la policía, Borja yacía junto a la ventana en un charco de sangre y con la cabeza destrozada; y entre sus dedos aún la pistola, caliente y custodiada desde el suelo por los prismáticos. Ese día, había vuelto a ver a aquel hombre en la tercera planta del edificio de enfrente, perversamente inmóvil tras la cortina y mirándolo fijo. Y ahí comenzó su derrotero.

      Minutos antes del disparo, farfulló algo incomprensible, tomó los prismáticos y el revólver, y fue hasta la ventana del salón. Enfocó hacia la tercera planta del edificio de enfrente y vio que no había absolutamente nadie. Pero de pronto, los binoculares enfocaron un bulto. Era el hombre.

      Ajustó el objetivo y descubrió que llevaba puesta una camiseta suya; la reconoció por la inicial del bolsillo. Notó que, como siempre, lo observaba con una mirada casi ladina. Entonces acomodó aún más la lente y advirtió, espantado, que lo que había detrás de aquella ventana era su propia imagen empuñando una pistola, acercándose con frialdad hacia su sien, para finalmente dispararse y quedar desplomado junto a un charco de sangre y con la cabeza destrozada.

Fernando Adrian Mitolo  ©

4 de agosto de 2015

La broma absurda

Capítulo 10 - La aventura habanera


Con lo contenta y entusiasmada que se había levantado Rogelia esa mañana, que hasta cantando se despidió de doña Erlita, y se le vino a fastidiar el regocijo justo cuando estaba a poco menos de una hora de poner el pie rumbo al Caribe. Y todo por no haberse afeitado, que no vaya a decirse que el ruso no se lo advirtió. En fin, que no fue más que acercarse al mostrador de Air France con las maletas para que Rogelia, toda envalentonada, se topara con el primer atolladero:


—Lo siento, señor —bien recalcado el: “señor”—, pero este pasaporte no me sirve —sentenció con extremada corrección el empleado de la aerolínea, un jovenzuelo esmirriado como un palo, con el pelo embostado de gomina brillante y las cejas depiladas al mílimetro, al tiempo que le devolvía el documento a Rogelia.

—¿Qué? ¡Cómo que no le sirve! —dijo esta, sorpendida—. Y nada de “señor”. Para usted, “señora” —y miró a Yerober buscando aprobación.

—¿A usted qué le parece, “señora”? —retrucó el jovencito, sin hacer caso alguno al redoble de Rogelia, al ritmo de una caidita de ojos combinada con un provocativo gesto de apertura bucal al final de la frase.

—No sé, por eso se lo pregunto —contestó Rogelia, e hizo exactamente las mismas muecas que el muchacho.

—No te pongas nerviosa, muñeca, que te va a dar otra vez el tic —dijo Yerober, viendo la que se avecinaba.

—Pues se lo voy a decir, “señor” —dijo el empleado, en el tono más correcto que uno podría imaginar, haciendo oídos sordos al comentario del ruso, pero intentando controlar el sofocón que le estaba dando por dentro al ver los músculos de aquel pedazo de maromo—. El pasaporte no me sirve simplemente porque la que está aquí en la foto es una mujer hecha y derecha, y usted…, usted es un…, bueno, usted me entiende… —y acabó su locución echándole una mirada a Rogelia de arriba abajo, a la vez que intentaba obtener la complicidad del eslavo ante lo que consideraba una obviedad.

—Perdón, ¿usted me está llamando travesti?

—No, por favor, faltaría más. Pero —y aquí el joven cambió de actitud—, o me dice dónde se hizo la cirugía o tendrá que comprender que, al ver ese par de bigotes que tiene —y se los señaló con la mano—, me parezca raro y dude de que usted sea la de la foto. No sé si me explico —y otra vez la caidita de ojos y la boca abierta al final de la frase.


A esas alturas, la temperatura de los que estaban detrás de ellos en la fila comenzaba a subir. Bufidos, resoplidos y algún que otro insulto sottovoce llegaron a los oídos de Rogelia, que a punto estuvo de responderlos, pero que tuvo que dejarlos pasar habida cuenta de lo embarazoso de la situación en la que estaba metida. Sin embargo, la compostura le duró lo que un suspiro y, de repente, como si la hubiese poseído el espíritu de la niña del exorcista, se puso a revolear la cabeza como las lechuzas y salió disparada hacia el centro del lounge. Y ahí comenzó otra vez el espectáculo:


—¡Soy puta!, ¡soy puta! —gritaba, mientras danzaba como los darviches y se reía a carcajadas.


Como en ocasiones anteriores, el culpable de tan bochornosa escena era Benigno, que no paraba de darle a las visualizaciones como forma de divertirse a expensas de su madre, y eso que el brujo ya lo tenía más que aburrido diciéndole que acabara de una vez por todas con ese sainete y por lo menos cambiara el repertorio de sus ensayos eidéticos. Pero no, él seguía en sus trece y no salía del: “Soy puta, soy puta”. De más está decir que, ante semejante escándalo, no tardaron ni dos minutos en llegar los guardias de seguridad del aeropuerto. Pues bien, forcejeo va, forcejeo viene, Rogelia logró calmarse y al que casi se llevan en volandas es al ruso, a quien no se le ocurrió mejor idea que hacer gala de sus artes orientales y ponerse a ensayar tomas de Jiu Jitsu a diestra y siniestra. Afortunadamente, al ver que los otros ni se inmutaban ante sus destrezas de salón, él también se tranquilizó, y más todavía cuando les comunicaron que, por orden del jefe de seguridad, debían trasladarlos a una salita en las dependencias policiales del aeropuerto.


Hay que decir que, pese al bochorno, Rogelia logró recomponerse como si nada hubiese pasado, y estuvo tan ecuánime y tan convincente al contarle la verdad del asunto al jefe de los seguritas que este, no solo la felicitó por la valentía y la fortaleza demostrada ante semejante desatino por parte de su hijo sino que, como premio, le permitió viajar en un asiento en primera clase que había quedado libre por la muerte repentina del pasajero. Eso sí, en un vuelo que salía dos horas más tarde.


No vamos a perder el tiempo en contar lo que pasó dentro de aquella aeronave, que fue poco, ya que Rogelia se la pasó casi todo el tiempo durmiendo gracias a los efectos de las biodraminas que se tomó ni bien subir. En cuanto al ruso, poco y nada también, ya que lo único a lo que se dedicó fue a mirarla embobado mientras ella dormía. Lo bueno comenzó al llegar a Cuba, más precisamente cuando salieron del aeropuerto y tomaron rumbo para el Hotel, y vieron que el taxi tomaba un desvío hacia La Habana en vez de seguir en dirección a Varadero:


—Yerober, ¿este hombre va bien?, el cartel que pasamos decía que Varadero es para allá. A mí me parece que se equivocó.

—No, señorita, tranquila, que vamos por donde tenemos que ir —aseguró el taxista, con una calma que a Rogelia la estaba exasperando.

Mientras tanto, el ruso no dejaba de mirar el papel con las indicaciones del Hotel.


Conforme pasaban los minutos, Rogelia se iba poniendo más y más colorada. Y no era para menos viendo que, mientras el taxi avanzaba, el azul del mar se alejaba a pasos agigantados y, en su lugar, las que se acercaban eran unas casas completamente derruídas y unas callejuelas que miedo daba mirarlas:


—A mí este señor no me engaña, nos fuimos para la mierda. Y de Varadero, ¡los cojones! —explotó Rogelia.

—Bueno, señoritos, hemos llegado. Es aquí, justo enfrente. Ahí la tienen: Pensión Varadero Beach.

—Usted me está vacilando —le dijo Rogelia, cuando vio aquel edificio poco menos que en ruinas y decorado con sábanas y camisetas con lamparones tendidas en todos sus balcones.

—A ver, mi amol —prorrumpió el cubano—, aquí dice Varadero Beach, y lo dice bien clarito: ¡Va-ra-de-ro-bich! ¿Lo ve? Clarito, clarito.


Fue en ese preciso momento cuando el ruso no quiso sino que la tierra lo tragase, al comprobar que el Varadero Beach al que se refería ese cartel, no era el del resort ofrecido en la página de internet en la que contrató el viaje, sino el de una pensión de mala muerte, en un barrio también de mala muerte, en los suburbios de La Habana.


En medio del calentón que se estaba cogiendo Rogelia, se les apareció una mulatona de un metro ochenta y con el pelo rojo, con el cuerpo semi cubierto por un top de lamé a tono con esa pelambre y que le llegaba hasta el ombligo, y que dejaba entrever un par de voluminosos pechos bamboleantes, todo ello rematado por una minifalda vaquera que intentaba mantener a raya un culo más grande que un tonel.


No se sabe si fue el susto o qué, pero Rogelia se olvidó de lo que estaba pasando y quedó anodada ante aquel desparramo de carne:


—Ay, mi amol, no me mires así, que me vas a hacer saltar los colores —le dijo la cubana, avispada ante lo que le pareció una mirada lasciva—. Subamos por aquí —les dijo, mientras intentaba coger una de las maletas—, es en el tercero. ¡Ramón!, ven a ayudarme, mi amol, que esta gente está cansada y las valijas pesan, que vienen de España.

Al cabo de unos minutos, el tal Ramón bajó las escaleras —a su ritmo, claro está—, con una copita de ron en una mano y un habano en la otra. Dio el último sorbo a su brebaje y, con cara de poca gana, cogió una de las maletas, la de Rogelia, y dejó que el ruso se hiciera cargo de la suya.


Pues bien, obviando los pormenores de semejante check-in, poco esfuerzo hay que dedicar para saber que la noche en aquella pocilga fue más que abrumadora. Las cucarachas más pequeñas eran del tamaño de un celular. Y el que se atreva a decir que las alas no las usan para volar, mejor que se trague la lengua, porque aquello parecía el aeropuerto. Por no hablar de los mosquitos, que no pararon de zumbar en toda la noche y que no hubo repelente que los echara pa’tras. Tantos fueron los picotazos que sufrió Rogelia que, quien haya oído los cachetazos que se daba contra el cuerpo, habrá pensado que allí dentro se hospedaba una pareja de sadomasoquistas. Eso sí, a todo esto, el ruso apenas se enteró de nada. Ni de los mosquitos, ni de las cucas sobrevolándole la cabeza ni de las autoflagelaciones de Rogelia. No fue más que apoyar la cabeza contra la almohada —por lo demás, con un aroma a pelo sucio que apestaba— que se quedó dormido como un lirón.


A la mañana siguiente los despertó la habanera con un servicio de desayuno por gentileza propia, esta vez ataviada con un top de color dorado que le marcaba aún más la estantería y con la misma minifalda vaquera del día anterior:


—¡Buenos días, mi amol! —le dijo a Rogelia, que no había pegado ojo en toda la noche—. Mira lo que te traje —y le hizo un gesto un tanto confuso en el que no quedaba claro si se refería al desayuno o a lo que había debajo del top—. Uhhh, parece que a tu enamorado lo dejaste exhausto —agregó con picardía y señalando al ruso, que de lo inmóvil que estaba parecía un cadáver.


Rogelia apenas se inmutó por el comentario y, sin mediar palabra, cogió a la cubana del cuello y la metió para adentro de la habitación. Efectivamente, la del Varadero Beach no se había equivocado al pesquisar cierta cuota de lascivia en la española el día de la llegada, porque para Rogelia no fue más que ver a aquella “bomba de azuquita”, como luego la bautizó, para que se le volvieran a despertar sus delirios de amazona en celo. La arrinconó contra una pared que quedaba de espaldas al ruso y, ahí mismo, le zampó un beso con la boca completamente abierta y culebreando con la lengua como si le hubieran dado un electroshock. Y no se vaya a pensar que la habanera se resistió; más bien, todo lo contrario:


—Ay, mamasita, me vas a volver loca con esa combinación de tetas y bigotes a medio germinar —le dijo, mientras aquella, por un lado se restregaba su anatomía de matrona y, por el otro, le hacía pucheritos como para resaltar aún más los cuatro canutos que tenía encima de los labios.

—Quita, quita —le respondió Rogelia, haciéndose la timidona.

Pero la cubana siguió:

—¡Qué va!, eres tan sensual, tienes tanto sex-appeal, que no te cambio ni por el Jorge Perugorría. ¡Aunque se me plante aquí en pelotas, mira lo que te digo!


Así las cosas, Rogelia se envalentonó y se empezó a quitar la ropa interior. De modo que, sin el más mínimo sentido de la vergüenza, se pegaron un revolcón de pie poco menos delante del ruso, quien, por cierto, seguía durmiendo como una marmota.


Ese mismo día, cuando Yerober dio señales de vida, Rogelia lo despachó. Le dijo que no quería saber nada de él, que la noche en vela le había permitido pensar y meditar, y que estaba muy enfadada y deprimida por todo lo que había pasado. Así que le pidió que no insistiera y que pasaran lo que quedaba del viaje como si fueran dos extraños, si era separados mejor, y que no se la pusiera más difícil. “Vete para la Habana, pasea, haz lo que quieras, pero yo no estoy con ánimos para eso”, le dijo. Al principio, el ruso se resistió y se puso rebelde. Pero cuando vio que Rogelia no se bajaba del burro, acabó obedeciendo como un perrito.


El caso es que ni depresión ni nada. Lo que tenía Rogelia era un calentón en toda regla, porque mientras el ruso paseaba por la ciudad, ella, ardiendo como una brasa, apenas si se movió de aquel antro y se la pasó encerrada con esa mulatona de infarto —que por si no lo habíamos dicho, era la dueña de la pensión—, dándose el lote en cuanto catre se le cruzaba por el camino. Pero, nuevamente, el deleite le duró poco. 

Un día, mientras estaban en pleno cacareo orgiástico, sonó el timbre de la pensión. Si lo oyeron, nadie lo supo, porque ni una ni otra acusó recibo y siguieron con la faena como si la cosa no fuera con ellas. Menos mal que estaba Ramón, el empleado, quien, repitiendo el mismo ritual de siempre —con el ron en una mano y el habano en la otra—, bajó la escalera, abrió la puerta y, para su sorpresa, se encontró con tres policías y el ruso detrás, que venía todo sudado después de la rotation que se había pegado por el Malecón:


—Buenas tardes, señor —dijo uno de los policias, con cara de guerra—. Venimos porque ha habido una denuncia por ruidos molestos. Según cuentan los vecinos, desde hace unos días no pueden pegar ojo, y no precisamente por los mosquitos sino por los gritos y gemidos, al parecer, femeninos. Espero que no tenga aquí montado un refugio de jineteras, así que, si nos permite pasar…


Ramón hizo una mueca como si dijera: “A mí me da igual, por mí pasen” y, acto seguido, les hizo de guía —con el ruso detrás como si fuera un escolta—, hasta la mismísima entrada del infierno. Una vez allí, tres golpes bien dados en la puerta y un: “Señoritas, identifíquense, por favor”, fueron más que suficientes para que aquellas dos ninfas largaran de una vez el meneo y se comportaran como Dios manda para dar cuenta de sus pecadillos ante la ley. De modo que, a medio vestir y con los pelos revueltos, Rogelia, que para eso siempre fue echada pa’ lante, abrió la puerta y… ¿cómo acabó todo aquello? Eso, mejor, lo dejamos para otra tertulia.


Continuará…
Fernando Adrian Mitolo ©

La broma absurda

Capítulo 9 - De huevos y laxantes

  
—¡Qué decís, pibe!, ¿que tu vieja se fue a Cuba con un ruso? Mirá la jovata…, y parecía pelotuda —dijo, asombrado, el seudo chamán.
—Pelotuda no sé, pero si de algo estoy seguro es de que se lo voy a hacer pasar de muerte. Usted me entiende, ¿no?

Y, efectivamente, como lo prometido es deuda, Benigno hizo gala de sus cada vez más pulidas técnicas de visualización y, entre mantras y humaredas de sahumerios de sándalo dulce, le hizo pasar las de Caín a la pobre Rogelia. Solo un apunte, para picar: ni bien llegar al aeropuerto de Barajas, en pleno trámite de embarque frente al mostrador de Air France y con el ruso pegado a su lado como una lapa, Rogelia salió disparada hacia el centro del lounge y se puso a dar vueltas como un darviche. De más está decir que las caras de Yerober, el ruso, no daban abasto para aplacar semejante desparramo de movimientos y palabrotas —porque la cosa, encima, no paró ahí y, al son de sus volteretas, Rogelia gritaba: “¡Soy una puta, soy una puta!”—. En fin, que hubo espectáculo asegurado por un largo rato, pero todo eso y la pertinente odisea cubana que vino después serán comidilla para otro momento.

El caso es que, mientras el ruso forcejeaba con uno de los vigilantes de seguridad del aeropuerto —que no sabía ya cómo calmar el desparpajo de Rogelia—, Lurdita estaba encerrada en uno de los baños de la clínica psiquiátrica desde hacía más de cuarenta minutos, sentada en el inodoro y llorando como una Magdalena mientras intentaba expulsar lo que, según ella, tenía adentro del estómago. Detrás de la puerta estaba Arantxa, una enfermera vasca que acaban de contratar y que ya se estaba sacudiendo del cuerpo las pocas pulgas que tenía:

—Vamos, venga…, lárgalo de una vez, menos llorar y más concentración, que yo me he perdido los sanfermines y no digo ni mú —le decía, con los brazos en jarra y con una cara de mala hostia que ni la directora de la clínica se hubiera animado a acercársele.

De pronto, las lágrimas de Lurdita cesaron y empezó a recitar una especie de saeta malagueña. No se sabe si era la acústica del baño o qué, pero aquello resultaba indescifrable. Así estuvo durante unos cinco minutos hasta que, ya cansada de afinar el oído, Arantxa acabó asegurando que Lurdita estaba, otra vez, bajo los efectos de un ataque de lenguaje neológico:

—A ver si tú le entiendes algo a esta niña, porque lo que es yo… —le dijo la vasca a otra de las enfermeras que acababa de aparecer, y aprovechó para largarse.
—¿Qué le pasa, corazón? ¿No ve usted que sola no puede? ¿Quiere que entre y le ayude con esa caquita? —insinuó Melissa “la coloncha”, una colombiana más dulce que la caña de azúcar pero que, en esa ocasión, lo único que recibió fue un: “¡Vete a la mierda!”, por parte de Lurdita.
Menos mal que en ese preciso momento sonó el timbre y Melissa tuvo la excusa perfecta para retirarse, porque siendo como era, no hubiera parado hasta que la otra le haya abierto la puerta:
—¡Señor Benigno! ¡Gracias a Dios! —prorrumpió Melissa, al ver su inconfundible silueta tras el cristal de la cancel, y no le daban las manos para destrabar la cerradura—. ¿Qué tal? Aquí, no muy bien. Su novia está metida en un brete…, en el baño, para ser más precisos. Por cierto, qué bien le queda el fricassé en el pelo, me gusta más que…
—¡Qué pasa con Lurdita!
—…el alisado que se hizo la semana pasada. Este lo hace más joven. Eso sí, el color de la sombra que se puso hoy no me gusta nada nada… ¡gris topo!…
—Melissa, venga, déjese de ñoñerías, ¿dónde está Lurdita?
—Esos colores ya no se usan, señor Benigno. Mire, mire aquí —y la colombiana levantó la cabeza con los ojos cerrados, enseñándole los párpados—, ¿ve?, ¡celeste pastel! ¡Este sí que está de moda! —y no acabó de decir la última palabra que, tras propinarle Benigno un empujón que casi la tira la suelo, este ya había desaparecido.

Acalorado, recorrió los pasillos de la primera planta sin éxito. Y es que a Lurdita le gustaban los baños de la segunda. Y en especial el que quedaba al lado de la escalera —en el que estaba en ese momento—, porque decía que desde allí nadie la vigilaba y que, por la noche, podía besuquearse tranquila con El Mirlo. Entre una cosa y otra, Benigno tardó unos cuántos minutos para dar con el escondite y unos cuántos más para que Lurdita, por fin, se dignara a dejarlo entrar:

—¡Pasa, pasa, que ya está! —le dijo con voz suave.
Apenas traspasar la puerta, Benigno se encontró a Lurdita con medio brazo dentro del inodoro, revolviendo como si se le hubiese perdido quién sabe qué cosa, y diciendo:
—¡Soy mamá, soy mamá! ¡Mira!
Y menuda sorpresa se llevó al ver lo que Lurdita tenía en su mano: un huevo de color blanco y con pintas negras del tamaño de una aceituna picual.
—¡Era verdad! —alcanzó a decir Benigno, y se desmayó.

Finalmente, tras debatir si aquello había sido un milagro o el resultado de una verdadera sugestión al estilo de las histéricas de Breuer, el huevo resultó ser un huevo duro de codorniz que Lurdita se había tragado entero la noche anterior. Y peor aún porque, al parecer, “la prole del Mirlo”, como ella la llamaba, no fue de uno sino de seis. Para no arriesgarse a que Lurdita repitiera el mismo espectáculo, las enfermeras —hay que decir que a propuesta de la vasca—, le administraron un laxante para que así expulsara los cinco huevos restantes.

Lo que no se sabe es si fue mejor el remedio o la enfermedad, porque el caso es que, desde que Lurdita evacuó el último huevo, no paró de llorar y se negó a levantarse de la cama y a comer. Tanto es así, que el médico le ha diagnosticado una “depresión post parto”. ¡Y Rogelia en Cuba!

Continuará…

Fernando Adrian Mitolo ©

1 de agosto de 2015

Últimas voluntades


 
 “Querida familia:

Pido perdón por no haber hecho esto de otra forma. Por más que lo he intentado, no he podido dar con una fórmula que me permitiera ir más allá de mi recelo. Para mí tampoco es fácil, no crean. Fue una decisión larga y meditada, y ya no hay vuelta atrás; estoy en un punto sin retorno. Así que les ruego que no me juzguen de cobarde y que acepten esta despedida tal y como se las hago llegar: a través de estas breves y caprichosas líneas en las que, simplemente, les dejo encargadas unas últimas voluntades. Les prometo que, allí arriba, esté donde esté, les estaré siempre agradecido.

En fin, que no quiero que esto se convierta en un melodrama; sobre todo para ti, mamá, que siempre tienes la lágrima a flor de piel, como cuando te desarmas cual mecano cuando ves sufrir a tus heroínas de telenovela. Tú, papá, eres diferente. Los dos sabemos que las emociones nunca han sido tu fuerte. Si ni siquiera te he visto emocionar cuando, de pequeño, gané aquel campeonato de cometas. En cuanto a ti, querido Roberto, poco tengo que reprocharte; solo decirte que ya podrás usar el tocadiscos como te plazca, ya no estaré detrás de ti como si fuera una guardián, vigilando por si dejas caer con demasiada fuerza la púa sobre el vinilo.

Sé que me estoy enrollando en nimiedades. Ya saben que las despedidas nunca han sido santo de mi devoción. Por eso, para no alargarla más, intentaré ir al grano y les enumeraré esta pequeña lista con mis últimas voluntades que, espero, puedan cumplir:

Tú, mamá, no cometas el desatino de dejar mi habitación tal y como está, como si manteniéndola intacta me retuvieras a mí. Desármala, tira los muebles, si quieres. Quita esos posters de Metálica que tantos dolores de cabeza te dieron —exagerada que eras—, y píntala de aquel color que siempre quisiste y yo nunca te dejé.  Eso sí, no la dejes cerrada; ventílala y haz correr el aire. Y ármate allí tu tallercito de costura, deja a papá tranquilo en su estudio, que después se queja de que le ocupas todo el espacio.  

Por cierto, en cuanto a ti, papá, te dejo encargados mis escritos. Intenta ver si cuela, y envíalos de nuevo a aquella editorial de Madrid. Quizás ahora acepten publicarlos. No sería ni el primero ni el último que se hace famoso una vez que ya no está. Por si no lo sabes, están en el segundo cajón del escritorio, en una carpeta azul, cada uno en su funda de plástico y ordenados por fecha. Los micros, déjalos; no eran mi fuerte. Tampoco quiero presumir.

A ti, Rober, te dejo encargada la gata. Y no protestes, que ya te estoy viendo la cara. No te va a dar trabajo, te lo prometo, ya sabes que con comida y agua tiene. Suele comer dos veces al día. Eso sí, por las mañanas, cuando le pongas el pienso, que no sea mucho porque si no vomita. Es lo que tiene levantarse con hambre. Con solo una o dos cucharadas de te, basta. Ah, y no la dejes salir de la cocina hasta después de un buen rato; así, al menos, si echa todo fuera, no hay riesgo de que el suelo quede marcado. Maullará, pero no le hagas caso. Por las noches, en cambio, no hay tanto problema. Otra cosa importante: dos o tres veces a la semana, ponle un poquito de malta mezclada con la comida, un centímetro, más o menos. No lo olvides, en serio, es para que no se le formen bolas de pelo en el intestino. Ya sabes que la última vez, casi no cuenta el cuento. Y agua, que no le falte agua. De los discos, Rober, poco puedo decirte. Creo que ya te lo he dicho todo. Solo eso: trátalos con amor, sobre todo a los de Siouxsie, que son japoneses.

¿Lo ven?, sabía que me olvidaba de algo. Tú, mamá, por favor, busca entre las cosas que hay dentro de la caja de madera, la que está encima de la cómoda, y dale el carnet del gimnasio a Marcos. El del Sports no, el otro. Dile que yo he averiguado y que me han dicho que es transferible, que no sea gandul y que aproveche la matrícula.  Por cierto, dale también la mochila de campamento, que está nueva y es una pena que quede ahí, sin usar.

Pues bien, si por mi fuera, seguiría dando largas. Pero ha llegado la hora y debo partir. Prometo que estaré bien. Saben que mis últimos meses no fueron de los mejores. He sufrido demasiado y ya estoy cansado. Lo he intentado con todo, y aún así, todo fracasó. Siento que haya tenido que pasar esto, y sé que ustedes también sufrirán. Pero no tengo opción, y allí no estaré solo. Y tengan por seguro que, esté donde esté, allí arriba no me faltará ocasión para acordarme de ustedes.

Adios, querida familia. Adios, mamá, papá, Roberto. Los quiero”.



Y estas fueron las últimas letras de Javier, escritas unas pocas horas antes de embarcarse en la nave espacial que lo llevaría en un viaje sin regreso hasta la flamante urbe de Syridian, en los confines de la galaxia de Casiopea, a más de trescientos millones de kilómetros de la Tierra.


Fernando Adrian Mitolo ©

30 de julio de 2015

Sorrow: el retrato de la desolación

"Este invierno he encontrado una mujer encinta, abandonada por el hombre de quien llevaba el niño en su cuerpo...Yo he tomado a esa mujer como modelo y he trabajado con ella todo el invierno. No he podido pagarle el salario completo de  una modelo, pero esto no impide que le haya pagado sus horas de pose, y gracias a Dios haya podido salvarla, a ella y a su niño, del hambre y del frio, compartiendo con ella mi propio pan. Cuando encontré a esta mujer quedé impresionado por su aspecto de enferma. Me parece que cualquier hombre que valga por lo menos el cuero de sus zapatos, al encontrarse ante un caso semejante, hubiera hecho lo mismo. Lo que existe entre Sien y yo es real, no es un sueño, es la realidad… Cuando vengas a verme no me encontrarás ya desanimado o melancólico; sino que estarás en un ambiente donde creo que podrás acomodarte y que de ningún modo te disgustara. Un taller joven con una cuna, y una silla de niño".

 
Vincent,  La Haya, abril de 1882.



Con estas palabras, Vincent expresa su amor por Clasina Maria Hoornik , a quien él llamara Sien, y que luego retratará a través de un dibujo. Vincent, compelido por la repetición, redobla la apuesta y se refugia en ella luego de haber sido rechazado un año antes por su prima Kee Vos-Stricker, de quien se había enamorado al poco tiempo de que ella enviudara, quedando a cargo de un pequeño niño. La ruptura no había sido fácil, y así se lo cuenta a su hermano:



<<Y fue entonces cuando comencé, con pesadez y torpeza al principio, pero con la decisión suficiente para llegar a las palabras: “K., yo te amo como a mí mismo”, y fue entonces cuando ella me dijo: “Jamás, no, jamás”>>.



Este rechazo de su prima se convertirá en un certero golpe al corazón. Su declaración no se trata sino de un impulso por ayudar a quien lo necesita, bajo el signo de un ideal de romanticismo que, rápidamente, se desmoronará ante la realidad. “Yo quiero depender de ella y de ninguna otra, y hasta si pudiera no querría ser independiente de ella”, dirá. Pero luego apareció otra, Sien.


Esta nueva “partener”no será bien vista por la familia de Vincent. A esas alturas, su primo político Anton Mauve, un artista reconocido en Holanda, era quien le proporcionaba elementos y le servía de guía para sus trabajos, no siempre con gran diplomacia, cosa que a Vincent le molestaba mucho. Pero bastó la opinión de su primo sobre su protegida para que Vincent terminara la relación con él, destruyendo todos los yesos que este le había dado para sus prácticas de dibujo. “Solo volveré a pintarlos cuando ya no queden manos ni pies de seres vivos que pintar”, dirá en una ocasión. Y es que Vincent quería modelos reales, y en Sien lo había encontrado. Prueba de ello es el dibujo con el que la representa, Sorrow:



Como se ve, es la figura de la desolación (quizás la suya propia): un vientre que engendra un hijo y, sobre él, unos pechos que no tendrán mucho para dar.

Sien y Vincent conviven unos meses en cierta armonía, hasta que el desorden administrativo hace estallar la furia se Sien, quien comienza nuevamente a beber y prostituirse. Ante esto,  Theo deja de enviar su cuota de dinero. La situación se hace cada vez más difícil, puesto  que en la casa había cuatro bocas que alimentar: Sien, su hija mayor, el bebé y Vincent. Pero este vuelve a redoblar la apuesta y exige a Theo que le envíe más dinero del que regularmente le llegaba, acusando su falta de sensibilidad. Y no solo eso, sino que intenta dar un paso más y anuncia que le propondrá casamiento.  Este será el límite de tolerancia de Theo y de sus padres. Su hermano se presenta en su casa y conmina a Vincent a que no se empeñe en que su familia acepte a Sien. Le promete un año más de manutención a cambio de renunciar a su postura y poner a Sien y a sus hijos en la calle. Aumenta su cuota, solo para que Vincent comience a pintar al oleo y cambie sus dibujos en blanco y negro por el color.

Y esta será la bisagra que transformará el arte de Vincent: descubrirá los colores, el paisaje, los cielos estrellados. Pero, a cambio, deberá renunciar a esa idea idílica que una vez más había edificado en su cabeza: “Un taller joven con una cuna, y una silla de niño”,  y que, al igual que otros tantos ideales, acababa de desmoronarse.  



Nota: En la parte inferior del dibujo “Sorrow”, Vincent escribe una frase del libro “La Femme” de Jules Micheltet:



"Comment se fait-il qu'il y ait sur la terre une femme seule?"

"¿Cómo puede existir sobre la Tierra una mujer sola?"




Fernando Adrian Mitolo y Ricardo Nicolás Mitolo ©

28 de julio de 2015

Cinco horas con Mario - Miguel Delibes

En esta novela de 1966, verdadera obra de arte de la narrativa española, Delibes retrata con una perfección absoluta la moralidad de la época. Escrita con una de las técnicas literearias más complejas, el monólogo, logra hacer que su personaje principal ponga en escena los detalles más íntimos de su matrimonio, sus frustraciones, sus reproches, sus ideales. Y todo en tan solo cinco horas. Cinco horas en vela, junto al féretro de su marido muerto.
Desde ya, una obra digna de leer. 

Fernando Adrian Mitolo ©

27 de julio de 2015

La danza y su magia

Otra vez, la danza me motiva a compartirla con ustedes. 

En esta ocasión, a través de la maestría de Sergei Polunin, bailarín ucraniano, que interpreta con su cuerpo y su alma "Take me to church", uno de los temás musicales más bellos de "Hozier".


Espero que lo hayan disfrutado como yo. Por cierto, vale repetirlo...


A quienes les haya gustado el tema musical, aquí les dejo el enlace del videoclip original del tema, en el que se trata el tema de la homofobia en Rusia.


25 de julio de 2015

Maribel y el mar


Sucedió en una minúscula partícula de tiempo, en un pedazo de intervalo aparentemente inexistente pero tan real y violento como aquellos ojos enfermos. Fue un golpe, un sacudón, y a partir de aquel momento, la vida de Maribel ya no fue la misma.

La niña había nacido con una extraña malformación en la retina que la mantenía confinada en la vaguedad más absoluta. Sus ojos sólo podían entrever sombras y siluetas en blanco y negro. Sin embargo, para beneficiarse de semejante privilegio, necesitaba valerse de unas lentes especiales que ya formaban parte de su propia intimidad. 

Una mañana, tras el despertar, y atosigada por la caliente tozudez del mercurio, Maribel aprovechó el pesado sueño de su padre para bajar a la playa de la ensenada y refrescarse. Abrió la puerta de su habitación en cámara lenta, bajó las escaleras como si fuera una bailarina y, antes de salir, cogió las gafas. Ni bien llegar se acercó a la orilla, tocó el agua con la punta de sus pies y, como todos los días, divisó el aburrido blanquinegro del paisaje:
—Al menos me quedan tus caricias —le dijo al mar, mientras hundía sus tobillos en aquella masa acuosa.
Pero algo le había pasado al mar esa mañana que estaba raro, inquieto.
—¿Qué tienes hoy, que pareces turbado? —le preguntó, a la vez que se adentraba más y más entre sus brazos de sal.
Pero él miró para otro lado y no le respondió; y, sin dudarlo siquiera un segundo, apenas sentir sobre su manto azul la delicada piel de Maribel, le propinó un zarpazo en la cara que le arrancó las gafas de cuajo:
—¡Oh no!, ¡qué has hecho!, ¡no veo nada… no veo nada!, ¡estoy ciega! —se lamentó Maribel.
Pero el mar ni se inmutó, y se retiró a su guarida de arena y sal con el objeto de su rapiña.

Desde entonces, Maribel comenzó a sumergirse cada vez más en la tristeza de la oscuridad. Y así pasó todo el verano, y el otoño, y el invierno; hasta que una mañana de primavera, apenas despertar, comprobó con asombro que, tras el velo de sus ojos, surgía un tímido y brillante resplandor con olor a sal. Incrédula ante la evidencia, se los restregó una y otra vez. Y de pronto, allí , ante sus ojos, la inmensidad del mar: un azul marino repleto de corales, peces y sirenas que, desde aquella mañana de primavera, jamás dejó de ver.

Fernando Adrian Mitolo ©

21 de julio de 2015

La broma absurda

Capítulo 8 - Vodkas y bigotes 


—¡Ay Gelita! ¡Cómo que el ruso del Bingo se le apareció en su casa? ¿Usted no estará divagando? Dios mío, ya una no puede estar segura ni en su propia casa. 
—Por favor, Erlita, no sea aguafiestas. ¿Pero de qué seguridad me habla?, si yo estoy encantada. Además, ¡más segura que con él que es segurita! Tiene pistola y todo, eh. Aparte, ¿usted lo vió? Porque yo creo que si lo ve se le van a ir todos esos recatos y remilgos ya sabe dónde. Qué cuerpo, qué boca… Ay, ¿usted lo ve?, ya me dieron los ardores de nuevo, mire, ¡de solo nombrarlo!
—No sé, no sé…, a mí esto del ruso me da mala espina. ¿Cómo dijo que se llama?
—Yerober.
—¿Qué? ¿Pero ese nombre es ruso? ¿De qué parte?
—No, es canario.
—Ay, Gelita, yo ya no entiendo nada. ¿No era ruso el hombre?
—Sí, él sí, pero el nombre no. Vamos a ver…, el padre se fue de Rusia a principios de los ´40, escapando de la mafia moscovita en un barco petrolero, de polizón. Yo no quise ni preguntar qué hizo, por las dudas. No vaya a ser que acabo metida en un lío. El caso es que no se fue solo, se llevó al hijo, que viene a ser el Yerober, el ruso del Bingo. No me pregunte por qué, pero creo que la madre, una rumana como esas que hay en el Metro, las que van a todos lados con los bebés a cuestas, ¿sabe las que le digo?..., pues eso, que no estaba muy bien de la cabeza. Al parecer, el hombre, que era un padrazo, en vez de dejarlo en manos de la rumana, prefirió irse con él. Y bueno, como quiere la cosa acabó en las Islas Canarias.
—¡Ah!, ¿en cuál? ¿En Ibiza? Yo ahí estuve.
—No, esas son las Baleares, Erlita. Las Canarias son las que están pa´llá bajo, al ladito del África. Es más, dicen que ni hablan como en España. Pero bueno, en el mapa aparecen y en el telediario dan el tiempo, así que nuestras serán. En fin, para hacérsela corta: a lo poco de llegar, el ruso se olvidó de la rumana y se juntó con una isleña, creo que de La Gomera. Igual no me haga caso, porque con las mismas la mujer es de otra isla. El tema es que parece que ahí son muy de la cosa autóctona, ¿sabe? Respetan mucho las tradiciones, les gusta mucho el folclore; ¡incluso, a algunos niños les ponen nombres  guanches, mire lo que será!
—¡Dios me libre! ¿Y esos qué son?
—Pero qué burra es, doña Erlita.
—¡Y yo qué sé!
—¿Es que para qué están los libros? A ver, los guanches eran los aborígenes que había ahí antes de la conquista de los españoles. ¡Los diezmaron a todos!
—Oh, como siempre. Qué triste nuestra historia, ¿verdad, Gelita?
—¿Triste? Triste la de ellos, querrá decir, porque los de Castilla se hicieron con todo. ¡No le digo que no dejaron títere con cabeza!
—Sí, tiene razón. Pero… siga contando lo del nombre.
—Ah, sí. Pues eso, que al parecer, la canaria se encaprichó. No se sabe qué le dio, pero le dijo al ruso que si quería quedarse ahí se podía quedar, él y el nene, pero que le tenían que poner Yerober, y ahí se plantó. Así que el cosaco, pensando que no se podía hacer mucho el gallito porque si no vaya uno a saber dónde podía acabar, no tuvo más remedio que dar el brazo a torcer y a mi rusito acabaron bautizándolo así: Yerober Nobikov. ¿No es mono?
—Pues, qué quiere que le diga, Gelita, yo soy más de Juanes y Franciscos, los de toda la vida. A mí no me vengan con esos nombres modernos que no me hacen ninguna gracia. Al final, si seguimos así, estos extranjeros van a acabar con nuestras tradiciones. ¡Qué desgracia! ¡España era la de antes! Pero si no hace falta más que ir por el centro, con todos esos africanos corriendo de acá para allá, las rumanas esas que dice usted, por no hablar de los…
—¡Ay, Erlita!, ¡qué tarde se me hizo!  Me voy, me voy, que en veinte minutos me pasa a buscar Yerober. Me dijo que hoy me va a llevar a comer langosta, ¡con lo que a mí me gusta el marisco! Así que, hala, a estar bien. Por cierto, ese ruedo le está quedando para el culo, está todo torcido.
Y Rogelia no había acabado de decir la última palabra que ya tenía la mano apoyada en el picaporte, de afuera, claro está, hartita como estaba de las sandeces de la costurera.
En fin, el caso es que con tanto batiburrillo de nombres y nacionalidades, nos distrajimos de lo que es el meollo de esta historia. Y es que, a los tres días de aquella fatídica noche, la del Bingo para ser más exactos, el seguritas del local —el ruso—, se presentó de punta en blanco, con una botella de Smirnoff en una mano y una caja de  pastelitos de gofio en la otra, en la mismísima casa de Rogelia. No vamos a detenernos en los intríngulis de lo que fue aquel encuentro, por lo que se sabe, extremadamente meloso, y no por parte de Rogelia sino del ruso, que a pesar de llevar en las venas unas cuantas gotas de sangre siberiana, hacía buen honor a su educación canaria.  Solo diremos que Gelita, a la que el ruso sorprendió con un trapo embebido en vinagre atado en la cabeza —que, no olvidemos, era la de su hijo Benigno y no la de ella—, se olvidó de la jaqueca y, en cuanto el muchacho traspasó la puerta, se le abalanzó sobre el cuello y le comió la boca sin perder tiempo.
En determinado momento, el ruso le tuvo que pedir que parara. Y no porque no le gustara el besuqueo, que sí, sino porque los bigotes a medio crecer de la cara de Rogelia —¿o deberíamos decir de la de Benigno?— le estaban pinchando tanto que le empezaron a escocer los labios. De pronto, Rogelia, empezó restregarse con fruición el ojo derecho. El ruso, pensando que le había afectado el rapapolvo sobre los bigotes, intentó consolarla con un achuchón que destilaba miel barata por sus cuatro costados. Rogelia, no muy afecta a esas sensiblerías pero, sobre todo, completamente molesta con ese ojo que no paraba de picarle, lo apartó de un manotazo y le dijo que lo que la estaba haciendo lloriquear era una gota de vinagre que se le había metido en la conjuntiva.
Total, que ya puesta, Rogelia se dio la media vuelta y enfiló para el baño, para ver si con un par de remojones con agua fría el ojo le daba un respiro. El ruso intentó seguirla, pero se ve que su ángel de la guarda le dijo que mejor no, y ahí se quedó, sentadito en el salón, esperando a ver si la tormenta pasaba. Al cabo de unos minutos, Gelita apareció como nueva. Y es que, entre mojadura y mojadura, conforme el efecto del vinagre iba desapareciendo, por su mente comenzaron a pasar una a una todas las escenas de la última película porno que se había bajado de internet. De modo que, avizorando el revolcón nocturno que se iba a dar con el ruso, abrió el armarito de pino, agarró la brocha y la espuma de afeitar y, más entusiasmada que niña con muñeca nueva, se rasuró los cuatro o cinco pelos del bigote, no fuera a ser que acabara paspándolo todo al pobre Yerober. Cuando acabó, se empapó bien la cara con after shave Old Spice —el mismo que usaba su finado marido— y, con la piel más suavecita que la de un bebé de pecho, regresó al salón.
Y ahí estaba el ruso, quietecito en el tresillo, tamborileando el suelo con el pie izquierdo y balbuciando quien sabe qué cosa, mientras miraba el techo y gesticulaba como si estuviera hablando con alguien.
—¿Qué me dices?, a que así está mejor —le dijo Rogelia, y, acercándose y tomándole una mano, se acarició con ella la cara.
—Pues sí, mucho…, mucho mejor —dijo él, un tanto desencajado después de habérsele interrumpido el monólogo.
En fin, charla va charla viene, carantoña de aquí carantoña de allá, besito de un lado toqueteo del otro, cuando el ruso iba por el séptimo chupito de vodka, le lanzó la bomba:
—Preciosa, vente conmigo a Cuba. Te ofrezco quince días de frenesí que no vas a olvidar en tu vida. A la mierda el Bingo, a la mierda todo. ¿Qué te parece? ¿Te animas? ¡Qué tiemble Fidel!—y como para que la otra no se quedara con la duda, rebuscó en el bolsillo de la chaqueta, sacó los dos billetes de avión y la reserva del hotel y los estampó contra la mesa ratona.
Rogelia, que si quedó pasmada es poco decir, se puso a gesticular y mover el cuello de un lado al otro. El ruso, asustado, pensó que se le había ido el Smirnoff a la cabeza y que le estaba dando algo:
—Muñeca, ¿estás bien? ¿qué te pasa? —le dijo él.
Pero Rogelia, que tenía un hígado a prueba de vodkas o de cualquier otra bebida espirituosa que pasara por su boca, se recompuso al instante, se fue acercando sigilosamente al ruso y, en cuanto este se quiso dar cuenta, la tenía sentada encima, gritando como una loca y cabalgando sobre su pelvis como si fuera el mismísimo Cayetano Martínez de Irujo en los Juegos de Barcelona.  
En fin, dejo a vuestra imaginación el trabajo de saber cómo acabó ese revolcón. Lo que aquí nos interesa no es eso, sino que Rogelia y el ruso, finalmente, se fueron a Cuba. ¿Qué pasó allí? Pues, ya eso es tema de otra entrega…

Continuará

Fernando Adrian Mitolo ©
Julio de 2105